Responsabilidad

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Antes de empezar: 

Veneciano: Italia del norte.

Romano: Italia del sur.

Española: Rep. Dominicana.

...

Un choque de metales en la estancia retumbó. Pisadas raudas y ligeras descendieron por las escaleras, múltiples vahos aparecían y desaparecían en la fría habitación. La puerta de la entrada se abrió y la neblina invernal a la criatura recibió. El sudor la cara y el cuerpo mojaban, mientras, la ropa de sirviente en un rincón esperaba. Pasos inseguros pero constantes andaban por el jardín, se guiaba por su oído cada vez más segura de ir en la dirección correcta. Piernas flexionadas, saltos hacia atrás y hacia adelante, dientes apretados, cambios de posición y dirección, cubrirse de los ataques y responder, para luego lanzarse al frente con las espadas como escudo y arma en una lucha por saber quién era el más fuerte.

Y la puerta se abrió.

Feliciano y Lovino hacia la entrada miraron paralizados por el miedo. La figura, que hasta el momento no había emitido sonido alguno, cerró la puerta y avanzó hacia el centro del viejo granero, dejando que las luces del alba desvelaran su identidad.

—¡¿Española, estáis enajenada?! ¿Por qué entráis sin avisar? —Romano, increpándola, caminó hacia ella.

La nombrada de brazos se cruzó y adoptó el mismo rictus de discusión que su progenitor— ¿Y qué hubierais preferido? ¿Qué tocara la puerta dos veces y entrara dando saltos? ¿Qué estáis haciendoooo? —Sobreactuó agregándole brincos, miradas ensoñadoras, besos al aire y una pizca de ironía que no pasó desapercibida.

Un monstruo habían creado.

—¡Basta, basta! Ya entendimos ¿Qué queríais? —Romano las manos en la cadera puso y adelantó el pecho hacia esta mientras la muchacha lo miraba seria para inmediatamente girarse hacia el otro italiano.

—Vengo a responder a vuestra pregunta.

¿Cómo?

—¿Recordáis nuestra conversación sobre hasta cuándo iba a esperar para que alguien solventará mis problemas? Pues ese día ha arribado, deseo que me enseñéis a luchar con la espada —dijo con convicción.

¿Veneciano, de que está hablando? —Ahora era su hermano el que pedía explicaciones.

Italia del norte cerró y abrió los ojos—. El día de la fiesta, Española me comentó que insegura se sentía pues al ser mujer no le guardaban respeto y la veían débil. Mas en aquella ocasión hablamos de ataviaros de hombre no de luchar —dijo con los brazos extendidos para enfatizar la confusión y ligera frustración que sentía al verse acusado.

—Sí, eso os dije, mas la verdad es mucho más crítica—Suspiró—. Desde hace un tiempo a mi territorio arriban barcos piratas de todos los confines del mundo, especialmente franceses e ingleses. Y cómo no hay un ejército local, hacen suya la tierra. Se hallan a cierta distancia de la capital, empero, como siguen expandiendo su influencia temo que arriben a las puertas de Santo Domingo.

—Consultadlo con vuestro padre —contestó Italia del sur con impaciencia.

—Lo consulté y él me afirmó que me ayudaría.

—Entonces, no nos necesitáis— afirmó Romano.

—¡Claro que sí, porque no ha hecho nada! —respondió enfurecida y angustiada

—¿Hace cuanto se lo habéis comentado? —preguntó Veneciano.

—En otoño, hace casi tres meses. Cuando salimos al bosque. Y lo único que hicimos fue aprender a escondernos ¿Qué voy a hacer si me encuentran? —Apretó los puños ansiosa y asustada ante la idea—. Sabéis que los piratas no se precian por respetar a los demás.

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