Aquella noche

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Recuerdo que, al acabar, jadeábamos como animales exhaustos. La luz tenue de una lámpara se filtraba a través de las ventanas del coche, permitiéndome vislumbrar de manera casi perfecta aquellas partes tan deseables. Todo transcurría entre gemidos y maldiciones, mientras tu tibia humedad facilitaba el paso de mi virilidad dilatada a través de tu dulce interior. Nuestro goce divergía entre movimientos suaves y coordinados en medio de un vaivén apresurado, casi violento. Tus labios fríos y piernas temblorosas me indicaban algo que tú no te atrevías a confesar. Mis uñas se aferraban por debajo de tus caderas, en tanto resistía tus agitadas sacudidas desesperadas, culminando en un clímax que rozaba lo espiritual.

El diario de DiorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora