Nieve

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 Apenas podía ver por donde caminaba: la ventisca le obligaba a cerrar los ojos y avanzar utilizando toda su fuerza. No sabía hacia donde se dirigía, pero sí que ese era el camino. Unos copos de nieve golpearon su cara y se tapó para seguir andando.

De repente, puso el pie en el suelo y se dio cuenta que allí se acababa el mundo. Quería echarse para atrás, pero ya era demasiado tarde: mas de la mitad de su extremidad se encontraba en el vació. Cayó. Su corazón le martillaba en la garganta, le dolía. Quería gritar hasta romperse las cuerdas vocales. Quería llorar hasta deshidratarse. No estaba listo para morir.

Entonces, su cara dio de bruces con algo más compacto que la tierra pero más suave que el hielo y rodó. Cuando finalmente se detuvo, descubrió que la tormenta había pasado y que había caído desde una ladera. Estaba rodeado de nieve frente a su ciudad natal. Y, más allá, la cadena montañosa que luego se conocería como los Andes.

Paz.

Aspiró el aire y sus fosas nasales captaron el olor del invierno. Volvió a abrir los ojos y su cerebro registró una pared. Confundido, paseó sus pupilas por la estancia recordando que se hallaba en la península ibérica. Inspiró nuevamente y se percató que era el mismo aroma que había identificado en su sueño. Viró su rostro hacia la ventana, agudizó su vista: las montañas y los campos estaban nevados.

Cuando se frotó los ojos para desperezarse, se dio cuenta de que algo lo había estado agarrando del lado derecho. Levantó la sabana y Venezuela lo recibió con una mirada somnolienta y desorientada. Nueva Extremadura abrió los ojos al máximo y sus labios se separaron ¡¿Que demonios estaba haciendo su hermano allí?!

Y si creía que eso era lo más extraño a lo que se iba enfrentar, todavía no sabía cómo se le desencajaría la mandíbula cuando Honduras y Salvador tumbaran la puerta al grito de «¡Viene el apocalipsis!».

...

En medio de la oscuridad, la puerta se abrió y dos cuerpos entraron. Se acercaron sigilosamente a la cama y la rodearon por ambos lados. Observaron al dueño dormir plácidamente, dibujaron una sonrisa y se metieron entre las sabanas.

El preadolescente, que descansaba tranquilamente, pronto se vio jalonado, golpeado, pateado, empujado y tironeado del pelo a la vez que el calor envolvente se perdía. Primero confundido, luego enfadado pidió explicaciones por ese trato.

— Disculpadme Alto Perú, no quería despertaros ¡Es este el que nos deja sin sabanas! —dijo Salvador conciliador, para luego gritarle a su hermano en la oreja.

— ¡¿Yo?! ¡Si sois vos el que no quiere compartir! —Por el otro lado fue Honduras quien lo ensordeció.

— ¡Pero si sois vos quien tenéis toda la cobija!

— ¡Que embustero, el que se está helando de frio soy yo!

— ¡No, yooooooo!

—¡Bastaaaaaaaaaaaa! —berreó con tal ímpetu que las otras colonias se inclinaron esquivando el regaño asustadas— ¿Qué hacéis en mi cama? ¡Idos de una vez!

—Hermano, por favor. —Imploró Honduras con las manos juntas.

—Os lo suplico, está haciendo mucho frio —siguió Salvador.

—Id con Nueva España.

—Noooo, moriremos asfixiados. —Tiró los brazos al techo.

—Se tira pedos hediondos. Hoy comimos lentejas, ¿os acordaos?

—Es una bomba de relojería ¡No, por favor! —aulló.

—Entonces id con Perú —suspiró

—Nooo.

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