Reuniones y alianzas

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Finnick y yo bajamos por el ascensor hasta el primer piso, donde nos espera Zea. Ella también va vestida de gala y con su mejor peluca.

-Tú ya conoces el formalismo- dice Zea a Finnick- Entran, saludan, comen y se van.

-¿Y cómo los convencemos de que patrocinen a nuestros tributos?- pregunto.

-Querida- ríe- Ellos se convencen solos.

-Hay algo que tal vez no te haya explicado- dice Finnick mirando al piso.

-¿Qué pasó?- digo algo confundida.

-Verás- se aclara la garganta- La cosa es que para tener patrocinadores tienes que... ahm... coquetearles, por así decirlo.

-¿Por así decirlo?

-Es una manera de verlo.

-¿Y qué otra manera hay?

-Pues, no hay otra, solo coquetear- dice como arrepintiéndose de lo que dijo.

-Si quiero salvar a mi hermana tengo que coquetear con un viejo rico del Capitolio.

-Bueno, no todos son viejos...

-¡Asombroso! Eso arregla todo- le suelto.

-Lo lamento

-No, no, está bien. De hecho no te culpo a ti por no haberme dicho, tanto como me culpo a mí por no haberlo pensado sola. Era obvio que eso tenía que pasar.

Finnick no dice nada más. Él es buenísimo coqueteando ¡Claro que no tiene de qué preocuparse! En cambio yo ¿Qué voy a hacer ahí adentro? Estoy segura que el ridículo.

-Todo estará bien, lo prometo- dice Finnick dándome la mano.

-Eso espero- susurro.

-Tranquila- me besa la mano.

Le sonrío, aunque por dentro estoy jalándome de los cabellos. Aunque, como nos tienen amaestrados como animales, podría decir pelos. Me suelta al instante y toma distancia. Obvio, en el Capitolio apenas si somos amigos.

-No lo olvides- dice adoptando un tono serio que nunca había escuchado, ni en la fiesta del Capitolio- Hacemos esto por Susan.

-Está bien- respondo e intento adoptar el mismo tono serio. No me sale.

Llegamos a un edificio con paredes de espejo. Igual de alto que el que alberga a los tributos, aunque tiene trece pisos. Finnick me lanza una sonrisa cordial y vuelve a mirar al frente.

-Recuerda- dice Zea- Sonríe.

Le hago caso al instante y sonrío, aunque, seamos honestos, mis emociones son bastantes mezcladas en estos momentos. Dos avox del Capitolio abren la puerta y pasamos. Desde adentro se puede ver tranquilamente a la calle, como si fuese vidrio, lo cual parece imposible, porque desde afuera se ve como espejo. Típico del Capitolio, engañarnos.

-Muy bien, hemos llegado un minuto antes- sonríe Zea y subimos al ascensor- Les he conseguido una viuda rica y un joven huérfano que heredó toda la fortuna de sus padres ¿Listo?

-Sí, perfecto- dice Finnick.

-Supongo que está bien- intento dar el mejor de mis ánimos.

Hacemos esto por Susan. Me repito una y otra vez dentro de mi cabeza. Cuando llegamos al cuarto piso, bajamos. Hay un gran pasillo con solo una puerta de roble. Un avox la abre. Dentro hay un enorme salón con una mesa gigante llena de comida y con cinco sillas. Puedo contar por lo menos siete avox. Zea nos hace una seña para que pasemos y nos sentamos en las tres sillas del medio.

Annie Cresta: Vida después de VencedoraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora