Santo pecado

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Dios sabía que su petición era un pecado, pero él insistió tanto que terminó concediéndoselo. Las consecuencias eran obvias, mas parecían no importarle. Estaba dispuesto a cargar con toda la pena y la desdicha que tal desobediencia podía conllevar. Estaba empeñado en cumplir su cometido, y ese ardor en el pecho le daba más vida que cualquier virtud en este mundo.

Cuando por fin sucedió, su conciencia estaba más tranquila que la del más puro de los santos. "Dios, sé que lo que he hecho está mal, ¡pero gracias!", dijo con tono alegre y agradecido, sin una pizca de remordimiento.

Actualmente sigue saboreando la amargura y lamiéndose las heridas. Sin embargo, cada vez que lo recuerda, se le dibuja una sonrisa en el rostro.

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