Noches sin luna

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Estaba claro que dolería, solo que... ¡carajo! Aquellas palabras fueron como una sentencia de muerte. No tengo las palabras precisas para describir cómo me sentí en aquel momento. Solo sé que quería que la tierra me tragara en aquel instante, y mis ojos se aguaron sin mi permiso. Me embargaba una extraña sensación de ahogo, un sentimiento de pérdida y un llanto insoportable que mi alma expresaba, pero que mi cuerpo no lograba manifestar, lo que hacía que el dolor se quedara allí.
Por mi parte, el resto fueron intentos inútiles y patéticos por remediar la situación. Penosas súplicas dignas de un mendigo. Y tú tan indiferente, que escuchabas porque tenías oídos, hasta que encontraste la ocasión perfecta para cortar la conversación y hacer lo que mejor sabes hacer: no dar la cara.

Sabía que lo nuestro no tendría futuro, pero ¡al diablo con el futuro! Yo anhelaba vivir un presente intenso e interminable. Sé que nadie me obligó a nada y que este resultado era predecible. Solo te culpo por no quedarte más tiempo y por aceptar en un principio cuando en realidad no estabas segura de lo que querías. A mí, en cambio, nunca me pasó por la cabeza tal cosa, incluso con los malabares que tenía que hacer para atraer tu atención, la ansiedad cuando tardabas días en responder y pensaba que no lo harías más, incluso a pesar de ser tú quien siempre tuvo la última palabra, la que siempre disponía y dictaba. Deberían hacer un museo con nuestras conversaciones distópicas en WhatsApp. Tanto material que ahora solo sirve como fuente de nostalgia para un corazón recién herido.

Ahora que mis sentidos no gozan de tu presencia, mi memoria se ha dedicado a coleccionar las incontables piezas del rompecabezas de nuestros recuerdos, reviviendo hasta el más trivial de los detalles. Te recordaré mientras conserve el aliento. El otoño siempre será una época memorable, más por la nostalgia que por su belleza. En Halloween seré un muerto más, solo que sin disfraz. Aprenderé a vivir con esta herida que tantas veces permití que abrieras, luciéndola con orgullo como un trofeo. Y, con todo, de la manera en que se dieron las cosas, las largas esperas, los meses sin verte, las casualidades que nos juntaron, mi divina terquedad, tu fuego hecho persona y las ganas que concebiste en mí y que ahora dejas huérfanas, te seguiré considerando como lo mejor que me ha pasado.

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