Tras la llegada de dos hermanos al pueblo Mystir Falls, desatan oscuros recuerdos sobre la realidad de este pueblo, poniendo en peligro a todos lo que la rodean.
Uno de los hermanos salvatores alocara los sentimientos de Sidney, consigo trayendo pr...
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La mañana siguiente, la luz gris del amanecer se colaba por las ventanas cuando Mason tocó suavemente la puerta del cuarto de Sidney.
—Sid... —su voz era baja, cautelosa— ¿Vamos a trotar?
Ella abrió la puerta apenas, lo suficiente para verlo. Ella el pelo recogido en una coleta apurada y la expresión cansada de alguien que apenas había dormido.
—¿Quieres salir a correr? —preguntó, con un tono que era mitad sorpresa, mitad desconfianza.
—Quiero hablar contigo —respondió él con honestidad torpe— Y... aliviar un poco la tensión. Si me dejas—.
Sid asintió sin decir nada más.
Salieron juntos a la calle, en silencio, trotando a un ritmo suave que marcaba más la distancia emocional entre ellos que la física. No se miraban. No todavía. Pero estaban al lado. Y eso, para los dos, era ya un paso.
Cuando llegaron al sendero del bosque, Mason finalmente habló.
—Lo siento por ayer —murmuró— No debería haber dejado la conversación así.
Sid respiró hondo, sin aflojar el paso—No estoy enojada. Solo... dolida.
Mason tragó saliva, asimilándolo.
Corrieron un par de minutos más antes de que él redujera la velocidad hasta quedar caminando. Ella hizo lo mismo.
Mason inspiró profundo, como quien se prepara para abrir la herida más antigua.
—Me preguntaste cómo activé la maldición —dijo, sin mirarla— Y... creo que mereces saberlo todo.
Sid giró ligeramente hacia él, atenta.
—Fue Jimmy —comenzó— Mi mejor amigo. Estábamos tomando una noche y... el pensó que me estaba acostando con su novia—.
Sid parpadeó, sorprendida por el nombre—¿Jimmy...?
Mason asintió—Sí —Respiró hondo— Fue una pelea estúpida. Dos imbéciles. Y... yo estaba borracho. La rabia me nubló. Le di un golpe. Solo uno. Un mal golpe—Suspiro—Cayó mal. Muy mal. Y cuando lo vi en el suelo... —le tembló la voz— ya no respiraba.
Sidney se llevó una mano al pecho, sintiendo el peso de esa culpa como si fuera propia—Entonces... ¿así fue?
—Así fue —dijo Mason, sin disfraz— No fue intencional, Sid. Pero la maldición no distingue intenciones. Solo ve sangre en tus manos—.
Siguieron caminando. La brisa helada movía las hojas, pero nada sonaba más fuerte que esa confesión.
—Cada luna llena —continuó Mason, mirando el camino— pierdo el control. Completamente. Si no me encadeno... mato todo lo que encuentre. No distingo amigos, enemigos... ni familia. Solo... pierdo quién soy.