Banquillo.

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Jesús, una noche ruda como el resto. Pesan en mi mente las agujas que simbolizan mis casos como psicólogo. Agujas ardientes que me recuerdan la razón de por qué elegí ser lo que soy para algunas personas... Un hombro para llorar, un amigo, un hermano, un amante, una espina imposible de sacar de la flor en la que está incrustada, pero más que nada o todo, un consejero.

Sé que dije que lo dejaría, pero sin más remedio por el cansancio y mi fatiga mental auto infligida, saco un cigarro de su caja, lo enciendo y aspiro su humo, que endormece los efectos estresantes de mi estrés, y vuelvo y comienzo a evaluar mis casos desde el principio, recordarme porque lo hago, si no tengo un título ni aplico la profesión. Pues la razón es simple, orgulloso de todas las cicatrices mentales y traumas que llevo como medalla, con mi pecho inflado, me creo en la capacidad de entender y ayudar a otros con sus problemas emocionales o de cualquier otro tipo. Para mi mis pacientes suelen ser amigos, luego se distancian y se vuelven solo eso, pacientes, mientras que hay otros que se distancian demasiado y se olvidan incluso de saludar... No les guardo rencor, me alegra que estén bien ya, solo espero que les dure, y que encuentren a otro mejor que yo que les brinde su apoyo, porque los problemas nunca cesan su venida a nuestra vida.

El próximo paso, a medio cigarro es someterme a la tortura mental de revivir todas mis experiencias, malas y buenas, causas y consecuencias, mis oscuridades y luces. De ahí, justo de ahí es de donde saco el poder para ser quien soy, recuerdo mis errores, las acciones que no debo repetir y que tan avispado tengo que ser con cada tipo de persona.

Terminando el cigarro, selecciono el primer caso de la noche.

-Joder, este tipo lo está pasando mal... Pero encima de eso, es un campo donde mi experiencia es casi nula.

Digo recordando a mi último paciente, quien se deprimió luego de pasar por una relación... Si se le puede llamar así, en la que lo usaron a más no poder.

Relaciones amorosas...

Esas cosas ya me dan asco. Siempre es lo mismo. Te entregas, te usan como una droga, y cuando se les pasa su obsesión por tí, eres un periódico viejo.

Que les den.

Saco otro cigarro... Me fui más a lo personal de lo que quería. Y es que como no. Casi me arrastro literalmente por atención de alguien a quien amaba, pero ella solo pensaba que era una obsesión y no me tomó más que como una bebida energética para sus ánimos. Su humor recargaba pilas conmigo.

Y en caso de este, pues... Le pintaron pajaritos en el aire, nunca mejor dicho. Su relación de siempre fue un misterio. Su pareja era mucho mayor, por lo cual tenía más experiencia en relaciones y vida que nosotros dos juntos, y pues, al no ser algo claro, quien único tenía una idea del rumbo de esa relación, era su pareja. Mientras, el estaba como una copa, esperando a ser usado.

Y eso es justo lo que odio de estas situaciones.

Tu pareja está dispuesta a hacer todo por tí, y una persona así no se encuentra dos veces en la vida, a menos que te encargues de manipular a las personas que se fijan en tí a la perfección como para lograr ese efecto en todas. En ese caso déjame contarte que cualquier espacio pegado al suelo tiene más altura de la que nunca tendrás como ser humano.

Pero volviendo a su caso.

Él pasó por lo que obviamente iba a pasar. Su pareja se cansó de su juguete y lo lanzó en la caja, mientras en poco tiempo después exhibía un juguete nuevo. Esto lo destruyó. Entró en depresión, casi no come y su actitud vacía y hueca me recuerda a la mía. Por más feliz que sea el momento, la sonrisa en su rostro dura solo 3 segundos antes de perderse en un vacío de inexpresividad deprimente.

Por ello estoy aquí sentado. A la luz de un farol, en un banquillo de un parque solitario... Ah, soledad, divino tesoro, maldito sentimiento.

Acordé su próxima cita para otro día con una idea ya clara de que decirle.

Le diría que las cosas como esa, suceden más de 30 veces en la vida, debemos estar acostumbrados desde la primera. El dolor hiere, pero el tiempo nos cura, a pesar de todos los intentos de la mente de derribarnos. Cuando conquistes y triunfes sobre esos intentos y los declares inútiles, ahí aprenderás a quererte y sabrás tu valor. Podemos cometer el mismo error una y mil veces, cayendo una y otra vez en la misma trampa, no seremos más imbéciles que aquel que nos juzgue, así sea el mismo que nos haga caer. Porque es de humanos errar, pero lo que te convierte en un sabio, no es rectificar, sino plantar cara y salir del agujero, no tirarte a llorar esperando que alguien te saque del agujero, así solo lo harás más grande, porque con el paso de cada persona vas a ir perdiendo más y más, llegando a quedar vacío, implorando por un poco de atención y cariño de cualquiera, sea buena o mala persona, haga bien o mal, no importará hasta que se vaya y veamos que nos dejó... No se puede estar así... No se puede estar como yo. Por eso para que no caigas en ese pozo, recupérate rápido y piensa que fue solo un ladrillo del palacio mental que vas a hacerte para encarar a todas las personas que vengan a tu vida a hacer destrozos.

Y con eso en mente, encendí un último cigarro, lo agarré entre el dedo del medio y el pulgar de la mano derecha, lo saqué de mi boca y me quedé en blanco mirando a la nada... Es algo común en mí, luego me levanté de aquel banquillo, mágico para mí, y emprendí mi viaje en la fría noche oscura, como un lobo solitario buscando su guarida.

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