Bebo un poco más del jugo, los enfermos que me sirven como sirvientes me miran aterrorizados. Ha sido divertido estar aquí, contrario a todo lo que pensé. Ser la dueña del lugar me hizo entrar con el suficiente poder para que este a nada de salir.
Y de llevarme a Emiliano conmigo.
—Mi señora—levanto mi mirada hacia Jo, mi guardaespaldas, aún se ve un poco afectado. No tiene mucho que salió del hospital, para después enterrar al aprendiz, que no sobrevivió a los golpes que el malnacido del delegado le dio.
—Jo, me alegro que estés mejor. —toma asiento y de inmediato le sirven.
—Parece que se divierte, mi señora —mira a los enfermos—, al menos saben su lugar.
—No lo niego, al principio me parecía una locura total, ¿Cómo yo iba a vivir aquí? pero ahora, lo disfruto, puedo torturar, matar y nadie me dice nada, ¿Quién reclamaría por un loco? es fascinante.
Y ahora entiendo mejor el poder de la mente, ahora entiendo porque a Emiliano le costaba complementarse, estaba en una lucha con su propia cabeza y cuando la cabeza no funciona, nada funciona. Ahora entiendo como manipularla mejor, sus huecos, sus debilidades, todo. Y eso es fascinante.
—¿Y Emiliano?
—En su habitación, no lo cambió el estar aquí tanto tiempo. Sigue igual de precavido, pero ahora es peligroso también. Necesito sacarlo de aquí para eliminarlo, no puedo dejarlo vivo por más tiempo, ya me causó muchos problemas.
—¿Y cuándo pretende salir?
—Pronto, compré a los médicos, ellos ya tiene instrucciones claras al igual que mi abogado. Estaremos fuera en unos días. —intento levantarme y me cuesta un poco, Jo me ayuda. Cuando logro levantarme me mira. —, lo sé.
No dice nada pero es obvio que esta en shock, me conoce, seguro pensó lo peor como yo, pero su mirada me indica que lo sorprendí. Me acompaña a mi habitación y justo cuando pasamos frente a la habitación de Emiliano, escuchamos gemidos.
Me detengo abruptamente, ese movimiento me hace quejarme y sostenerme de Jo, no necesita que le diga nada, abre la puerta y mis ojos se llenan de la imagen de Emiliano sentado en la cama y entre sus piernas, una enfermera. Ella es la que gime mientras su boca sube y baja en el miembro de Emiliano, no se han dado cuenta de nuestras presencias, y le digo a Jo que cierre.
No estoy para celos de mierda.
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Entro con pasos silenciosos a la habitación de aquella enfermera. Mentí, dije que no estaba para celos de mierda, pero en cuanto la imagen se repetía en mi cabeza más me hervía la sangre. Así que aquí estoy, cubriendo la boca de la enfermera que se despierta sobresaltada. No le doy tiempo a reaccionar, el formol del trapo que cubre su boca la duerme en segundos, la arrastro por el pelo fuera de su habitación, el cansancio en mi cuerpo me hace un poco más lenta, pero sigo arrastrando hasta que llegamos al elevador.