Ana y Nicolás son más parecidos de lo que ellos creen. A ambos les une un mismo sueño: poder ser ellos mismos y elejir su propio destino.
Acompañales en sus aventuras en esta historia de piratas y secretos familiares, tesoros enterrados y amores se...
Ana mira a esas chicas tan elegantes en la pista de baile.
Guillermo ha sacado a bailar a una chica delgada y pálida, vestida con un traje que casi la corta la respiración. El hijo del conde de Alle nunca la ha prestado demasiada atención, pero ahora de repente ese hecho le importa más que antes.
El anillo de compromiso le quema en el dedo. ¿El resto de su vida será así: ¿Mirar desde un rincón como él se divierte y, cómo los condes controlan su vida? ¿Realmente su destino es ser una figura decorativa más del salón? Los demás chicos no se acercan a ella porque saben que en cierto modo "le pertenece" a él. Si al menos Guillermo le hiciese un mínimo de caso... ¿Qué deben tener las demás que ella no tiene para que las prefiera? ¿Acaso la ve fea? Lo lógico sería que la sacase a bailar, o la pasease por el salón en sus conversaciones con otros inviados para mostrar un mínimo afecto por su persona. Sin embargo, no parece importarle evidenciar que se trata de un mero asunto económico y que ella no es más que un simple intercambio de divisas que puede dejar olvidado en un cajón una vez asegurado el dinero. Aburrida como se siente, su mente viaja lejos de allí.
Recuerdos de esa tarde pasan por su cabeza. Su imaginación vuela a esa playa secreta en el acantilado. Nicolás parece tan diferente de su prometido... O, tal vez, simplemente su camino se ha cruzado con el del más maleducado de toda la alta sociedad.
Guillermo se despide de su última pareja de baile y se acerca hasta Ana. Parece que por fin se ha dado cuenta de que está allí.
-¿Llevas evitándome toda la noche? -pregunta ella en un susurro.
-Oh Ana, no seas celosa. Dentro de poco seré solo para ti -sonríe él con malicia.
-Perdóname si lo dudo, Guillermo, pro no creo que quieras librarte de todas esas admiradoras.
Irritada Ana se separa de él dispuesta a marcharse a otro rincón de la sala donde nadie la moleste, no está dispuesta a dejarse humillar así. Pero él la agarra del brazo con fuerza reteniéndola contra su voluntad.
-Suéltame –le ordena intentando parecer segura-, me haces daño.
-Ana, no eres quien para dar lecciones. Sé muy bien que eres muy amiga de ese pescador. ¿Cómo se llamaba? ¿Daniel? -él clava sus uñas en el brazo desnudo de ella que intenta sostenerle la mirada sin que se le note el dolor en el rostro- No me importa que tengas amigos. Además, ese chico es útil, pues los pescadores siempre son los primeros en saber si hay piratas por la zona. Pero no olvides cuál es tu sitio, o me veré obligado a tomar cartas en el asunto. La gente habla, ¿sabes? Y ciertas habladurías es mejor que no tengan lugar.
-No tienes ningún derecho a amenazarme, ni siquiera estamos casados.
-Pareces olvidar que eres mi prometida –le recuerda él sin levantar la voz, pues no quiere llamar la atención de la gente-, dentro de pocos meses estaremos casados y, aún ahora, lo que digas o hagas también afecta a mi familia.
Tras unos segundos de sostenerse mutuamente la mirada, desafiantes, él libera su brazo enrojecido por la presión. Las marcas de las uñas destacan levemente sobre la piel irritada. Ana se masajea el brazo izquierdo en silencio. Ha bajado la mirada, no quiere que vea las lágrimas que amenazan por escaparse de sus ojos.
-Bailemos, esto es una fiesta –declara él tomándola de la mano y conduciéndola hasta la pista de baile-. Y, por favor, mira al frente, no olvides que la apariencia es lo que cuenta.
La joven obedece y se deja arrastrar por la música como la más obediente doncella. No quiere montar una escena en público. Pero, mientras mira al frente con una falsa sonrisa y gesto elegante, su mente se llena de pensamientos de falso alivio. Está segura de que, si Guillermo descubriese que tiene un nuevo amigo, no habría tierra ni mar suficiente para esconder a ambos de su ira.