¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CHAPTER TWENTY— FIVE
[🔥. 🎋. ❄️]
El interior del castillo no era menos imponente que su exterior. El suelo antes de la enorme entrada estaba cubierto de escarcha que crujía bajo las pisadas de los caballos. Las torres agrietadas del castillo se retorcían hacia el cielo gris como dedos muertos, y cada ventisca que lo envolvía parecía susurrar los nombres de aquellos que nunca regresaron.
Un escalofrío corrió por la espina dorsal de Aurelia, cada poro de su cuerpo siendo abrazado por un Páramo invisible.
El hielo que formaba los muros del castillo no era claro ni puro: Estaba manchado con sombras atrapadas en su interior, como si almas perdidas hubieran quedado selladas en su superficie, congeladas en medio de un grito. Las puertas, de un azul opaco y cubiertas de escarcha antigua, estaban entreabiertas, invitando al incauto a cruzar un umbral del que nadie, probablemente, había vuelto cuerdo.
Lia había escuchado historias de tortura y sufrimiento por parte de sus seguidores, el recuerdo del gobierno de la bruja era como un tatuaje imborrable en sus mentes. Ella no se cruzó más de 3 veces con ella, pero todo lo que sentía era rencor y repudio hacia su persona, el ver como se aprovechó de almas inocentes, y como eso no parecía haber quedado atrás del todo, era suficiente para que ella estuviera a la puertas de lo que antes fue su morada.
Ella desmontó primero, con los ojos clavados en la entrada principal: El aire era espeso, cada bocanada costaba un poco más. No era el frío que emanaba extrañamente en ese lugar, aún en plena primavera... Era algo más profundo. Magia vieja. Lo sabía.
—Nadie toque nada.— ordenó Peter a los pocos faunos jóvenes que los seguían
Los caballos quedaron con la orden de regresar si al llegar la noche aún no habían salido, debían de avisar a Edmund y las tropas ante cualquier altercado. Pero que sobretodo, estuvieran preparados para lo peor.
Subieron los escalones sin mucha prisa, y sin mirar atrás en ningún momento, entraron al palacio.
—¿Creen que siga viva?— preguntó uno de los faunos, que probablemente tendría su misma edad, a diferencia de los otros 2 que parecían más maduros, él empuñaba su espada, con el rostro pálido
—No, créeme que Aslan se hizo cargo de eso... Pero sus seguidores si. Y eso es igual de peligroso.— respondió Aurelia, su voz sonaba más firme de lo que se sentía, aún así, volteó a mirar al nervioso fauno y le brindó una sonrisa
Dentro, los pasillos resonaban con cada paso. El eco no repetía sus sonidos: los retorcía, los distorsionaba, devolviéndolos con una voz que no era la suya. Candelabros hechos de hielo y carámbanos pendían del techo, goteando lentamente una sustancia transparente que jamas se congeló por completo.