Me perteneces

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—Aunque dejara de llover, hoy no saldremos de aquí —besó múltiples veces sus labios bajando hasta su cuello y repitiendo el acto—, a menos que quieras salir al bosque en la obscuridad.

Soltó una corta risa antes de volver a besar su cuello concentrándose en el tacto de sus labios sobre aquella piel que lo enloquecía por completo. Recorriendo su cuello mientras sus manos no dejaban de jugar con las piernas del menor.

—Y aún si la lluvia cesara y la obscuridad no llegara aún, no planeaba salir de que aquí por hoy —no se contuvo en apartar un poco la camisa que llevaba para recorrer su piel con sus besos hasta llegar a su pecho y lamerlo.

El sentir su lengua lo estremeció hasta el tuétano, haciendo que se aferrara con fuerza al mayor.

—En el bosque...— susurró entre leves jadeos—, eso me recuerda a una historia.

Soltó una pequeña risa antes de acariciar su cabello con suavidad mientras su otra mano acaricia lentamente su espalda.

—Incluso la taciturna noche y la impetuosa lluvia, quieren ser nuestros confidentes. Ellos nos esconden de todo y de todos, nos resguardan de los prejuicios.
Ambos esconden a dos amantes que sólo buscan demostrar su amor uniendo sus cuerpos hasta que la misma lujuria se apodere de ellos—guardó silencio por unos segundos—. Quiero que lo último que recuerde de este día ser haber hecho el amor, una y otra vez... Que sea mi piel que lo cuente, porque me encargaré que la tuya también lo haya.

Se acercó a su cuello y dio una leve mordida, chupando con algo de fuerza.

Detuvo sus movimientos formando una sonrisa.
Las palabras que el menor le susurraba provocaban que aquella sensación de emoción creciera más y más, al punto de estar al borde de una pasión provocada únicamente por sus palabras.

—Hasta verte dormir por el cansancio, mi querido alemán... —musitó antes de atacar una vez más su cuello. Dejó al chico de pie sobre el suelo y lo rodeó con sus brazos por su cadera para atraerlo más a él—. Si existes para mí, que más da lo demás, Anielka. El tiempo se llevará las marcas que hoy se hagan en nuestra piel, pero no las que se guardan en nuestros recuerdos; porque el día en el que nuestros corazones y mente se apaguen, lo único que importará será nuestra memoria.

Tomó el rostro de su amado entre sus manos, acariciando sus mejillas y besando sus labios sin demora. Ya nada los detendría.

—Permíteme amarte eternamente —en su tono de voz se notaba un ápice de sadismo, unido al enorme amor y lujuria que sentía por él. Los sonidos que se producían por la fricción de sus labios eran solo una pieza más en aquella orquesta romántica entre el furtivo amor de dos hombres.

Esbozó una suave sonrisa cómo respuesta a su palabra.

La cercanía de ambos cuerpos, su calor, aquel sabor, la suavidad de aquella piel, todo lo que hacía referencia a Isaäk, le encantaba.
Sus manos no dudaron en rodear aquel cuello mientras sus dedos jugueteaban un poco con el cabello del mayor.

Correspondió aquel beso, disfrutando de cada movimiento que hacían sus labios, totalmente sincronizados.

Una de sus manos bajaron a la cintura de este, acariciando lentamente mientras sus uñas buscaban rasgar levemente, dejando marcas en la memoria de aquella piel que tanto lo enloquecía hasta delirar.

—Isaäk, ¿Podrías decir mi nombre una vez más?—pidió en un pequeño canturreo antes de besar su mejilla, cerca de sus labios—. Quiero escuchar a esos suaves, cálidos y deliciosos labios llamarme.

Soltó una corta risa ante aquel pedido y asintió sonriendo. Pronunció su nombre completo en voz baja, con aquella mala pronunciación del alemán que lo caracterizaba.

—Anielka... —musitó nuevamente, ahora en su oído, mordiéndolo suavemente y lamiendo su lóbulo—. Oh, Anielka, quiero experimentar con tu cuerpo, pero esta vez no habrá nada de inyecciones ni frías camas metálicas en edificios tétricos. Esta vez tan solo quiero inundarte de placer hasta el alba, que tus piernas flaqueen pero con la seguridad de que yo estaré sosteniéndote... Anielka, quiero, en esta noche, tenerte aquí conmigo. Que el bosque completo se entere quien se está amando.

Dicho esto, comenzó a repartir besos en su cuello y pecho, encargándose de dejar algunas marcas y pronunciando el nombre de su amado de vez en cuando.

AnielkaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora