Severus Snape.

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¿Enamorado? No, eso era poco. Snape estaba perdida e irrevocablemente obsesionado con aquel chico, era un par de años menor que él, pero esa diferencia nunca le importo, Era el nuevo maestro de Herbolaria, tenía ojos azules claro, en el sol se tornaban grises y en la noche, eran dos pozos de agua interminables.

Snape sabía toda su ruta, desde que despertaba en su habitación, se bañaba, se ponía su ropa y salía de ahí a los pasillos de Hogwarts, siempre tomaba el mismo camino, siempre saludaba a el amargado hombre que cuidaba dichos lugares y cuando impartía su clase, siempre sonreía cuando veía a sus alumnos aprender, pero no puedes llamarte obsesionado si no sabes el mínimo detalle de a quien "amas". Snape no tenía miedo de aquella habitación donde su amado hombre dormía, él había entrado, había puesto sus manos en la cama suave de Sibeth, tomaba la ropa y la olía, impregnada del olor típico a avellanas y pino de bosques, era un olor embriagador, un olor molesto y estúpidamente perfecto. Quedaba tan bien con el muchacho de pelo rubio rojizo, piel lechosa y pecas salpicadas por todo su rostro y cuerpo. Ese olor era una marca personal.

Snape lo había visto desde que fue contratado, desde que ese cuerpo delgado había pasado por la puerta principal, esos brazos tonificados estaban a cada lado, sueltos y llenos de confianza mientras caminaba al lado de Dumbledore, sus ojos se impresionaban con cualquier cosa del castillo y sus pies seguían el ritmo del director.

Lo había visto tantas veces que podía describirlo a la perfección, si algún día se perdiera, el daría las señas de identificación, los ojos, las mejillas, la forma de su nariz, pero incluso diría detalles que tal vez ni siquiera el mismo Sibeth habría visto en si mismo. Cómo el lunar en la nuca, justo en el medio, o la cicatriz de su espalda, la que tiene desde los 12 porque cayó en un barranco junto su hermano o en todo caso, el hecho de que en su rostro tenía un par de pecas con forma de estrella.

Snape lo había visto, de lejos, de cerca, corriendo, caminando, llorando, riendo... Y de alguna manera, cada gesto, cada paso, cada marca, cada peca... Estaba grabada en su memoria, desde la forma en la que caminaba despreocupado al despertar hasta la forma en la que llegaba a tirarse a su cama por las noches dentro del cansancio puro que sufría diario.

La cosa aquí es que... Snape nunca hablo con él, nunca se acercó, ni siquiera le mostró interés, pero cuando nadie veía, cuando nadie notaba, ahí estaba la mirada analizando todo, analizando su lenguaje corporal, su incomodidad, su falsedad con algunas personas y su enojo disfrazado.

Snape sabía todo de él porque lo espiaba, desde que descubrió los echizos de observar el más allá, su mente se concentraba solo en el joven profesor, en sus piernas debajo del agua del lago al que iba a nadar, en sus brazos cuando hacía algo de ejercicio, en su abdomen plano y definido cuando se daba un baño en la ducha ... Snape no quería ser un enfermo, pero no se iba a negar a la tentación.

Solo quería disfrutar de aquel cuerpo, aunque solo fuera por una mirada extraña que incomodaba a su hombre, aunque solo fuera desde el otro extremo del castillo con un echizo que envenenaba su forma de ver el "amor"... Aunque si era por Sibeth, nada de eso le importaba.

Él lo amaba, amaba todo de Sibeth, hasta sus estúpidas mentiras.

"Tengo cosas que hacer ese día", era algo que el pelirrojo profesor usaba como excusa cuando era invitado a algún lugar pero Snape sabía que no, sabía que era su mentira más habitual, que de hecho "ese día" estaría tirado en el pasto o curando sus plantas, pero jamás tendría nada más importante que hacer.

Pero ese día algo cambio, Snape observo a Sibeth en las gradas de Slytherin en el campo de Quidich, el chico llevaba una bufanda del equipo, una soda de cristal en su mano y en la otra un banderín apoyando a la casa de Snape.

Curiosamente algo en el se calentó, le dirijo una sonrisa por primera vez y Sibeth lo notó, lo vió, no hizo nada raro, nada extraño, solo notó a Severus por primera vez.

Desde ese partido hubo miradas, comentarios, indirectas y encuentros casuales en los pasillos, pero no había casualidad en ninguno de ellos, Snape sabía todo de él, sabía que le gustaban las fresas y odiaba el melón, que amaba el frío pero odiaba el calor... Amoldaba todo, cada parte que de si mismo que sabía no le iba a gustar a Sibeth o que incluso podría llegar a odiar.

Preparo tan bien el encuentro, la cita, la cena, los temas de conversación y la comida que el joven profesor nunca lo notó, el sólo pensó que era algo del universo, que había algo único en ellos y eso habia estado sustentando todo por unos meses. Después fueron años hasta que se casaron.

Snape nunca le dijo nada, pero cuando Sibeth dejo de enseñar para estar en casa, el profesor de cabello largo seguía la vieja costumbre... Cuando tenía tiempo libre o cancelaba clases, iba a su habitación, a la antigua, se acostaba a murmurar el echizo y seguía a su hombre, a dónde fuera, con quién fuera, dónde estuviera... Era suyo, siempre iba a ser suyo.









Tenía esta idea, maybe algún otro día defina mejor en otro capítulo, pero por mientras estoy es lo que puedo ofrecer.




𝙃𝙖𝙧𝙧𝘺 𝘗𝘰𝙩𝙩𝘦𝘳 : ᵐᵃˡᵉʳᵉᵃᵈᵉʳ•Donde viven las historias. Descúbrelo ahora