Draco permanecía tendido, la mirada fija en el techo con un gesto ausente. Su "tiempo" con Ser Harwin había sido satisfactorio en lo físico —más de lo que habría querido admitir—, tanto que una vez más había dejado pasar la cena sin darse cuenta. Sin embargo, apenas terminaron, el caballero se vistió con torpeza y huyó de la habitación como si lo persiguieran los Siete.
El rubio soltó un suspiro, girando lentamente hasta quedar boca abajo. Hundió el rostro en la mullida almohada de plumas, dejando que el perfume del lino lo envolviera, mientras las sábanas de seda color púrpura se deslizaban perezosas sobre su piel desnuda, apenas cubriendo su espalda y la curva de sus caderas. Había un contraste extraño entre la delicadeza del lecho y el vacío que sentía en el pecho.
Aquella unión no había sido como las anteriores. No había dulzura, ni deseo contenido, sino un ímpetu casi áspero, como si ambos buscaran sofocar con el contacto una herida que no podían sanar. Draco lo sabía: no había hecho el amor, había buscado olvidar. Harwin también. Lo suyo había sido un arrebato, una forma desesperada de recordarse que aún tenía control sobre algo en un mundo que parecía querer decidirlo todo por el.
El príncipe mordió la almohada, cerrando los ojos con cansancio. En el fondo, aquello había sido un acto de rebeldía más que de pasión. Una afirmación de que todavía podía elegir, que su cuerpo y su voluntad no eran simplemente piezas de un tablero movidas por manos ajenas. Y, sin embargo, el sabor amargo de la soledad lo envolvía.
Tarareó una melodía suave, casi infantil, para calmarse, como si pudiera espantar con notas las sombras que se arremolinaban en su mente. A veces, deseaba con todas sus fuerzas poder regresar a su mundo, donde todo había sido diferente, donde incluso la lucha contra Harry Potter parecía más soportable que el peso de un destino impuesto. Pensar en él, en esos ojos verdes que siempre lo habían desafiado y desarmado al mismo tiempo, era un recuerdo punzante... pero también una chispa de calidez que lo hacía sonreír en medio de la soledad.
Quizá, pensó, era esa la verdadera maldición: desear dos mundos y no pertenecer del todo a ninguno.
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Harwin salió de la alcoba casi tambaleándose, con el pecho aún agitado y las manos temblorosas mientras se ajustaba la cota de lino bajo la armadura. Había dejado atrás el calor de Draco, ese rubio enigmático que parecía un espejismo entre las sombras de la fortaleza. Había sido pasión desbordada, sí, pero también un fuego que lo devoraba por dentro, un recordatorio cruel de lo prohibido.
Caminó por los pasillos silenciosos con pasos rápidos, como si huyera de algo que lo perseguía. En realidad, huía de sí mismo. Cada vez que estaba con el príncipe sentía que traicionaba el deber, la lealtad... incluso su propia razón. Pero había algo en Draco que lo volvía imposible de resistir: la forma en que lo miraba, esa mezcla de vulnerabilidad y soberbia que pedía ser conquistada y al mismo tiempo temida.
Se detuvo un momento, apoyándose contra una columna fría de mármol. Cerró los ojos, y la imagen del joven desnudo sobre las sábanas púrpuras lo golpeó con fuerza. La piel pálida bajo la luz de las velas, los suspiros entrecortados, la forma en que su nombre se escapaba de sus labios como un conjuro. Harwin apretó la mandíbula, sintiendo que cada recuerdo lo arrastraba más hondo en un pozo sin salida.
—Demonios... —murmuró para sí mismo, frotándose el rostro con ambas manos.
Sabía que aquello no podía continuar, y sin embargo también sabía que lo haría. Una y otra vez. Porque por más que intentara negarlo, el príncipe Targaryen no era solo un capricho pasajero: era una adicción. Una que lo iba a destruir.
Reanudó su andar, decidido a perderse en los deberes de la guardia, en las obligaciones que aún le quedaban esa noche. Pero dentro de sí, Harwin llevaba grabado el peso de la piel de Draco, el eco de su voz y la certeza de que, tarde o temprano, volvería a esa cama.
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Rhaenyra se mordió el labio con un gesto pensativo. Su embarazo avanzaba con normalidad y, aunque aún no lo había anunciado oficialmente, su vientre todavía no mostraba señales evidentes. Quería guardar aquel secreto tanto tiempo como le fuese posible.
Sin embargo, no era eso lo que en verdad la inquietaba. En los últimos días, Daemon había estado de un humor particularmente sombrío, casi desde el momento en que Draco comenzó a apartarse del resto del mundo, esquivando miradas y evitando cualquier contacto innecesario.
La princesa lo sabía: aquel joven bastardo se había convertido en una sombra incómoda dentro de la corte, una sombra demasiado notoria. Los grandes señores comenzaban a preguntar por su paradero, y el simple hecho de escucharlo agriaba el carácter de Daemon... y, en raras ocasiones, incluso el de la princesa misma.
Rhaenyra no podía permitir que ese juego de voluntades escapara de su control. Tal vez su padre había sellado un compromiso torpe, pero ella estaba decidida a corregir aquel error a su manera. Draco era un riesgo, sí, pero también un recurso valioso.
Con el brillo de la determinación en los ojos, tomó su decisión: si el destino había colocado a Draco en su camino, ella se encargaría de guiarlo... hacia el lugar donde verdaderamente sería útil.
Con esa resolución, mandó llamar a su heredero a su solar personal.
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Jacaerys se hallaba solo en los jardines, con la vista perdida en el horizonte. La brisa marina agitaba su capa, pero lo único que perturbaba su calma eran sus propios pensamientos. Inexplicablemente, siempre volvían a la misma figura: Draco.
No era lógico, ni prudente, y aun así lo recordaba con una nitidez incómoda. La forma en que sus ojos parecían leer más de lo que decían, la elegancia natural en cada gesto, incluso la manera en que su silencio podía llenar una sala. Jace se descubría persiguiendo en su mente detalles insignificantes, como si con ellos pudiera descifrar el enigma que lo envolvía.
Sabía bien que no era amor lo que sentía —¿Cómo amar a alguien al que apenas conocía?—, sino algo más difuso, más peligroso: una fascinación que rozaba la obsesión. Quizás lo que le atraía era la idea de Draco, la libertad que parecía encarnar, esa aura de misterio que él, como heredero de Rocadragón, jamás podría permitirse.
Nunca lo diría en voz alta. Ni a su madre, ni a sus hermanos, ni siquiera a sí mismo. Guardaría ese secreto como se guarda una llama débil en la oscuridad: escondida, silenciosa, y sin embargo, imposible de apagar.
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Cregan suspiró al llegar a su habitación. Una vez más, Draco no se había presentado. Aquella ausencia comenzaba a pesarle más de lo que quería admitir. Tal vez todo había avanzado demasiado rápido, y ni siquiera se había tomado la molestia de consultar su opinión. La sensación de impotencia lo acompañó mientras dejaba caer el pesado abrigo sobre la silla y se quitaba las botas, dejando escapar un largo suspiro que llenó el silencio de la habitación.
Se dejó caer sobre la cama con un peso que iba más allá del cansancio físico, dejando que la presión de la decepción se filtrara en cada músculo. Intentó distraerse con su pasatiempo favorito: tallar. La madera frente a él parecía un refugio seguro, un lugar donde podía ordenar sus pensamientos y su propio desorden interior.
Con movimientos lentos y meditativos, retomó la pieza que había dejado inconclusa esa misma tarde. Sus manos, grandes y ásperas por el trabajo cotidiano, se movían con sorprendente delicadeza, trazando líneas y curvas con un amor y cuidado que sólo la práctica y la paciencia podían otorgar. Cada escama de la serpiente que esculpía estaba hecha con precisión, cada giro calculado, como si al crear la figura pudiera también imponer un orden sobre sus sentimientos caóticos.
Por alguna razón, al pensar en el príncipe Draco, no le venían a la mente dragones ni fuego, sino una serpiente. Aquella imagen le resultaba irremediablemente apropiada: elegante, peligrosa, hipnótica, y a la vez, escurridiza. Así que la serpiente se convirtió en el eje de su obra, enrollándose con fuerza alrededor del cuello de un lobo, símbolo de fuerza, fidelidad y lealtad. Cada corte en la madera era también un intento de darle forma a sus emociones, de entender lo que sentía y por qué el joven príncipe lo desconcertaba tanto.
Mientras trabajaba, sus pensamientos divagaban. Recordaba las breves sonrisas de Draco, la manera en que sus ojos parecían esconder secretos que nadie más podía ver, la seguridad que imponía incluso sin proponérselo. Cada recuerdo era una chispa que encendía una mezcla de admiración y frustración en su interior. Tal vez no debía importarle, tal vez no debía permitir que un joven caprichoso alterara su paz, pero no podía evitarlo.
De pronto, una idea tomó forma en su mente, tan clara como la luz que se colaba por la ventana: terminaría la pieza hoy mismo y la enviaría a las habitaciones del príncipe junto con una carta. No una carta grandilocuente ni cargada de formalidad, sino algo sencillo, honesto, donde se disculpara por sus acciones apresuradas y quizá ofreciera una explicación que pudiera acercarlos, aunque sólo un poco. Quizás, sólo quizás, eso ayudaría a reparar algo del desorden que Draco había dejado en su mundo y en su corazón.
Con renovada determinación, Cregan volvió la atención completamente a la madera. Cada golpe del cincel, cada curva trazada, parecía aligerar el peso que llevaba dentro. Por un momento, el mundo exterior desapareció, y sólo existían él, la madera y la imagen de la serpiente que, de manera inexplicable, parecía contener también una parte de Draco.
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Draco sorbió distraídamente el té. Apenas había despertado aquella mañana, prácticamente desnudo, cuando su padre irrumpió en la habitación hecho una furia, obligándolo a levantarse y presentarse al desayuno con el resto de la familia.
Y allí estaba ahora, atrapado en un silencio incómodo: Targaryen y Velaryon compartiendo la mesa, y para su desagrado, también lord Stark. Draco ni siquiera comprendía qué hacía el señor del Norte en esa sala. Ah, claro... era su prometido. No anunciado todavía, pero su prometido al fin y al cabo.
La mirada de Aegon, fija sobre él con una mezcla difícil de descifrar, tampoco ayudaba mucho. Intentó ignorarlo, como si no existiera, aunque la presencia de ser Harwin cerca de las puertas lo distraía todavía más, recordándole lo que había ocurrido.
Suspiró, sintiendo el peso de su propia torpeza. Tenía delante a su prometido y a dos hombres con los que había compartido el lecho... todo en la misma sala. Solo a él, con su infinita estupidez, podía pasarle algo así.
Con un gesto delicado dejó la taza de té y, con tal de disimular, untó miel sobre una hogaza de pan antes de cubrirla con un poco de carne seca. Masticó lentamente, pero la sensación de al menos cuatro pares de ojos fijos en él le crispaba los nervios.
Maldita sea su estupidez. En un momento estuvo a punto de llorar allí mismo, frente a todos.
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Había conseguido escapar de aquel salón casi ileso.
Le había bastado una mirada suplicante dirigida a su padre para que Daemon comprendiera el mensaje. Tras una breve discusión con el resto de la familia, el príncipe había anunciado que él y su hijo tenían asuntos que tratar y, sin esperar objeciones, lo había sacado de allí.
Draco sabía que solo había cambiado un problema por otro.
No podía ocultarse de Daemon Targaryen para siempre.
Su padre era paciente cuando quería serlo, pero también poseía una habilidad casi inquietante para arrancar verdades. No descansaría hasta descubrir qué atormentaba a su hijo, y Draco no estaba preparado para hablar de aquellos sueños que, noche tras noche, parecían más recuerdos que simples fantasías.
Suspiró con cansancio.
Quizá fuera mejor enfrentarlo antes de que la verdad terminara revelándose por sí sola.
Caminaron en silencio hasta Pozo Dragón.
El olor a ceniza, humo y piedra caliente los recibió antes incluso de cruzar las enormes puertas. Los rugidos que resonaban en las profundidades hacían vibrar las paredes, como si la propia montaña respirara.
Los guardianes abrieron los portones de las cavernas.
Caraxes emergió primero, largo y sinuoso como una serpiente de sangre. Sus ojos encontraron enseguida a Daemon.
Después aparecieron los tres dragones de Draco.
El príncipe cerró los ojos un instante.
—Por los dioses...
Aquello iba a ser complicado.
Balerion fue el primero en acercarse. Aún era joven; apenas alcanzaba el tamaño de una res grande, aunque en cada movimiento comenzaba a adivinarse la inmensidad que algún día alcanzaría. Restregó el hocico contra el costado de Draco, reclamando la atención que creía únicamente suya.
Una sonrisa, pequeña pero sincera, apareció en el rostro del muchacho.
—No, pequeño. Hoy no.
Sus dedos recorrieron con cuidado las tibias escamas negras.
—Todavía no eres lo bastante fuerte para llevarme.
El joven dragón emitió un gruñido bajo, claramente disgustado.
Entonces Draco levantó la vista.
Caníbal observaba la escena con los ojos entrecerrados.
Vermithor permanecía inmóvil, pero el lento movimiento de su cola bastaba para anunciar su impaciencia.
El silencio duró apenas un instante.
Caníbal lanzó la cabeza hacia adelante con un bufido amenazador.
Vermithor respondió desplegando parcialmente las alas mientras un rugido grave nacía en lo profundo de su pecho.
—Basta.
La voz de Draco fue firme.
Ambos dragones lo miraron.
—No pienso tolerar otra pelea.
Caníbal enseñó los colmillos, pero retrocedió.
Vermithor apartó la mirada con evidente desagrado.
—Parecéis dos crías disputándose un hueso.
Las enormes bestias inclinaron lentamente la cabeza.
Sus garras removieron la tierra volcánica mientras evitaban encontrarse con los ojos de su jinete.
Daemon contempló la escena en absoluto silencio.
Había visto a los jinetes dominar a sus dragones mediante órdenes, castigos o años de disciplina.
Aquello era diferente.
No había miedo.
No había sometimiento.
Solo existía una confianza tan absoluta que aquellas criaturas, capaces de reducir castillos enteros a cenizas, aceptaban el regaño de un muchacho como si fuera la cosa más natural del mundo.
Ni siquiera Caraxes reaccionaba así ante él.
—Iré sobre Caníbal.
Los ojos del dragón negro brillaron con evidente satisfacción.
Alzó orgulloso la cabeza y desplegó ligeramente las alas, disfrutando de su victoria.
Vermithor dejó escapar un resoplido cargado de disgusto.
Sin esperar más, abrió las alas y se elevó con un poderoso batir que hizo temblar el suelo. Puso rumbo a Rocadragón sin volver la vista atrás.
Esperaría allí.
No estaba dispuesto a compartir un solo instante más con aquel arrogante.
Balerion volvió a empujar con el hocico el brazo de Draco.
El príncipe soltó una risa apenas audible.
—No pongas esa cara.
Apoyó la frente contra la del joven dragón.
—Crece fuerte. Tu momento llegará.
Balerion emitió un sonido apagado antes de girarse con fingida dignidad y desaparecer nuevamente en las profundidades de Pozo Dragón.
Draco lo observó marcharse hasta perderlo de vista.
Después volvió la mirada hacia su padre.
Una chispa traviesa iluminó sus ojos violáceos.
—¿Una carrera?
No aguardó respuesta.
Echó a correr.
Con la agilidad de quien había nacido entre dragones, utilizó una roca como impulso y se encaramó al lomo de Caníbal en un único movimiento fluido.
El enorme dragón negro rugió con orgullo.
Sus alas se abrieron como una tormenta.
Cuando Daemon comprendió las intenciones de su hijo, Caníbal ya se encontraba elevándose sobre la bahía.
Una carcajada escapó de los labios del príncipe.
—¡Mocoso tramposo!
Montó a Caraxes de un salto.
El Dragón de Sangre lanzó un rugido que hizo eco entre las montañas antes de desplegar sus inmensas alas escarlatas.
—Vamos.
No hizo falta decir nada más.
Caraxes comprendió.
Un instante después, ambos dragones surcaban el cielo, uno persiguiendo al otro sobre las oscuras aguas de la Bahía del Aguasnegras, mientras el viento arrancaba las risas de padre e hijo y las perdía entre las nubes.
Caníbal tomó la delantera con facilidad. Era más veloz de lo que muchos creían para un dragón de su tamaño, y Draco conocía cada movimiento de su montura.
Debajo de ellos, el mar rompía contra los acantilados con violencia, mientras el viento arrancaba mechones del cabello plateado del joven príncipe.
Detrás, el rugido de Caraxes anunció que Daemon comenzaba a alcanzarlo.
Draco sonrió.
Hacía mucho que no competían.
Caníbal inclinó las alas y descendió casi rozando el agua antes de elevarse nuevamente entre las nubes.
Caraxes imitó la maniobra con la elegancia de un dragón curtido por la guerra.
Durante unos instantes no existieron las profecías, ni los sueños, ni las responsabilidades de la corona.
Solo eran un padre y un hijo compartiendo el cielo.
Fue entonces cuando Daemon lo vio.
Draco reía.
No era una sonrisa educada ni una mueca para tranquilizar a los demás. Era una risa verdadera, libre, la misma que tenía cuando era pequeño.
Y Daemon comprendió algo que lo hizo fruncir ligeramente el ceño.
Aquellos sueños estaban apagando poco a poco esa parte de su hijo.
Al llegar a Rocadragón puedes cambiar totalmente el ambiente.
Los dragones aterrizan.
El silencio pesa.
Daemon espera hasta que ambos entren al castillo o incluso hasta un balcón que da al mar.
No empieza interrogándolo.
Simplemente dice:
—Hace semanas que dejas de dormir.
Draco se queda inmóvil.
—No tienes que mentirme. Fui criado por Viserys, pero sobreviví gracias a saber cuándo alguien carga un peso demasiado grande.
Silencio.
—¿Cuánto tiempo llevas soñando?
Draco intenta esquivar la pregunta.
—No son más que sueños.
Daemon niega despacio.
—No. Los hijos de nuestra sangre rara vez sueñan por simple casualidad.
Mientras Daemon habla, Caníbal permanece acostado cerca.
Cuando Daemon menciona los sueños, el dragón negro emite un gruñido bajo.
Daemon gira lentamente hacia él.
—¿También tú lo sabes?
Caníbal baja la cabeza.
No responde, porque es un dragón.
Pero Daemon entiende.
Los dragones sienten el miedo de sus jinetes.
Eso hace que Daemon diga una frase muy poderosa:
—Llevas tanto tiempo ocultándolo... que hasta tus dragones sufren contigo.
.......
bueno creo que llevan demasiado tiempo esperando esto, sinceramente estaba revisando y me parece increíble que tenía casi un año sin actualizar.
de verdad que les debo una gran disculpa, pero ocurrieron demasiadas cosas en mi vida, me quede sin casa, me divorcie, me mude de continente y ahora estoy estabilizando mi vida, incluso me estoy volviendo a enamorar de una persona maravillosa, si todo sale bien les hablare en el futuro de esa persona.
espero que disfruten este capítulo, la mitad la tenía escrita hace casi 1 año y la otra mitad la acabo de escribir, por si notan diferencias en la escritura, quiero creer que eh evolucionado en mi manera de escribir
bye bye
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Otro Targaryen
FanfictionDraco está desarrollando una nueva poción, cuando sin querer mescla algo que no debía y termina en otro mundo y en otra época, muy diferente a la suya Grandes eventos que serán cambiados, parejas que no fueron y herederos que no debíeron existir, se...
