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La luz de la mañana se filtró por la ventana, cálida, suave, demasiado honesta para lo que había pasado la noche anterior

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La luz de la mañana se filtró por la ventana, cálida, suave, demasiado honesta para lo que había pasado la noche anterior. Sidney abrió los ojos lentamente, sintiendo primero el calor. No el de las sábanas, sino el de un cuerpo a su lado.

Tardó un segundo en entender dónde estaba. Se movió apenas, lo suficiente para voltearse... y ahí estaba.

Damon Salvatore.
Dormido a su lado y en su cama.

Parecía casi irreal. El rostro relajado, las cejas sin el ceño fruncido que siempre llevaba puesto como escudo, la respiración profunda, tranquila... pacífica. No era un hombre atormentado, sarcástico ni peligroso en ese instante.

Era simplemente Damon.

Y eso... la desarmó.

Una punzada cálida le atravesó el pecho. Ella lo supo. Con ese solo vistazo. Sí... se estaba enamorando. Aunque le aterrara. Aunque fuera Damon. Aunque no hubieran dicho nada de lo que tendrían que haber dicho.

Sidney apoyó la cabeza en la almohada, sin poder dejar de mirarlo. Había algo en su silencio que le hacía sentir que no quería moverse nunca.

Hasta que él murmuró, sin abrir los ojos—Deja de mirarme así—.

Ella parpadeó, sorprendida—¿Así cómo?—.

Damon abrió un ojo. Solo uno. El suficiente para verla—Como si fuera... interesante —dijo con una sonrisa ladeada, dormida, ronca por el sueño.

Ella sintió calor en las mejillas, pero no apartó la mirada—Solo te estoy mirando —respondió, intentando sonar casual.

Él abrió completamente los ojos, enfocándola. Y la sonrisa que apareció en sus labios... Sidney nunca la había visto antes. Una sonrisa real. Cálida. Feliz.

Damon Salvatore feliz.

Era una visión peligrosa.

—¿Y esa sonrisa...? —preguntó ella sin poder evitarlo, entornando los ojos.

Damon frunció el ceño, pero en esa forma adorable suya, casi infantil—¿Qué sonrisa?—.

—Esa —dijo, tocándole la mejilla con un dedo, como acusándolo— Nunca la había visto en ti—.

Él la observó unos segundos, como si buscara una respuesta que no sonara demasiado honesta. Pero no encontró ninguna.

—Estoy feliz —admitió, bajito.

Sidney se quedó inmóvil. La palabra cayó sobre ella como algo precioso, imposible, peligroso... y que sin embargo la hacía sentir ligera.

—¿Feliz? —repitió, como saboreando la palabra que él había dicho.

Damon asintió, apoyando la frente contra la de ella durante un segundo que se sintió eterno.

—Sí, bueno... no lo digas muy fuerte —bromeó— Se supone que soy un vampiro atormentado y oscuro. Tengo reputación que mantener.

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