Draco está desarrollando una nueva poción, cuando sin querer mescla algo que no debía y termina en otro mundo y en otra época, muy diferente a la suya
Grandes eventos que serán cambiados, parejas que no fueron y herederos que no debíeron existir, se...
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Draco llevaba días inquieto. El sueño que había tenido aún lo perseguía en cada rincón de su mente, robándole el descanso y sumiéndolo en una frustración constante. Estaba agotado, irritable, y lo peor era que apenas podía disimularlo. Había intentado ignorar a todos, pero Harwin parecía haberse convertido en su sombra.
Como en ese mismo momento. Draco estaba en su habitación y, del otro lado de la puerta, el caballero montaba guardia. Una medida impuesta por órdenes de su padre —o más bien, como castigo por el susto que les había dado la última vez—. Desde entonces le habían prohibido volar. A Draco le parecía un castigo injusto: ¿cómo se suponía que debía mantener a tres dragones contentos sin poder verlos? Para colmo, ya ni siquiera tenía a Balerion con él. El ya no tan pequeño dragón, había sido enviado al Pozo Dragón, pues pronto sería demasiado grande para permanecer en el castillo. Aun así, Balerion no quería alejarse de su “mami”.
Tendido en su cama, parpadeó mirando el techo. En esos meses, su vida había sido un desastre, y ya casi se cumplía un año desde que había llegado a ese lugar. Intentaba no pensar en su vida anterior, pero los recuerdos volvían con fuerza en la soledad.
Se preguntó cómo estaría su madre. Una punzada de culpa lo atravesó; esperaba que su padre la estuviera cuidando. Antes de que la melancolía lo venciera, se levantó y se sirvió una copa de vino. Leyna no estaba allí: había regresado a su hogar por unas semanas, pues su padre enfermó, y Draco había perdido, al menos por un tiempo, a una de las pocas personas con las que podía sentirse en paz.
Con la jarra en la mano y la copa en la otra, se dejó caer en el diván junto a la cama. El vino fue llenando lentamente el vacío, y casi sin darse cuenta ya iba por la cuarta copa.
Suspiró hondo. No era divertido beber solo. Extrañaba el whisky de fuego, extrañaba incluso a Blaise. Con amargura pensó en sus amigos; se preguntó qué estarían haciendo, si estarían bien.
¿Y Potter?
Sacudió la cabeza para espantar ese pensamiento. No. Mejor pensar en otra cosa.
—Sir Harwin —llamó, y como esperaba, el caballero apareció de inmediato.
—¿Sucede algo, mi príncipe? —preguntó, mirando alrededor en busca de alguna amenaza. No halló más que a un Draco medio borracho, sentado descalzo en el diván, vestido apenas con una camisa ligera y unos pantalones demasiado ajustados para ser aprobados por la iglesia.
Draco alzó su copa hacia él con gesto caprichoso. —Bebe conmigo, Ser Harwin.
El caballero vaciló. —Mi príncipe, estoy de guardia. No puedo beber alcohol.
—¿No puedes… o no quieres? —Draco se puso de pie, acercándose despacio. La luz de las velas iluminaba su rostro, dándole un aire travieso y peligroso al mismo tiempo.
Harwin dio un paso atrás, incómodo. —No es apropiado.
Draco sonrió con ironía, tan cerca que podía sentir el calor que desprendía la armadura del caballero. —Nada en mi vida es apropiado, Ser… pero aquí estás, siempre pegado a mí. ¿Es por deber?