Frías memorias

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¿Recuerdos? Aquellos fragmentos de memoria que guardan los momentos más preciados dentro de cada corazón. Manteniendo alejado al dolor y la tristeza, guardando en cada recuerdo una pequeña esperanza de volver a ser feliz.

¡Vaya broma del destino! La vida no es tan justa como parece o tal vez, los hijos siempre terminan pagando los errores de sus padres. O simplemente, el amor estaba prohibido para ellos.

Aquella promesa de amor que aquellos corazones se juraron, se perdió en aquellos recuerdos que ahora se volvieron en polvo ante la partida de uno. Sí tan solo su verdugo lograra recordar... Sí tan solo supiera lo inmensamente feliz que fue su víctima en todo ese tiempo dónde su mente quiso regalarle un mundo falso dónde por primera vez fue feliz junto a quién amaba.

Debemos regresar un poco el tiempo, exactamente hace ocho años. Era un cruel invierno que cubría el verde del parque, las frías calles de la vieja Berlín estaban decoradas con carteles de alerta hacia la población, recién iniciaba la guerra germano-inglesa.

Conocerse no fue una casualidad extraña del destino, bueno, sus padres pertenecían al ejército alemán, más bien eran altos mandos del mismo. Eso lo llevó a crecer casi juntos, a pesar de una diferencia abismal de edad, parecían hermanos.

Ellos eran: Isaäk y Anielka contra el mundo... Al menos en sus aventuras imaginarias.

La belleza que poseía Anielka era inconmensurable, aquellos cabellos rojizos que bailaban con el viento, en un acto de rebeldía mientras corría sin detenerse por aquellos campos cubiertos de nieve, logrando hundir sus pequeños pies mientras aquellos ojos azules llenos de vidas se iluminaron al ver al dueño de sus más grandes alegrías, a su héroe, a la persona que amaba. Isaäk era todo eso para Anielka.

Un joven de dieciocho años de cabellos negro cómo la misma noche y unos ojos avellana que parecían achinarse por aquella sonrisa que sus labios dibujaron al ver al pequeño Anielka, que con solo diez años parecía poseer la fuerza de un ejército completo.

Isaäk ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, cuando lo notó ya estaba en el suelo con aquel pequeño sobre él, abrazándolo con todas sus fuerzas.

—Eres un pequeño travieso —el mayor soltó una carcajada, abrazándolo con todas sus fuerzas —. Había llegado a pensar que no vendrías.

— ¡Claro que vendría! Necesitaba verte —una pequeña voz salió de aquel pequeño cuerpo mientras restregaba sus mejillas con el abrigo de Isaäk —, ¿Puedes ayudarme en secreto?

Los ojos de Isaäk buscaron inmediatamente los del pequeño Anielka antes de reincorporarse, cargándolo entre sus brazos. Soltó un pesado suspiro y mientras miraba a ambos lados, empezó a caminar hacia el pequeño lago que había cerca de ahí, por el clima, estaba cubierto con una capa de hielo pero aún así, era hermoso ver los pequeños peces nadando bajo ellos.
Al llegar, lo bajó y se sentó en borde del río, junto al pequeño, tomando su mano con fuerza, que a pesar de tener guantes parecía fría.

— ¿En qué puedo ayudar a tan apuesto caballero? —Dijo en un tono de solemnidad antes de besar su pequeña mano—, ¿Por fin vas a decirme por qué llorabas el otro día?

Las pecosas mejillas de Anielka se ruborizaron ante aquello e inútilmente intentó cubrir su rostro con sus manos, deseando que por nada del mundo le hubiera mostrado esa vergonzosa expresión pero, rompió en llanto antes de que pudiera notarlo.
Sus lágrimas no podían dejar de salir, sentía que el mundo entero estaba sobre él y quería huir, huir de todo lo que lo lastimaba.

— Quiero estar lejos de papá, ya no quiero que él me toque, no quiero jugar más con él... —Quitó sus manos del rostro y lo observaba con miedo antes de caer sobre sus rodillas, tomando las manos de Isaäk con fuerza —. Quiero irme contigo muy lejos... No importa donde, solo quiero irme contigo.

Isaäk no lo miró, mantenía su miraba fija al lago, su ceño fruncido denotaba su molestia y aunque Anielka lo sabía, no quería irse aunque supiera que eso significaría un rechazo.

Al no tener respuesta, los ojos de Anielka se llenaron de lágrimas y soltó lentamente las manos de Isaäk y se levantó con cuidado mientras quitaba la nieve de su ropa.
Sabía que, a pesar del buen corazón de Isaäk, nunca aceptaría a alguien sucio como él, alguien que había sido manchado de esa forma.

— Olvida lo que dije, era broma —la frágil voz de Anielka murmuró aquello mientras daba pequeños pasos hacia atrás—. Iré a casa... Adiós.

— ¡No irás a ningún lado! —La voz iracunda de Isaäk hizo llorar a Anielka de nuevo —. No volverás ahí... Iremos a Norwich.

Isaäk tomó las manos de Anielka con fuerza y se arrodilló frente a él, sonriéndole con suavidad. Secó sus lágrimas con suavidad mientras acariciaba aquellas rosadas mejillas llenas de pecas.

— En una semana iré a Norwich con mi madre, tenemos una cabaña en el bosque, casi nadie la conoce. Ahí nos vamos a esconder, ¿Vale? Tendrás que ir antes, hoy mismo sí es posible. No quiero que tu padre vuelva a tocar a mi futuro esposo.

—Yo no quiero ser tu esposo —respondió tajante—. Yo quiero ser la esposa de Isaäk.

Anielka abrazó con fuerza al mayor, escondiendo su rostro en el cuello de este mientras trataba de tranquilizarse pero la risa de Isaäk solo lo puso más nervioso.

— Entonces, deberás usar un hermoso vestido en nuestra boda. Eso sería muy lindo, ¿No crees?

El menor solo se aferró con fuerza, tratando de esconder su vergüenza al tener una mente tan curiosa y tratar de imaginarse con un vestido, casándose con su amado y siendo felices, sueños de un niño.
Aquello no le permitió observar la expresión de enojo al imaginar las barbaridades que cometía aquel animal que se hacía llamar "su padre", solo abrazó con fuerza al pequeño, brindándole seguridad y calor.

— Norwich es mi lugar favorito, allá también es invierno así que lleva ropa abrigada. Hoy en la noche, pasaré por ti para ayudarte a escapar, un amigo te llevará hasta Norwich, irás dentro de una caja que llevará nuestras cosas, procura no hacer ruido, será un viaje largo pero, nos volveremos a ver, allá nadie va a lastimarte y cuando seas mayor de edad, al cumplir los dieciocho, nos casaremos aunque el mundo se oponga, ¿Entendiste?

— Entendí... Haré todo para estar junto a ti otra vez —una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Anielka, antes de separarse y tomar el rostro de Isaäk entre sus manos — ¿Comeremos comida inglesa juntos? ¿También iremos en tren? ¿Iremos a esos bares de personas grandes? ¿Siempre tomarás mi mano?

— Haremos todo eso y muchas cosas más, haremos todo lo que gustes y comeremos brownies y té, en Inglaterra beben el té en la tarde, puré de papas y todo eso. Viajaremos siempre en tren para que veas sus hermosos paisajes hasta que lleguemos a Canadá y vivamos juntos como esposos —dijo con total emoción antes de besar las pequeñas manos de Anielka—. Nunca soltaré tu mano, nunca más te haré llorar, solo haré que sonrías. El día en que te lastime... ¿Prometes matarme?

La mirada de Anielka se entristeció mientras llevaba sus manos a su espalda, jugando levemente con sus dedos antes de besar la mejilla de Isaäk, cruzando levemente estos.

—Está bien, lo prometo.

Isaäk sabía que metía pero aún así, no dijo nada al respecto, esbozó una suave sonrisa antes de besar con delicadeza los suaves y cálidos labios de Anielka por primera vez.

— Ahora, estaremos juntos para siempre, ¿sí? Volvamos a casa, debemos arreglar todo para nuestra fuga.

Tomados de la mano es como aquellos recuerdos carcomen la memoria sin pena alguna. Aquella memoria que no permitió que los adioses hicieran su trabajo.

Ahora son esas memorias las que descansan en aquel débil corazón que dejó de luchar.

Son aquellos recuerdos los que están asesinando al verdugo sin contemplación alguna mientras completa a su amado por última vez antes de apretar el gatillo de aquella arma que guardaba en el escritorio.
Solo bastó un sonido sordo en aquella habitación para que los dueños de aquellos recuerdos vuelvan a reunirse, buscando una última oportunidad de ser felices. 

AnielkaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora