Pasaron dos meses después de aquel suceso, dos meses en los cuales ninguna de las dos buscó explicación alguna, dos meses donde las miradas eran recíprocas pero sus bocas callaban, fueron dos meses donde el carácter de la docente empezaba a ser insoportable mientras avanzaban los días, y donde aquella jovencita casi escapaba al terminar la clase.
— ¿Cristinne?
Aquella única alma sentada en ese salón alzó la mirada despertando de su ensoñación, como ya era costumbre encontrarla; por alguna razón la señorita D'Angelo empezó a disfrutar del silencio y la soledad de los salones vacíos, empezó a disfrutar de aquel minúsculo aroma entre caoba y aquel perfume que erizaba su piel, casi imperceptible, minúsculo pero embriagador.
— ¿Que sucede?
La docente observó a su amiga apoyada en el umbral de la puerta, un palpitar estrujó su corazón y se levantó de inmediato mientras acomodaba su cartera.
— Nada. Que podría suceder.
— Sé que me entiendes bien Cristi.
— Cristinne — la corrigió.
— Ya hace un buen tiempo andas en otro planeta — se sentó frente a su amiga mientras observaba como ésta acomodaba sus cosas.
— No sé de que me hablas.
— ¿Acaso es por Carol? — la docente la observó fijamente — se que no hablamos de temas íntimos y lo entiendo, pero cariño, la Cristinne de ahora no es la misma de hace unos meses atrás, no te reconozco, quiero ayudarte pero no sé cómo. Confía en mi, somos amigas.
— Te lo repito Alexa, no me pasa nada.
— Carol me contó lo de ustedes — sentenció, dejando a la docente completamente quieta — el último día antes que se fuera salimos a tomar un café y terminó confesándome sobre su relación, lo de la fiesta y lo del altercado con aquella niña.
— ¿Qué niña?
— La pelirroja, Mía.
— No entiendo.
— Carol me contó que luego de la fiesta donde discutieron, ellas conversaron.
— Carajo — susurró — ¿Te dijo lo que hablaron?
— No, solo me dijo que necesitaba aclarar algunas cosas, al terminar se despidió de mi y me hizo prometer que la visitaría en Milán.
Cristinne se apuró en alistar sus cosas, y dejando a su amiga sentada con un millón de preguntas, salió en busca de aquella conversación pendiente de hace dos meses atrás.
El clima estaba hecho un caos en la ciudad, después de una mañana soleada empezaba a llover por las tardes, así que era común ver a los jóvenes con prendas pequeñas sujetas a un paraguas. Hanna Lombardi no era ajena a esta situación, llevaba una camiseta sin mangas que ligeramente enseñaba el ombligo y unos pantalones pegados al cuerpo junto a unas zapatillas blancas; su cabello era parte de su accesorio, ondeado y suelto, a diferencia de sus primeros días ahora la agente caminaba por la facultad con unos lentes a medida.
Aquellos dos meses fueron los más exhaustos de toda su corta vida, después del altercado en aquella fiesta y del incidente en la casa de la docente, Hanna se había replanteado su existencia. Se tomó tres días para desconectarse del mundo y volverse a encontrar, descartó a Cristinne D'Angelo como contacto porque simplemente no podía ni respirar frente a ella; se centró en otros sospechosos, armó un plan de resguardo y consiguió casi cerrar el caso en la mitad del tiempo establecido.
Sus pasos se detuvieron frente a un charco; había llovido por una hora y todas las calles estaban húmedas, una brisa produjo que se le escarapele el cuerpo y que sus lentes se empañen, nuevamente empezaba a llover y para su mala suerte la agente no contaba con un paraguas, dudó en entrar a alguna tienda o seguir su camino, necesitaba llegar a su casa tomar una ducha, servirse un chocolate caliente y descansar. Suspiró abatida por la situación, el cansancio y dolor. Retiró los lentes de su rostro con la intención de limpiarlos cuando un claxon la sobresaltó haciendo que sus lentes cayeran al charco.
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Mirando al Cielo
Teen FictionLa vida seguía a pasos agigantados dejando atrás a aquella mujer madura de mirada perdida, los suspiros salían de sus labios con más frecuencia; miraba al cielo tratando de encontrar respuesta a su sufrimiento, a su falta de vida. Hasta que la vió...
