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Escribía mi nombre en la ventana empañada del ómnibus, fantaseaba mi apellido cuando anunciaron una parada de diez minutos. El sol cálido y seco de Catriel se había convertido en una noche fría y sin estrellas sobre la ruta, no esperaba más para estar en pleno invierno.

La puerta se abrió, haciendo un necesario recambio de aire, me caló los huesos pero lo disfruté.No tuve el coraje de bajar, era un lugar desconocido, estaba sola, sin un abrigo adecuado, y lo admitía, el verdadero motivo era lo asustada que me encontraba, nunca había viajado más de algunos kilómetros sin mi madre y el coraje no era mi mayor virtud, no quería enfrentarme a la decisión de qué hacer si bajaba y el ómnibus retomaba el largo viaje sin mí, no me arriesgaría aunque mi estómago me rugía implorando un bocadillo, el miedo ya me había clavado al asiento. Tomé unos tragos de agua y me coloqué los auriculares, mi contextura pequeña y mi juvenil flexibilidad me permitieron enrollarme sujetando mis rodillas sobre el pecho para a mantener el calor corporal, la música comenzó a sonar suavemente. Había crecido escuchando aquellas dulces baladas, cerré los ojos y me dejé llevar, una fibra de mi ser se sintió en su hogar, sin embargo el destino de mi viaje se coló en mis pensamientos desatando una adrenalina que me tensó todos los músculos, apagué la música, cuanto menos pensara el asunto más sencillo sería enfrentar lo que vendría.

Los primeros rayos de sol me despertaron, el colectivo mantenía su marcha, el calor era sofocante. Miré a mi alrededor, los asientos estaban vacíos, éramos pocos los que viajábamos hasta tan lejos, la mayoría había bajado en las paradas de los pueblos.

Busqué inquieta mi mochila, el miedo volvió a invadir mi cuerpo hasta que la encontré debajo de mi asiento, donde se había deslizado.

El ayudante a bordo pasó ofreciendo las bandejas con el desayuno, me sorprendió la cantidad de pequeños envases que tenía, devoré las tostadas, untándole la mantequilla y el dulce, esperé ansiosa el vaso con café que trajo más tarde y comí con avidez las galletas que me quedaban. Sintiéndome más recuperada cuando el muchacho regresó a retirar la bandeja aproveché el momento y le pregunté cuánto faltaba para llegar a la ciudad.

—Dos horas para llegar a la terminal, según cómo se encuentre el tráfico en la entrada, hacemos dos paradas anteriores ¿Dónde tiene que bajar?—

—La terminal está bien, gracias— Respondí evasivamente.

Miré por la ventana, nos movíamos rápido, me sentí ansiosa, no tenía ni un lugar dónde realmente ir, solo esperaba encontrar el tour para las casas de celebridades, viajaría varias horas más hasta la zona exclusiva que los famosos preferían.

De pronto fui consciente que mi madre sin dudas ya se habría dado cuenta de mi falta, estaría en un ataque de nervios, por un momento me dio pena, busqué la mochila y la abrí.

Tenía una muda de ropa apretada, un cargador de celular, una fotografía vieja, mis humildes ahorros de dos años que solo me servirían para algo de comida y el boleto de vuelta, y en el fondo se encontraba mi viejo pero fiel celular, lo encendí y recibí un mensaje de Julia, mi mejor amiga.

—"Mell, no llames a mi nuevo número, unos hombre llegaron a casa preguntando por tu madre y por ti, tomaron el celular, no confío en ellos, llámame a éste" —

No necesité memorizar el número, el mensaje me lo enviaba desde su viejo teléfono.

—¿Mell?— La voz de Julia sonaba ansiosa.

—Hola Julia ¿Qué ha ocurrido? —

—Unos hombres llegaron hasta mi casa, al parecer primero fueron a la tuya pero no encontraron a nadie y alguien les dijo que éramos amigas, me preguntaron por ustedes, les dije que se fueron porque tu madre tenía una entrevista de trabajo en otro pueblo y que no sabía dónde—

Si supierasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora