10 de Febrero, año 1636
El Palacio entero murmuraba sobre la primera noche del joven Sultán. Todos sabían que Abigail Hatun había sido la escogida, y mientras los eunucos guardaban silencio, las odaliscas en el harem cuchicheaban entre ellas, temerosas de lo que aquel nuevo reinado traería.
En sus aposentos, la Valide Sultan Beyhan esperaba noticias. Sabía que Murad había cumplido el deber de un Sultán, pero en el fondo temía que las sombras de Kösem Sultan aún intentaran manipularlo.
—¿Mi hijo está satisfecho? —preguntó con voz suave a la kalfa que entró a su presencia.
—El Sultan ha permanecido con la circasiana toda la noche, Valide. No ha pedido otra concubina.
Beyhan asintió con una leve sonrisa. Era un pequeño triunfo, pero suficiente para sembrar sus raíces de influencia.
15 de Febrero, año 1636
En el Diván, Murad IV se presentó con la firmeza que su padre nunca tuvo en vida. Los visires quedaron sorprendidos por la dureza de su mirada, casi como si los años de tragedias lo hubieran moldeado en piedra.
—El Imperio no será gobernado por visires ni por jenízaros, sino por mi mano. —Su voz retumbó en el salón.
Los más veteranos intercambiaron miradas. Murad IV era joven, pero hablaba con la severidad de un guerrero.
Entre las sombras, Kösem observaba, su rostro oculto bajo un velo negro. El hijo de Beyhan había arrebatado el trono que ella había planeado para uno de los suyos. Y aunque aún tenía influencia a través de sus nietos, sabía que enfrentaba a un enemigo inesperado: la propia Valide Sultan Beyhan, quien había regresado del luto convertida en una loba protectora.
3 de Marzo, año 1636
En los jardines privados, Murad paseaba con Abigail Hatun. La joven apenas entendía las responsabilidades de ser favorita, pero sabía que debía complacer al hombre que ahora llevaba el peso del Imperio.
—Me miras como si temieras a mi sombra —dijo él, deteniéndose frente a ella.
—No temo a Su Majestad, sino al destino de aquellas que lo rodean —respondió con voz baja, sus manos nerviosas sosteniendo el velo carmesí que cubría su cabello.
Murad sonrió con ironía.
—Eres más lista de lo que aparentas, circasiana. Quizás no seas solo un pasatiempo.
En ese instante, un mensajero interrumpió la calma, postrándose ante el Sultan:
—Mi Sultán… hay disturbios en Anatolia. Los Celali se han levantado de nuevo.
La expresión de Murad se endureció. Abigail retrocedió, dándose cuenta de que la ternura en él duraba poco; la política siempre arrancaba cualquier instante de paz.
20 de Marzo, año 1636
Mientras tanto, en los pasillos del Palacio, las conspiraciones no cesaban. Kösem tramaba acercarse a los hijos de Selim y a los descendientes de Ibrahim, los únicos príncipes que aún vivían fuera de la peste. Su plan era claro: sembrar la duda en el corazón del pueblo y preparar a un heredero alterno.
Pero Beyhan no era ingenua. Desde su cámara, observaba los movimientos de su rival.
—Si Kösem piensa arrebatarme lo único que me queda, no dudaré en hundirla —susurró mientras acariciaba con ternura un retrato de Murad de niño.
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Ese año apenas comenzaba, pero ya el Palacio se había convertido en un tablero de ajedrez, donde cada consorte, cada príncipe, cada visir y cada madre luchaba por sobrevivir en la eterna danza de poder del Imperio.
Y en medio de todo, un nuevo amor nacía entre el joven Sultan y Abigail, aunque nadie sabía si sería amor verdadero o tan solo un lazo frágil marcado por el deber y la ambición.
25 de Marzo, año 1636
En el harén corría la noticia de que la favorita del Sultan, Abigail Hatun, había solicitado su conversión al islam. Para unas era un acto de devoción, para otras un simple movimiento estratégico, pero para la Valide Beyhan era la confirmación de que su plan estaba funcionando: su hijo se aferraba cada vez más a la joven circasiana.
El día señalado, los aposentos de la mezquita interior del Palacio Topkapi se llenaron de silencio reverente. Abigail, cubierta con un velo blanco, se arrodilló frente al Şeyhülislam, el gran muftí del Imperio.
—Hija, ¿aceptas al Único Dios, Allah, y a Su Profeta Muhammad como mensajero? —preguntó el anciano con voz solemne.
La joven bajó la cabeza. Su corazón latía con fuerza, pero no de miedo, sino de certeza.
—Lo acepto —dijo con firmeza, sus labios temblando apenas.
Un murmullo recorrió el lugar. Aquel instante marcaba su renacimiento.
—Desde ahora, tu nombre será Kayra, que significa “bendición” —proclamó el muftí.
Murad, de pie entre las columnas, observaba con intensidad. No había mostrado emoción durante toda la ceremonia, pero cuando Kayra se levantó y sus ojos se encontraron con los de él, un leve destello de orgullo brilló en su mirada.
30 de Marzo, año 1636
La vida de Kayra cambió por completo. Vestía ahora con la modestia de una musulmana, aprendía los versos del Corán de labios de las kalfas, y en las noches, cuando el Sultan la llamaba, se presentaba no solo como concubina, sino como creyente.
—Mi Sultán, ¿acaso soy digna de este nuevo nombre? —preguntó una noche, recostada sobre los cojines de seda mientras él la observaba en silencio.
Murad la tomó del mentón y la obligó a mirarlo directamente.
—No eres la misma joven que trajeron al Palacio. Has elegido tu fe, y al hacerlo, elegiste también a tu Sultan. Eso te hace más fuerte de lo que imaginas.
Kayra sonrió, sus labios temblando. Nunca había sentido tanto peso en una sola frase, pero tampoco tanta esperanza.
3 de Abril, año 1636
La rivalidad en el harén crecía. Muchas consortes no aceptaban que una circasiana recién llegada se hubiera convertido en musulmana y ya gozara de tanto favor. Las miradas de envidia, los susurros a escondidas, incluso los intentos de envenenar su comida, comenzaron a ser parte de su día a día.
Sin embargo, Kayra no estaba sola. Beyhan Sultan la había tomado bajo su ala, enseñándole no solo a rezar, sino también las sutilezas del poder.
—Recuerda, hija mía —le decía Beyhan mientras le ajustaba un velo—, en este Palacio no sobrevive la más bella, sino la más astuta. El amor del Sultan es un escudo, pero tu fe será tu espada.
Kayra bajó la cabeza, consciente de que su camino apenas comenzaba.
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Ese mismo mes, Murad ordenó que Kayra se trasladara a los aposentos más cercanos a los suyos, un honor reservado solo para las favoritas más distinguidas. Y mientras el Imperio entero se agitaba por rebeliones y guerras, en lo profundo del Palacio Topkapi, una joven circasiana renacida como Kayra Sultan se preparaba para enfrentar tanto la devoción como la intriga.
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𝐏𝐀𝐑𝐀𝐃𝐈𝐒𝐄 | 𝑨𝒉𝒎𝒆𝒅 𝑰
FanfictionTodos sabían que el verdadero amor del Sultan Ahmed I no era Kösem.
