Especial por el día de las madres

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La señora Cresta era una mujer encantadora. Desde el momento en que Annie nació quiso tenerla como una reina, lo que es raro, pues a ella la habían criado como una guerrera.

Cuando era pequeña, no tenía mucho dinero, pero se las arreglaba para conseguir comida con sus dos hermanos. Trabajaba quitando las espinas a los pescados para poder ayudar a sus padres. Ella nunca recibió una educación, pero aun así era muy inteligente.

Conoció al señor Cresta cuando tenía ocho años. No fue amor a primera vista, pero al cabo de algunos años hicieron 'click'. A la edad de dieciocho años ya estaban comprometidos. Los padres de la madre de Annie, los señores Fawley, eran muy celosos con su única hija mujer, y no querían que se casara o que el, en ese entonces, joven señor Cresta pretendiera a su hija, así que se veían en secreto.

Muy tarde, cuando los señores Fawley se habían dormido, el señor Cresta iba a buscarla y lanzaba piedritas a su ventana. No hablaban, sino que se comunicaban por notas que ella lanzaba y cosas que él le escribía en su cuaderno. Una de las tantas noches que la buscó, le escribió en una hoja del cuaderno:

«¿TE GUSTARÍA CASARTE CONMIGO?»

Ella lo leyó, arrancó una hoja de su cuaderno y escribió con letra fina su respuesta:

«SÍ»

Fue así como quedó sellada la unión. Se casaron en secreto en una pequeña ceremonia típica del distrito 4, en donde solo asistieron como invitados un hermano de ella y el mejor amigo de él. No empezaron su vida de casados hasta sino dos años después, cuando los señores Fawley botaron a su hija menor al enterarse de su embarazo.

Annie Cresta nació tres meses después en una pequeña casa que el señor Cresta había heredado de una tía. No era mucho, de hecho casi nada, pero tenían donde vivir. Ambos padres se esforzaron por dar una vida digna a su hija. La pequeña Annie se quedaba con su madre algunos días y otros con la madre del señor Cresta, quien era viuda y se dedicó a ayudar a la pareja hasta el día de su muerte.

Un par de años después, nació Susan y tuvieron que ajustar más los gastos. No llevaban la gran vida, pero estaba bien. Para ella, estando juntos, estaba perfecto.

Cuando Annie cumplió doce años, en la señora Cresta surgió el temor constante de que su hija sea elegida en los Juegos. Ella había perdido a uno de sus hermanos ahí y no quería pasar por lo mismo con su hija mayor. Miedo que se hizo realidad cuando Annie cumplió los quince años. Ver a su hija en la arena, sin ella poder hacer nada, destrozó a la señora Cresta. Fue fuerte por su esposo y por Susan, pero en las noches lloraba por su hija. Sin embargo, cuando logró sobrevivir, se olvidó de todo y la abrazó por un minuto entero cuando regresó.

Lo supo desde el primer momento en que los vio. Finnick Odiar amaba a su hija y ella lo amaba también. Vio en ellos el mismo brillo que tenían ella y su esposo cuando se conocieron. Finnick parecía un buen chico, y lo era, pero quería estar cien por ciento segura. Así que una tarde, cuando regresaba del trabajo, fue a la casa de Finnick. Él no estaba ahí. Era obvio, siempre estaba en su casa con Annie.

-Finnick- lo llamó una noche cuando su hija ya había subido a dormir- Ven un momento.

-¿Pasó algo, señora Cresta?- preguntó él acercándose a la cocina.

-Ven, siéntate ¿Quieres café?

Finnick le hizo caso y se sentó en la silla que estaba al frente. La señora Cresta le preparó el café en silencio.

Annie Cresta: Vida después de VencedoraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora