Capítulo 30

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El inicio del plan B

—¿Así que es cierto que volviste?

Preguntó una voz femenina detrás de Miel, una voz bastante conocida para ella.

Miel se giró sobre sus talones para quedar de frente a aquella mujer, quien la barrió de arriba abajo con la mirada. Ella alzó una ceja, frunciendo levemente el ceño.

—Sí, lo hice. ¿Por qué? ¿Tienes algún problema con ello?

Preguntó Miel, fijando sus ojos en los de aquella mujer, manteniendo el contacto visual.

—No, sólo no te acerques a Lucius.

Miel rió por lo bajo al escuchar aquella petición, cubriendo levemente su boca, lo que hizo que Ana frunciera las cejas.

—No le veo lo gracioso a esto.

Refutó Ana, completamente molesta, mientras Miel daba un paso hacia ella.

—Es gracioso porque tú me pides que yo me aleje, cuando es él quien se me acerca. Y eso… eso es muy gracioso.

Volvió a reír, esta vez con un tono más burlón.

Ana tensó la mandíbula, apretando las manos hasta hacerlas puños, al punto que sus nudillos se tornaron blancos.

—Ah, y una cosa más

Dijo Miel, bajando la vista al vientre de Ana, que comenzaba a abultarse.

–Le vuelves a poner una mano encima a Draco y tu familia tendrá que preparar un funeral.

Levantó la vista de nuevo, dándole una última mirada antes de alejarse, dejándola con la palabra en la boca.

—¡Maldita perra!

Gritó Ana, lo bastante fuerte para que Miel pudiera escucharla mientras se alejaba.

Ana no supo cuánto tiempo permaneció ahí, paralizada, hasta que finalmente reaccionó. Sin pensarlo, siguió los pasos de Miel.

Justo cuando estaba por dar vuelta en uno de los pasillos, los vio. Lucius estaba con Miel.

Le hablaba en un tono suave, casi tierno. En un gesto inesperado, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Luces muy bien, querida. El negro es tu color. Te ves como un ángel vestido de demonio.

Miel lo miró de reojo. Había notado que Ana los estaba observando, justo cuando estaba por rechazar a Lucius. Pero él, atrevidamente, colocó su mano en la cintura de Miel. Incluso ella se sorprendió.

—¿En serio?

Preguntó ella, y Lucius asintió con la cabeza.

Justo antes de que pudiera decir algo más, Ana salió de su escondite.

—¿Lucius?

Preguntó, haciendo que él diera un paso al frente, colocándose entre Miel y Ana, como si intentara protegerla en caso de que Ana hiciera algo.

—¿Ana? ¿Qué haces aquí?

Preguntó Lucius, sin ocultar su incomodidad. Ana se molestó aún más. Miel sólo sonrió con burla hacia ella.

Estaba conteniendo las ganas de reírse, pero simplemente aclaró su garganta, llamando así la atención de Lucius.

—¿Sucede algo, bonita?

Dijo él, como si su esposa no estuviera ahí, viéndolo y escuchándolo todo.

—Debo irme, tengo unos asuntos pendientes.

Habló Miel con naturalidad, y Lucius asintió.

—Por supuesto, princesa.

Respondió él con voz suave y melosa, provocando que incluso Miel quedara atónita por unos segundos.

—En tu oficina dejé un ramo de rosas. Ya sabes, un detalle de bienvenida.

Miel asintió con la cabeza y luego rodeó el cuerpo de Lucius, pasando justo al lado de Ana, quien la observaba como si le hubiese robado algo que le pertenecía.

Para su mala suerte, ese día Miel había optado por un vestido negro que resaltaba toda su belleza, mientras que ella, a causa del embarazo, había dejado de usar vestidos ajustados o por encima de la rodilla.

—Maldita perra… cómo la odio.

Murmuró Ana con odio, haciendo que Lucius la mirara con enfado.

—No hables así de ella. Podrás ser mi esposa, pero ella es la mujer que amo.

Respondió Lucius, acomodando su traje, peinando su cabello hacia atrás con ambas manos, bajando luego la vista hacia Ana.

—Creo que es un poco tarde para eso, imbécil. Además, si la amaras, no la hubieras engañado conmigo.

Lucius la miró con calma, alzó una ceja y esbozó una ligera sonrisa antes de hablar.

—Eso pasó porque estaba borracho. Si no, ni de chiste te hubiera tocado, mujer.

Y sin decir más, se fue, dejándola con la palabra en la boca.

Y con aquello bastó para que Ana quedará echa una furia, tenía su mandíbula tensa al igual qué sus hombros.

Sus manos estaban hechas puño clavando incluso sus propias uñas en, las palmas de su mano.

Por otro lado Miel acaba de llegar a su oficina cuando la abrió, notando qué  Remus estaba ahí sentando frente a una silla de su escritorio.

—No sabía qué te habías reconciliado con Lucius.

Miel negó con la cabeza tomando las rosas para echarlas al bote de la basura.

—Ni muerta.

Remus río y se acercó a ella acorrolandola contra el escritorio mismo.

—¿Por qué volviste Miel?

La nombrada alzó una ceja y miró hacía los lados.

—Aquí trabajó y esa es una fuerte razón para volver y estar aquí.

Remus asintió sin decir más alejándose de ella.

—Por cierto luces bien.

Miel sonrió negando con la cabeza, haciéndo qué Remus se acercara un poco más a ella.

—Te lo dije antes, y te lo diré ahora Miel. Me gustas y creo que lo sabes.

Remus una pausa en sus palabras para dar otro pasó más cerca de Miel.

—Y lo sabes, perfectamente porqué te entregaste a mí ésa noche así qué toma en cuenta qué haré todo para qué estés a mi lado. ¿De acuerdo?

Sin esperar respuesta el se fue saliendo de la oficina dejando a Miel, inexpresiva y con la respiración retenida.

La cual segundos después paso sus manos por su cabello, sentía cómo su corazón latía con rapidez.

—Maldito Lupin...

Murmuró ella por lo bajó para luego suspirar y poner una mano en su pecho, tratando de calmar así corazón.

El cuál parecía latir con locura y querer salir de su pecho en cualquier momento.

Comenzando un debate entre su mente y él, pues su mente decía qué debía de controlarse pero su corazón decía que fuera detrás de Remus.

Mientras qué su cuerpo parecía hacerle casó a éste último, omitiendo casó alguno a las órdenes dadas por su cerebro.

Remus...

Llamó Miel justo cuando estaba a escasos metros de él, haciéndo qué el nombrado detuviera sus pasos quedando de espaldas hacía ella.

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Cortó por qué fue un momento de inspiración, estaba escuchando Gabriela de Katseye. Y se me ocurrió ésto y ni saben lo que viene....

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