Taehyung y Jungkook eran mejores amigos desde algunos meses. Kim se enamoro de Jeon desde el primer momento en que lo vio e intento enamorarlo.
El mundo de Taehyung se vendría abajo cuando Jungkook le dijo que había conocido a Dahyun.
Dahyun era un...
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Jungkook se quedó parado frente a la puerta del baño abierta, sin saber si dar un paso o quedarse quieto. El pasillo estaba casi vacío, el sonido de las clases en curso se escuchaba lejano, como si el mundo hubiera seguido sin enterarse de nada. Pero él sí, él acababa de ver a Taehyung temblar, llorar, romperse frente a él con una rabia que no era solo rabia, sino algo mucho más hondo.
“Dudo que te importe lo que me pase.”
Esa frase se le quedó dando vueltas en la cabeza como un eco. Dolía porque no era verdad, pero quizás sí lo parecía. Y eso era peor.
No entendía qué había hecho mal o qué no había visto. Todo lo que había pasado en los últimos días ahora parecía tener otro sentido. Las respuestas esquivas, las sonrisas rotas, el cansancio en los ojos de Taehyung, su forma de encerrarse en sí mismo y él, mientras tanto, seguía hablándole de Dahyun, de cualquier tontería que se le pasara por la cabeza, sin notar que su mejor amigo estaba cada vez más lejos, más herido, más solo.
Recordó cómo lo encontró escribiendo en su cuaderno. Recordó el susto que se dio Taehyung cuando apareció, su forma de esconder lo que estaba escribiendo, su excusa rápida, la mentira mal armada de que eran cartas para una historia y él le creyó, porque siempre le creía, porque nunca se imaginó que Taehyung pudiera estar sintiendo algo tan fuerte, algo tan triste, algo tan real.
Y cuando abrió la puerta del cubículo, cuando vio su rostro, su mirada baja, sintió que el corazón se le apretaba. No supo reaccionar, no supo qué decir. Se le hizo un nudo en la garganta y no pudo hacer más que mirarlo y luego, Taehyung se fue diciéndole que lo dejara en paz, que se fuera con Dahyun, que no fingiera que le importaba.
Pero sí le importaba. Más de lo que había admitido.
Se apoyó en el lavamanos, bajó la cabeza y respiró hondo. Tenía el pecho lleno de preguntas. ¿Desde cuándo se sentía así? ¿Desde cuándo estaba tan mal? ¿Cuánto tiempo llevaba escondiéndolo todo? ¿Cuántas veces había llorado solo sin que nadie se diera cuenta?
Y sobre todo: ¿cómo no lo vio?
Le dieron ganas de salir corriendo a buscarlo, pero no sabía a dónde había ido, ni si estaría dispuesto a escucharlo. Tenía miedo de acercarse y que lo rechazara de nuevo, pero tenía más miedo de no hacer nada porque ahora lo sabía. Ahora ya no podía mirar para otro lado.
Taehyung estaba sufriendo. No era una suposición, no era una exageración, no era un mal día. Era real y no se lo había dicho, se lo había guardado todo, tragado todo, hasta que no pudo más y explotó.
Y él, Jungkook, se había quedado al margen sin notarlo.
Caminó por el pasillo sin rumbo, como si algo en su cuerpo necesitará moverse para no quebrarse ahí mismo. Quería hacer algo, decir algo, arreglarlo todo pero no sabía cómo, no sabía si tenía derecho, solo sabía que no quería perderlo.
Porque le importaba.
Porque siempre le había importado.
Y porque ahora, aunque fuera tarde, por fin lo estaba viendo
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El resto del día pasó sin que lo sintiera. Fue a clases, tomó apuntes sin leerlos, caminó por los pasillos como si su cuerpo se moviera solo, saludó a un par de personas, fingió sonrisas, respondió mecánicamente cuando alguien le preguntó algo, se rió de un comentario que no escuchó.
Taehyung no volvió a aparecer.
Y Jungkook no pudo dejar de pensar en él ni un instante.
Seguía viendo la escena en su cabeza. El cubículo del baño, la puerta entreabierta, el temblor en sus manos, el temblor en su voz y después, esa mirada quebrada y cansada, la forma en que se fue, diciéndole que no podía ayudarlo, que no le importaba, que se fuera con Dahyun.
Había rabia en sus palabras, pero también algo más.
Algo mucho más fuerte.
Dolor.
Y Jungkook no lo había visto antes. No de esa forma.
Desde hacía semanas había notado cosas, pequeños cambios, Taehyung estaba más callado, más encerrado, parecía más distraído, más solo incluso cuando estaban juntos. Pero él no preguntó, supuso que era su forma de ser, que era solo una etapa, que ya pasaría.
No lo miró de cerca, no quiso incomodar, no quiso forzar nada.
Y ahora se daba cuenta de que se estaba cayendo, y que él no había hecho nada para evitarlo.
Le daban vueltas a la cabeza mil cosas. Cómo no lo notó, cuánto tiempo llevaba así, cuántas veces se sintió solo sin que nadie estuviera ahí para él, cuántas veces fingió que todo estaba bien solo para no incomodar a los demás.
Recordó el momento en que lo encontró escribiendo. El susto que se dio, la forma en que escondió el cuaderno. Recordó cómo cambió de tema enseguida, cómo evitó mirarlo directamente, cómo se puso nervioso. En ese momento pensó que solo se trataba de alguna tontería, ahora entendía que no, que había algo más, algo que llevaba por dentro desde hacía mucho y que no sabía cómo decir.
Pero lo que más lo descolocaba era cómo se había sentido él al ver a Taehyung así. Tan pequeño. Tan vulnerable. Tan triste.
Quiso abrazarlo.
Quiso quedarse ahí con él.
Pero no supo cómo.
Y eso era lo que más le dolía.
Jungkook no sabía qué hacer. No tenía un plan, no tenía las palabras correctas ni los gestos perfectos. Solo tenía este nudo en el pecho que no se le iba, que no lo dejaba en paz desde que lo vio con lágrimas en los ojos, no quería dejarlo solo, no otra vez, no como había hecho hasta ahora, sin querer.
Esa noche, cuando llegó a casa, dejó el celular a un lado. No quería mensajes, ni notificaciones, ni música. Solo se tiró en la cama, mirando al techo, con la cabeza llena de imágenes que no podía ordenar.
No podía sacarse de la mente la idea de que Taehyung lloró en un baño del colegio porque no tenía otro lugar para hacerlo. No podía dejar de pensar que se había hecho daño, que había sentido que esa era su única salida, no podía creer que había pasado tanto tiempo sin que nadie, ni siquiera él, se diera cuenta.
Taehyung había estado sufriendo. Y él no lo vio.
Eso era lo más difícil de aceptar.
Y ahora, aunque no supiera cómo arreglarlo, aunque no supiera cómo llegar a él, se hizo una promesa sin decirla en voz alta.
No volver a hacer como si no pasara nada.
No mirar hacia otro lado.
No dejar que se apague solo.
Porque ahora lo veía.
Y eso, aunque llegara tarde, ya no podía cambiarse.