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El nerviosismo propio al estar cerca de aquella persona, esa presión en el pecho que se esparce por cada poro de tu cuerpo y aquel ardor; aquel ardor que te impide deglutir con normalidad se hacían presentes en la agente por primera vez, mientras sus labios se encontraban pegados al de su profesora, sin ningún movimiento, como aquellos castos besos adolescentes. Hanna sintió todo, hasta pudo darse cuenta como su corazón empezaba con su maratón de pulsaciones y como su cuerpo entero empezaba a temblar. Colocó sus manos en los hombros de Cristinne y suavemente se separó de ella, tratando de tentar al destino, tratando de reconocer a que fiera tenía delante. Por el contrario Cristinne la observaba fijamente, con las pupilas dilatadas y un verde más salvaje en los ojos, mantenía una respiración tranquila y aparentemente mantenía la calma si no fuera por aquella vena que palpitaba desenfrenadamente por la parte final de su cuello. Estaba nerviosa. Y ese nerviosismo oculto le dió el valor de poder hablar.

— Yo... — las palabras eran difíciles de pronunciar.

El timbre cortó de raíz aquella magia. Hanna prácticamente se levantó de un brinco y tropezó con una de las botellas vacías perdiendo el equilibrio, Cristinne volvió a recorrer su cuerpo sujetándola y apegandola a su cuerpo, está vez estando ambas de pie.

— Definitivamente el alcohol te vuelve muy torpe.

Una pequeña sonrisa apareció en la agente y con sutileza volvió a separarse de su agarre. El timbre volvió a sonar.

— Parece que no se irá quien sea que este allá afuera. ¿Esperabas visita?

Ninguna de las dos hacía contacto visual.

— No espero a nadie, ya se irán.

Volvieron a tocar está vez con más insistencia.

— Parece que no, si deseas puedo ir a ver.

— No, dame un minuto.

La agente caminó lentamente hasta estar frente a su puerta principal. Arregló su ropa, trató de peinar su cabello mientras miraba aún su puerta cerrada, pasaron por su cabeza millones de explicaciones de quién estuviera a esa hora fuera de su casa tocando con tanta insistencia, todas llegaban a una sola conclusión, Gustavo. Giró ligeramente hacia la dirección de su acompañante, Cristinne seguía parada mirando atentamente a su dirección.

— Mierda — susurró.

El equilibrio aún no regresaba en su plenitud, con un poco de torpeza abrió la puerta saliendo y cerrando inmediatamente. El frío chocó directamente en su rostro intensificando sus mareos. Definitivamente quien tenía en frente era a su compañero Gustavo con un sixpack en la mano.

— Tienes que irte ya — susurró.

— Vamos, vengo en son de paz — mientras le enseñaba las seis cervezas bien empaquetadas en su mano.

— En serio, lárgate — apenas se escuchaba la conversación pero el semblante de la agente era serio.

Ignoró por completo aquella amenaza de su amiga, bordeo su cuerpo y con toda la confianza del mundo giró de la perilla para entrar a la casa de su compañera. Con toda la confianza que le daba encontrarse a altas horas de la noche y que ningún alma pueda reconocerlos.

— Ven, trae tu bendito culo aquí y emborrachémonos.

Aquellas palabras impregnaron las paredes de su casa, produciendo un eco que le produjo asco a la agente. Los pies de Gustavo se pararon por completo al ver la silueta perfecta de aquella docente frente a él, y aquella sonrisa coqueta se esfumó.

Esos ojos verdes que emanaban un brillo enceguecedor se oscurecieron de un momento a otro, y esa sonrisa se desencajo volviéndose en una línea recta mientras miraba a su alumna.

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⏰ Última actualización: Jan 23 ⏰

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