Muerte indiferente

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Aquella tarde, la muerte se le presentó de manera sorpresiva. Él se la quedó mirando sin expresión alguna y, con un gesto de aburrimiento, le preguntó: "¿Por qué tardaste tanto?".

Ella le respondió que había llegado en el momento justo y que no pretendía negociar. Él replicó, de manera igual de serena: "En primer lugar, no pedí nacer, ¿por qué habría de negarme?".

La muerte se desconcertó. Era la primera vez que a alguien le daba lo mismo vivir o morir; no había conocido un ser tan decidido o tan despreocupado. Eso le quitaba emoción a su deber.

Esta le protestó: "No tiene sentido tomar un alma a la que no le importa si vive o muere".

A lo que él respondió: "El mismo sentido que tiene traerla al mundo sin preguntar y, de ese mismo modo, llevarla".

La muerte se indignó y le dijo: "Yo no inventé las reglas, solo sigo órdenes".

El chico, por primera vez en todo el encuentro, esbozó una sonrisa y le dijo: "Pues dile a tu superior que nadie le pidió participar en su tonto juego y que no se le ocurr...".

La muerte asintió levemente y se apresuró a cumplir con su deber. Luego, a solas, se quedó pensando en aquellas palabras. Finalmente, con una expresión triste en el rostro, dijo para sus adentros: "Yo tampoco he pedido esto, chico".

La muerte volvió a consultar su agenda, un poco perturbada por el reciente percance. Suspiró aliviada al recordar que tuvo que callarlo para que no continuara hablando. Trató de recomponerse y olvidar el mal rato; siguió con su agenda mortal sin contratiempos. Sin embargo, durante el resto del día no dejó de darle vueltas al asunto.

En su mente, el pensamiento más recurrente era: "Si Dios se entera de esto, el próximo en morir seré yo

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