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 se detuvo frente a la puerta cerrada, con el corazón golpeándole en el pecho

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se detuvo frente a la puerta cerrada, con el corazón golpeándole en el pecho. Había ensayado esas palabras mil veces en su cabeza, pero ninguna parecía suficiente. Tocó suavemente.

—¿Puedo pasar, cariño? —preguntó con voz baja.

Dentro hubo unos segundos de silencio, hasta que escuchó un leve "sí". Con cuidado, Carol entró. Su hija estaba sentada en la cama, abrazando una almohada, con los ojos enrojecidos por el llanto.

Carol se acercó despacio, como si cada paso pudiera romper la delicada distancia que había entre ellas. Se sentó en el borde de la cama y respiró hondo.

—Sé que estás herida... y mereces la verdad. No voy a ocultártela más—.

La muchacha levantó la mirada, temblando entre la rabia y el miedo—¿La verdad sobre qué, mamá? —preguntó en un susurro.

Carol tomó sus manos con firmeza, aunque las suyas temblaban—Sobre tu madre biológica... y sobre cómo llegaste a mi vida.

El silencio se hizo espeso, pero Carol continuó antes de que su hija se apartara.

—Tu padre, cuando era joven, cometió un error. Una noche, borracho, conoció a una mujer... Isobel. De esa noche nació un embarazo. Pero ella... ella no quería hacerse cargo de ti. No quería ser madre.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas—¿Entonces... me abandonó?

Carol negó con firmeza, acariciándole la mejilla.

—Ella te entregó, sí. Pero yo te pedí. Yo siempre quise una hija, y cuando supe de ti... te amé incluso antes de tenerte en mis brazos. Te busqué, te abracé, y juré que jamás dejaría que te sintieras sola en este mundo.

Las lágrimas corrieron por el rostro de la muchacha, pero ya no de enojo, sino de desgarro—¿Y papá? —preguntó con un hilo de voz.

Carol bajó la mirada, dolida.

—Él nunca supo cómo manejarlo, y eso es su carga. Pero yo... yo te elegí, mi amor. No porque tuviera que hacerlo, sino porque quise. Porque eres mi hija. Lo eres en cada latido, en cada abrazo, en cada recuerdo que hemos construido juntas.

Entonces, sin pensarlo más, la joven se lanzó a los brazos de Carol. Ambas se fundieron en un abrazo fuerte, llorando, dejando que la verdad, aunque dura, se convirtiera en la certeza más importante: el amor de una madre que la había elegido siempre

— Tu eres mi hija y siempre lo seras—.


(...)

Las carrozas avanzaban lentamente por el centro de Mystic Falls, envueltas en cintas y banderines. Entre la multitud de trajes antiguos, Sidney destacaba con un vestido de seda color marfil, ceñido a la cintura y con un corpiño bordado que evocaba la elegancia de 1860. Su porte era tan natural que parecía haber viajado en el tiempo.

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