Tras la llegada de dos hermanos al pueblo Mystir Falls, desatan oscuros recuerdos sobre la realidad de este pueblo, poniendo en peligro a todos lo que la rodean.
Uno de los hermanos salvatores alocara los sentimientos de Sidney, consigo trayendo pr...
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El aire de la mañana estaba fresco, cargado con ese olor a pino y tierra húmeda que siempre envolvía los alrededores de Mystic Falls.
— ¿Sabes? Después de tantas semanas corriendo sola, me llego compañía— Sid miro a su tio mientras el se arreglaba los cordones de sus zapatilla.
— ¿Tyler no corre?—.
— No, es una nena. Odia Madugrar—.
Mason ajustó su reloj deportivo y miró a su sobrina con una sonrisa competitiva.
—¿Lista para perder, Sissy? —bromeó mientras estiraba los brazos.
Sidney se amarró la coleta, con los ojos brillando de desafío —¿Perder? Hoy no, Mase.
Mason soltó una risa breve y ambos comenzaron a trotar por el sendero del bosque. Al principio, el ritmo fue tranquilo, acompasado por el sonido de sus respiraciones y el crujido de las hojas secas bajo las zapatillas. Pero pronto, Mason notó algo distinto.
El paso de Sidney empezó a acelerarse. Su respiración se volvió más profunda, más agitada... pero no por cansancio, sino por algo más oscuro.
—Sid, baja un poco el ritmo —advirtió él, notando cómo la energía en torno a ella cambiaba, vibrando con esa furia ancestral que conocía demasiado bien.
—Estoy bien —respondió ella, sin mirarlo, aumentando aún más la velocidad.
Mason frunció el ceño y aceleró tras ella. Podía sentirlo: su pulso, el temblor en su cuerpo, esa mezcla de dolor y rabia que se transformaba en fuerza bruta.
Sidney corría como si pudiera dejar atrás todo lo que sentía. Katherine había vuelto. Su padre muerto. Damon casi había matado a su hermano. Y ella... ella no sabía en quién era.
Cada zancada era un golpe de ira contenida, cada respiración un intento de no gritar.
El viento le azotaba el rostro, las lágrimas mezcladas con el sudor, pero no se detenía. No podía.
—¡Sidney! —gritó Mason, alcanzándola y tomándola del brazo.
La detuvo justo antes de que cruzara el claro, cuando ya sus ojos parecían más dorados que castaños, y su respiración era puro fuego.
Ella forcejeó —¡Suéltame!
—No —dijo él con voz firme, sosteniéndola por los hombros— Escúchame. No es correr lo que te va a calmar. No puedes dejar que la rabia te controle, ¿me oyes?
Sid lo miró con los ojos llenos de lágrimas y furia—No sé qué me pasa... todo me arde por dentro.
Mason bajó la voz, suavizando el tono—Ese es la problema, Sissy, tienes que aprender a controlarla, antes de que te controle a ti.
Ella respiró hondo, temblando, dejando que su cuerpo se rindiera al cansancio y no a la ira.
Mason pasó un brazo sobre sus hombros y la guió de regreso hacia la casa —Vamos. Ya corriste suficiente por hoy.