Despegue la vista del celular para observar a través del vidrio polarizado del auto. Las casas que hacía tres años eran todas iguales se habían ido transformando, diferenciándose una de la otra. Las cuadras pasaban y mis nervios aumentaban cada vez más, sentía nostalgia, incomodidad, pero miedo no; estaba volviendo por mi cuenta al lugar del que años atrás habíamos escapado.
Pasamos la Bermejo, y ahí estaba, la Pilcomayo. Mil recuerdos pasaron por mi mente al ver aquella casa, la planta de menta con la que hacíamos té, el portón de madera que abría cada vez que sacaban el auto, el camino por el que corría con la bolsa de pan abajo del brazo. El Duna blanco estacionado llevaba encima mil recuerdos más, el mandarino, el limonero. En una esquina estaba Lola, la perra que tenia de chica, no había crecido nada y dudaba que se acordara de mí.
Mientras el auto de mi viejo se alejaba me acerqué a la puerta y la golpeé, primero dudosa y después decidida. Quería salir corriendo y al mismo tiempo la curiosidad de saber que iba a pasar me carcomía por dentro.
Menos de un minuto después sentí el sonido de una llave y la puerta se abrió. Pelado, arrugado, viejo, pero era él, el mismo, solo que ahora se veía inofensivo. No había pasado mucho desde que ese hombre ejercía miedo sobre mí, pero teniendo en cuenta que cuando lo conocí ya tenía 45 años y además el hecho de que yo había crecido y cambiado, cambiaba las cosas casi por completo.
Me invito a pasar, no sabía si debía pero la necesidad de volver a ver todo aquello era enorme. Después de una sonrisa tímida avance hacia el interior de la casa, mi casa. Todo estaba igual, los muebles con trofeos, fotos mías y de mis hermanos, adornos, 5 años de mi vida en un solo lugar.
Mi hermanita me estaba esperando en la pieza que anteriormente era de mi vieja y mi padrastro, caminé por el pasillo y quise mirar mi antigua habitación pero la puerta estaba cerrada. Al entrar en la pieza destino lo primero que vi fueron dos corazones naranjas pintados en la pared blanca, todavía me acuerdo cuando los hizo mi vieja, parecían buenos tiempos. Se me llenaron los ojos de lágrimas y corrí al living.
Tenía el pecho cerrado, se me cortaba el aire, quería irme de ahí. Escuche pasos en el pasillo y segundos después vi la figura que años atrás me habría dado mucho miedo. Se acercó al mueble de mi derecha, agarro un pulpo de porcelana fría y me lo mostró.
-¿Te acordas quien hizo esto?
Si, lo había hecho en una de mis últimas clases de arte. Lo agarré y sentí ganas de abrazarlo, desde que hice aquella figura me di cuenta de lo mucho que me gustaban esas cosas. Lo deje en el lugar en el que estaba y me senté en el sillón, necesitaba aire, la melancolía me hundía más y más.
Estuve media hora en el mismo lugar, quieta, pensando en no sé que. Reaccioné recién cuando escuché una bocina que venía de afuera, agarre mis cosas más rápido de lo que creía posible y caminé hasta la puerta. Antes de llegar mi hermanita me agarró de la campera.
-¿Te vas a ir sin ver nuestra pieza?
No, no quería, necesitaba verla. La agarré de la mano y la seguí, abrió la puerta, entró y me hizo señas para que la siguiera y entrará mientras me sonreía. Respiré profundo y entré. Todo estaba igual, sentí que volvía en el tiempo y tenía 8 años otra vez.
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