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CHAPTER TWENTY EIGHT
[☀️. ✨. 🍃]
El rugido de su espada se mezclaba con el silbido del viento helado. Peter apenas podía respirar; el aire olía a hierro, y a sangre. Su sangre y la de los suyos. Los faunos que los acompañaron valerosamente yacían esparcidos por el suelo, algunos heridos, otros inmóviles, y el hielo que cubría el suelo se teñía de rojo.
Aarav seguía erguido entre los restos de la supuesta batalla, con los ojos encendidos como carbones y una energía oscura envolviéndolo. Cada movimiento suyo hacía temblar el lugar.
—No puedes detenerme, hijo de Adán.— gruño, alzando el bastón— No mientras ella duerma.
Peter esquivó el golpe que le lanzó por puro instinto. Su espada chocó con el hielo, lanzando chispas, y el impacto lo lanzó hacia atrás. Cayó de rodillas, jadeando, con la vista nublada. Aun así, apretó el mango de su espada con los dedos enrojecidos.
Una sonrisa burlona se plasmó en el rostro sudado y cansado del rubio, como si hasta este punto, sus fuerzas ya no lo hubieran abandonado en lo absoluto.
—Mientras ella siga aquí— susurro, casi sin voz— Podría hacer esto todo el día.
Aarav rio, una carcajada hueca, sin rastro de humanidad.
El suelo empezó a fracturarse a su alrededor; columnas de hielo empezaron a emerger, volviendo cada vez más inestable la infraestructura.
El palacio se derrumbaría, con ellos en el.
Peter dio un paso hacia adelante, aunque su cuerpo gritaba que no podía más. Cada vez que parpadeaba, veía el rostro de Aurelia— fría, inmóvil— acostada sobre el altar, y la idea de perderla lo quemaba más que cualquier herida.
Aarav siguió su mirada.
—El hielo ya debió haberla tomado.— dijo, y Peter supo a qué se refería con el "hielo"— Y con ella, todo lo que alguna vez amaste de su ser.
Alzó el bastón. La oscuridad se condensó en su palma, un torbellino de sombras dispuesto a caer sobre Aurelia. Peter gritó su nombre y corrió, pero una ola de energía lo empujó hacia atrás con violencia.
El impacto lo dejó sin aire. A lo lejos, solo pudo ver como la magia descendía sobre ella como una marea negra.
Lágrimas ya corrían por sus mejillas.
<<Perdóname, Lia. No pude salvarte, como tú lo hiciste conmigo.>>