Capítulo 4

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Estoy en un lugar oscuro, sola. No tengo a nadie a mi alrededor, una luz blanca entra por una pequeña ventana, solo se ven las sombras. Alguien esta a lo lejos llamándome, su voz es cálida, dulce. A lo mejor quiere ayudarme a salir.

—Amanda, Amanda. Despierta o no nos dará tiempo de desayunar juntos—. Pestañeo un par de veces para adaptarme a la luz y me encuentro con esos ojos tan azules. Sonrío al verlo allí y el me mira de manera tierna. Se da la vuelta y abre las cortinas—. Buenos días dormilona, eres muy floja, ya el desayuno está listo. Vamos, arriba.

—Hola Sebas. Gracias por dejarme dormir plácidamente— hago un puchero—. Buenos días.

—Me tomé la atribución de agarrar algunas cosas de la nevera y preparar un desayuno. Espero no te moleste—. Me ve con ojos de perrito.

—Tranquilo, de no ser por ti, ni siquiera hubiera desayunado.

—¿Cómo así? ¿No desayunas por la mañana? ¿Estas loca? El desayuno es la comida más importante del día—. Me ve con preocupación.

—¿Siempre eres así de dramático? Desayuno en la universidad—. Le doy una mirada de niñita.

—Igual, el desayuno se come después de las 5 y antes de las 8 de la mañana, te puedes enfermar.

— Okay, okay. Lo tomaré en cuenta—.Y bueno, a lo mejor es por eso que no engordo, así que empezaré a desayunar temprano.

—Entonces vamos, antes de que se vaya la hora—. Sale del cuarto y menos mal lo hace porque suelo dormir desnuda.

Me visto, me cepillo y salgo a la cocina. Me esta esperando con la mesa ordenada de manera perfecta, el jugo de naranja en el centro, dos platos frente a frente, dos vasos delante de los platos, dos cubiertos y dos cuchillos.

—Veo que eres ordenado, eso es bueno—. Me siento a su lado y pruebo la comida— y cocinas muy bien también.

—Gracias— es lo único que dice.

Mientras comemos, hablamos de todo. Ahora se que tiene una hermana y un hermano, que es el mayor de los tres, que tiene 25 años, que está estudiando contaduría y que es muy bueno en los estudios, el mejor de su clase. Al parecer no quiere contarme mucho, pregunta más sobre mí que lo que responde de él.

No tengo nada que ocultar, tampoco me cuesta nada serle sincera a las personas, es un arma de doble filo pero he aprendido a utilizarla como don.

Nos levantamos y organizamos la mesa para empezar a acomodar su jeep negro. Luego de hacerlo, él se baña (siempre tiene una muda de ropa en su carro por si quiere huir en algún momento, según él). Yo hago lo mismo. El baño individual da con el baño de mi cuarto y mientras me baño lo escucho cantar. Me río de él lo suficientemente alto como para que me escuche.

—Que horrible cantas—. La verdad es que canta muy bien.

—¿Me... Me estabas escuchando? Que pena— se echa a reír.

—Si bueno, no cantas ni tan mal— cierro la llave y salgo de la ducha— Chao.

Me visto rápidamente y salgo. Me tropiezo con él en el pasillo y está... Solo con una toalla envuelta en sus caderas. Tiene el abdomen súper marcado y las gotas de agua que están salpicadas a lo largo y ancho de su cuerpo hace que luzca más fuerte. Pasa su mano por su cabello y Dios. Que lindo se ve.

—Ya te lo he repetido antes, si quieres puedo regalarte una foto— Me mira con una sonrisa creída.

—Tu podrás estar como quieras pero a mí me vale verga— es cierto, o algo así.

No soy suficienteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora