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CHAPTER TWENTY— NINE
[🌙. ✨. ⛲️]
—Estaba como en un sueño. Pero... veía cosas terribles.
Se encontraban en una de las muchas salas tranquilas de Cair Paravel. La noche ya había caído, y solo un par de candelabros encendidos iluminaban el lugar. La luz dorada se reflejaba en las paredes claras y en la mesa alrededor de la cual se habían reunido después de la breve celebración que siguió a la batalla.
Todo contrastaba violentamente con el caos de las últimas horas.
Peter se había dejado caer en una de las sillas y se pasó una mano por el cabello, intentando sacudirse la tensión que aún le recorría el cuerpo.
A Aurelia,— que lo observaba de reojo cada tres segundos— ese gesto la atravesó por completo. El cansancio no era suficiente para apagar el nerviosismo que le subía por la garganta cada vez que lo miraba.
Por la realización.
Porque las palabras que él le había dicho mientras ella se desvanecía entre sus brazos seguían golpeándole el pecho con la fuerza de una verdad imposible de ignorar.
Aún podía sentir las lágrimas cálidas del rubio caer sobre su rostro. Todo entonces había sonado lejano, como si lo escuchara desde un lugar suspendido entre la vida y la muerte... pero aún así, sus ojos se habían abierto lo suficiente como para sorprenderse por su confesión.
Jamas lo había visto tan vulnerable. No de esa manera.
"No porque seas una salvadora o porque quiera algo de ti. Te quiero a ti. No sabía lo que era el amor hasta que tus ojos se fijaron en los míos. Yo te amo, Aurelia."
En ese instante, no era la batalla lo que le quitaba el aliento.
Era el.
Y cada palabra seguía ardiendo dentro de ella, más fuerte que el cansancio.
La respiración honda de Susan la devolvió al presente. Apoyo los codos en la mesa, relajo los hombros y carraspeó antes de hablar, rompiendo el silencio que se había prolongado demasiado.
—Creí que estaba muerta. Hasta que imágenes de mi pasado empezaron a atormentarme.
Miró a cada uno con sus profundos ojos azules
—Antes de Narnia. Pensé que me estaba volviendo loca... y, no muy lejos, escuchaba una risa cruel y seca que parecía quebrarme los huesos.
Se pasó una mano por el cabello suelto y desordenado.
—Hasta que... Una luz, como el sol, empezó a calentarme. Una luz que me obligó a no rendirme. Era como el fuego, pero no me quemaba. Se sentía como casa.