Apreté mi mandíbula y guié hacia mi oreja con los dedos el pequeño mechón de pelo que tenía en la cara.
Me observé en el espejo de cuerpo completo, que reposaba tranquilamente en la entrada de mi casa. El vestido negro de manga francesa se ceñía perfectamente a mi cuerpo hasta la línea de la cintura, a partir de ahí caiga en vuelo hasta las rodillas. Era así de simple, pero así de bonito a la vez, porque en la simplicidad está la belleza. Pero era realmente una pena llevar ese bonito vestido en un día tan triste.
Suspiré y me puse el cárdigan negro de lana. Me observé por última vez en el espejo antes de subir a la habitación de Susan y ayudarla a vestirse. No me había maquillado ese día, porque sabía con certeza que iba a llorar hasta que me secara por dentro.
Una vez hube ayudado a mi madre, bajamos las escaleras abrazándonos los hombros, preparándonos ya para la terrible amenaza que se cernía sobre nosotras.
Mi madre ya hacía algunas semanas que había abandonado lleva pelucas, presumía de su enfermedad. Apreté su brazo. Hoy y siempre yo debería mantenerme fuerte por las dos.
Susan presumía de enfermedad, pero también de belleza. A ella nunca le habían gustado los vestidos, recuerdo que una vez me contó que ella quería casarse con pantalones, pero mi abuela le dijo que, o se casaba con vestido, o no se casaba, y hasta el día de hoy, esa sigue siendo la única vez que mi madre ha llevado vestido en su vida. Susan llevaba un mono negro, hasta los tobillos y de manga larga, con un escote que llegaba cuatro dedos por encima del pecho. Se había anudado un pañuelo negro en la cabeza y unos zapatos con un poco de tacón. Mi madre era realmente hermosa, y realmente había sufrido mucho.
Le abrí la puerta y la dejé pasar. Tomé la chaqueta de mi madre, que ella misma había olvidado en el perchero de la entrada, y cerré la puerta con llave. Me dí la vuelta y agité las llaves en mi mano.
— Yo conduzco.
Mi madre rió, mientras se acomodaba con cuidado en el asiento del copiloto.
— Siempre conduces tú.
Dominik nos observaba desde el umbral de la puerta de su casa. Sonreí y saludé —o me despedí, no lo sabía— de Boo, que se iba a romper un brazo si seguía agitando la mano con tanta fuerza.
(...)
Busqué asiento para mi madre y para mí, a la vez que saludaba a algunas personas.
« Que ironía, todos nosotros, estamos aquí, juntos, gracias a una separación ».
Después de que se sentase mi madre, decidí salir fuera durante unos momentos.
Me apoyé en la pared de la pequeña iglesia en medio del cementerio de la marina, y me agaché todo lo que mi vestido me lo permitió. Toqué el bolsillo de mi chaqueta, sintiendo un pequeño cilindro alargado en él. Saqué el cigarrillo de ahí y lo observé descansar en la palma de mi mano.
Había probado el tabaco una vez, hacía ya bastante tiempo. La verdad era que sabía horrible, era como fumarte a una rata de alcantarilla muerta y quemada, pero había acabado al completo aquel primer cigarrillo que tomé. Desde entonces no lo había vuelto a probar. La verdad, era que ni siquiera me acordaba de que allí estaba, pero sí recuerdo por qué lo había guardado. Yo era de esas personas que pensaban que levantarse de la cama por la mañana era todo un triunfo, y por eso lo había guardado allí. Porque mi madre se levantaba cada día, con una sonrisa, y a pesar de los miles de problemas que tenía o de los que podían surgirle durante el día, ella seguía siendo todo lo feliz que podía. Susan era todo lo feliz que la vida le permitía, y por eso ella era el triunfo y yo, levantarme de la cama. Cada día luchaba por y para mi madre, porque ella ya tenía muchos problemas y muy pocas soluciones. Yo no creía ni en la voluntad ni en la fuerza, yo creía en la sonrisa que ella me daba cada vez que la miraba.
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Tinta Peligrosa
Ficção AdolescenteFue como caerse en un precipicio sin fin. Una vez se halló allí metida, tan sólo rodeada de oscuridad, no se vio capaz de salir. Ella consideraba tener una vida normal antes de conocerle, una vida complicada, pero normal al fin y al cabo. Después ca...
