Inercia

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Las hojas sin vida se arrastraban de un lado a otro sobre el asfalto a merced de un viento gélido y cruel, aquella pesada noche de otoño más parecida a un invierno crudo e insensible. Contemplado por las impacibles luces de aquella peculiar ciudad, bajo un cielo oscuro, el cual no se atrevía alzar la mirada por miedo a que su Dios lo regañara, estaba él, sentado sobre un banco metálico y duro, viendo cómo el humo ascendente se desvanecía después de una profunda inhalación que acababa en un suspiro silencioso. Ajeno a todo cuanto le rodeaba, su mente se encontraba en una especie de inercia, a la espera de una respuesta a la cual no tenía pregunta. Había llegado a un punto muerto, donde sus motivaciones ya no le parecían lo suficientemente intensas como para seguir adelante, por otra parte, el camino recorrido era demasiado como para retroceder. Las alternativas, si es que había alguna, no lograba visualizarlas. Su paciencia se consumía como una vela a punto de extinguirse. La brisa helada acariciaba su rostro y jugaba con unos mechones sueltos detrás de sus orejas. Él continuaba ensimismado, envuelto en una quietud perturbadora, mientras de manera mecánica repetía el ritual de calar sus dudas y exhalar más ansiedades.

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