24 - ¿Matrimonio?.

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Draco miró sus manos con nerviosismo. No sabía por qué el rey lo había mandado a llamar. Su padre había tenido que permanecer fuera del Solar del Rey, pues, según las palabras de Ser Erryk: «La presencia del príncipe Daemon no fue solicitada, por su gracia».

Por lo tanto, tuvo que entrar solo. Al cruzar el umbral, sus pasos resonaron en la piedra pulida. Su tío estaba sentado frente a la chimenea, una copa de vino entre sus dedos. Las llamas crepitaban suavemente, proyectando sombras danzantes sobre los tapices y las paredes de piedra.

—¿Me ha mandado a llamar, su gracia? — inquirió Draco, manteniendo la compostura a pesar del latido acelerado de su corazón.

El rey asintió con un leve movimiento de cabeza y señaló la silla frente a él. Draco no perdió tiempo y se sentó, fijando sus ojos en los de su tío. El hombre mayor suspiró, como si las palabras le pesaran en el pecho, y le extendió un pergamino sellado con el blasón de la Casa Stark.

El joven platinado frunció el ceño, pero tomó el pergamino sin titubear. Rompió el sello y desenrolló el documento, sus ojos recorriendo las líneas con creciente rapidez. A medida que avanzaba en la lectura, su expresión pasó de la sorpresa al enfado, luego a una nueva sorpresa, después al interés y, finalmente, a una máscara impenetrable que no revelaba emoción alguna.

Viserys lo observaba en silencio. Su semblante, aunque sereno, mostraba las huellas de los años y las cargas del trono. Dio un sorbo a su copa antes de romper el silencio:

—¿Qué piensas, sobrino?

Draco guardó el pergamino cuidadosamente entre sus ropas, como si protegiera un objeto de gran valor.

—Un compromiso aceptable entre la Corona y el Norte — respondió con tono neutro. —Lord Cregan ha ofrecido mucho por el sobrino varón del rey. Más de lo que cualquier otra casa habría ofrecido.

Viserys asintió lentamente, como si sopesara cada palabra.

—¿Pero qué piensas realmente? — insistió, esta vez con un matiz más personal.

Draco levantó la mirada, sus ojos violáceos brillando a la luz del fuego.

—¿Puedo ser sincero, tío?

—Siempre.

—En efecto, es un matrimonio ventajoso. Pero imagino que ahora te arrepientes porque soy el poseedor de tres dragones y, no solo eso... poseo el sexo del dragón. Si llego a dar a luz hijos de Lord Cregan, su lealtad estaría primero con el Norte, no con la Casa Targaryen.

Viserys no respondió de inmediato, pero el leve apretón de sus dedos alrededor de la copa no pasó desapercibido. Draco continuó, su tono tan suave como afilado:

—Además, existe la posibilidad de que mis hijos hereden mi sangre y nazcan con el sexo del dragón o con mi capacidad de vincularme con más de un dragón. Y eso te inquieta, ¿no es cierto?

El rey guardó silencio. La luz del fuego jugaba en su rostro, pero sus ojos estaban fijos en los de Draco, incapaces de negar la verdad de sus palabras.

—Pero eso no es todo — prosiguió el joven, inclinándose ligeramente hacia adelante. —Cuando las demás casas descubran que ofreciste mi mano sin darles la oportunidad de luchar por poseerme, se sentirán resentidas. Te acusarán de favoritismo con el Norte. Y, por si fuera poco... — hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo antes de soltar la última estocada —el rumor de que tu madre, mi abuela, no era hija de su gracia el rey Jaehaerys, sino del padre de quien ahora es mi prometido, solo avivará más las llamas del descontento.

La tensión en la sala se hizo palpable. El crepitar del fuego parecía ahora un eco lejano, ahogado por el peso de las palabras pronunciadas.

El rey se alzó de su asiento con gesto molesto, todavía sosteniendo la copa de vino entre los dedos.

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