Los días habían pasado más lento de lo que me hubiera gustado, pero el momento había llegado, iba a ver a mi novio después de un mes de solo escuchar su voz a través de llamadas telefónicas.
Así como los días pasaron a paso de tortuga, lo hicieron el colectivo, el remis y todo lo que se cruzaba por mi paso. Hasta que por fin llegué a mi destino.
Y ahí estaba el, con sus rulos un poco más largos y por lo menos cinco centímetros más alto; su rostro brillante me sonreía. Pero algo me sorprendió: esa no era su sonrisa habitual, tal vez un poco más vaga, o cansada, pero les aseguro que era una sonrisa forzada.
Esperaba por lo menos un abrazo contento, unas palabras conmovedoras, o por lo menos, un simple beso restaurador; pero no, nada de eso.
Intenté que mi felicidad lo contagiara un poco, y pareció funcionar.
Esa tarde decidimos pasarla en la plaza en la que nos dimos nuestro primer beso, parecía lo más adecuado.
Sin embargo me dio la sensación como si a la preparación del día le hubiesen echado demasiada harina, y éste estaba más pesado de lo normal, las horas no pasaban, como si aún no lo hubiera visto.
O tal vez no lo había visto, tal vez ese no era el chico que había dejado, tal vez, y solo tal vez, aquel chico no se iba a presentar más ante mi mirada cómplice, tal vez lo había perdido para siempre.
Por la noche no pude pegar un ojo ¿Qué era lo que me tenía tan preocupada? Después de casi seis meses de noviazgo, alguien había cambiado a mi pareja mientras yo no estaba, era algo entendible ¡Con lo dulce que era! Pero era mío, y lo exigía de vuelta.
Pensé en escribirle, pero no era muy apropiado hacerlo a las tres de la mañana, por lo tanto esperé hasta el otro día.
Como lo hizo todo en esos últimos días, las horas nocturnas eran demasiado eternas, pero todo llega, y el sol también.
Lo primero que hice fue llamar a nuestra amiga en común para que me aconsejara, una buena charla con ella me iba a ir bastante bien. Exceptuando el hecho de que ella supiera algo que yo no, y así era ¡Mi queridísimo novio se había ido a sí ciudad natal de vacaciones! Y lo peor: no me había avisado.
Con los nervios a flor de pelo y las lágrimas a punto de explotar, me encerré en mi cuarto. Quería explicaciones y las quería ya.Los mensajes no tenían respuesta, y las llamadas tampoco. Puedo jurar que con cada hora que pasaba sin saber nada de él sentía que se me desprendía poquito a poquito, y esto realmente era real.
Una semana después le mande el mensaje que me estaba revoloteando hacia días. Este le dejaba en claro que si no quería tener responsabilidades, como llamarme o escribirme, directamente ni tenga novia. ¿Se imaginan su respuesta? Lo dudo, ni siquiera yo la imaginaba. Algo tan simple como un "Como quieras" me arruino el cuento, la historia. Sentí como meses de amor se diluían en mis propias lagrimas; lagrimas de desasosiego, lagrimas de fracaso.
Las palabras de mis amigas no sirvieron, y las de mi mamá menos; yo solo esperaba que el volviera de su viaje y me dijera que todo eso había sido un impulso, que nada era real y que me seguía amando. Y no les miento si les digo que estos deseos me duraron semanas, no sé cuantas exactamente, lo único que sé es como se terminaron.
Era una de esas tantas noches que pasaba con mi pequeño grupo de dos amigas, una de ellas conocía a mi ahora ex novio, y justamente estaba hablando con él. Los nervios habituales en mi estaban presentes esperando que él le confesara algo a mi amiga. Lo que nunca sospeche es que lo que iba a confesarle era algo que aun hoy desearía no haber leído. Un penetrante "Ya no me gusta" me quemo los ojos desde la pantalla de la computadora. Ya no le gustaba, no, definitivamente ese había sido el problema, había dejado de gustarle.
No recordaba ningún cambio brusco en mí, por lo que creía, yo seguía siendo esa chica de la que él dijo haberse enamorado un día, o tal vez un poco más cambiada, no sé. Pero no le gustaba, y eso era igual a una relación completamente rota.
El siguiente mes no supe nada más de él, por lo visto no había vuelto de sus "vacaciones" o se había cambiado de colegio, pero la cosa es que yo no lo veía en los pasillos del edificio escolar en el que se me había confesado por segunda vez.
Pero no, un par de días antes de que mis sospechas sobre su cambio de colegio fueran comprobadas, lo vi, caminando por el pasillo hacia su curso, la mirada hacia el piso como solía tenerla y mis ganas de abrazarlo y golpearlo a la vez acechándolo. Pero no lo abrace, no lo golpee, ni siquiera le hable, o me acerque. Me mantuve quieta, inmóvil como muñeco de piedra, pensando en nada, y a la vez en todo. Queriendo llorar y reír, queriendo irme volando quien sabe a que lugar alejado de todo eso que me había lastimado durante tantos días, de todo aquello que me iba a seguir lastimando por años, eso a lo que tanto miedo tuve desde ese momento, miedo de que me volviera a hacer sentir en la cima del mundo para luego tirarme en caída libre sobre un suelo duro. Aquello que dolía más que cualquier otra cosa, cualquier golpe, cualquier caída. Esa patología perversa capaz de hacerte feliz y matarte entre otras cosas, ese maldito enamoramiento.
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