17: barcelonart

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Ara y yo habíamos decidido irnos a Barcelona. Bueno, en realidad lo había decidido ella, ya que el viernes abrí la puerta de mi casa y me la encontré con una maleta a su lado. No me pregunten cómo, pero había conseguido ahorrar lo suficiente como para pagar ambos viajes con su trabajo en la cafetería. Por un momento me sentí mal, pero decidí que en el viaje pagaría yo todo lo demás, ella no tenía la mejor situación económica y no quería que gastara tanto en mí. Pero reconozco que fue un gran detalle.

Llegamos a un albergue en el que convivíamos con seis personas más en la misma habitación, compartiendo un mismo baño. Cuando lo vi casi me dio un vahído, pero con el tiempo me di cuenta de que no estaba tan mal. A pesar de ser un albergue cristiano este era muy liberal; sólo con decir que a la noche nos sentábamos en las escaleras de la entrada fumando porros con más gente del albergue se puede imaginar hasta qué nivel.

Hicimos montones de amigos en ese albergue: Tony, el chino que hacía más ruido al comer que al hablar (en serio, siempre que veíamos que se iba a comer a la cocina del albergue lo seguíamos y nos quedábamos viendo como comía, porque eso era un espectáculo); Luís, un estudiante de historia que se hospedaba allí hasta que encontrara un piso, y que pasaba la maría para costearse el hospedaje; por no decir nada de Camila, una colombiana que cada noche tenía una gran historia sobre su país que contarnos. 

A penas dormíamos en ese albergue, nos quedábamos charlando con nuestros nuevos amigos, riéndonos, bromeando entre nosotros como si nos conociéramos de toda la vida. Nos reuníamos a medianoche en la recepción del hotel, todos en pijama y jugando a las cartas. Estábamos tan como en casa que Ara hasta bajaba descalza muchas veces.

En cambio por el día nos centrábamos en ella y yo, visitando todo lo habido y por haber: obviamente, lo primero que fuimos a ver fue la sagrada familia. Ahí fue cuando me enteré de que Ara también había hecho un curso de historia del arte antes de empezar filosofía, y ya ni hacía falta que leyéramos los bocetos de información sobre la catedral: Ara me lo iba recitando a medida que caminábamos, metiendo alguna anécdota que lo hacía todo mucho más interesante.

Ese día caminamos por las ramplas, comimos en el puerto y fuimos en el peor viaje en barco que podrías imaginar, ya que nos dio una vuelta por el puerto y volvimos, sólo viendo barcos y basura dejada por estos. Pero no fue un problema, ya que nos pasamos todo el camino metiéndonos mano y besándonos, rodeados de los demás pasajeros.

Esa misma noche visitamos la fuente de colores de Montjuic, a las ocho de la tarde, justo cuando comenzaba el espectáculo. Fue precioso, no sólo la fuente, sino ver a Ara, y ver los colores del agua reflejados en sus ojos, las arrugas a ambos lados de ellos. Estaba disfrutando como una enana y yo sólo de verla así sentía una gran satisfacción, como si en ese momento estuviera completo.

Al día siguiente fuimos al parque Güell, y puedo segurar que no era un gran seguidor de arte, pero eso era una gran obra maestra. Cada centímetro decorado con colores vivos, con esencias que te hacían introducirte completamente en el lugar. Hacerlo tuyo.

Llegamos a unos asientos de sillares de mármoles y Ara corrió hacia ellos y se subió encima. Yo le saqué una foto, con el fondo tan bonito que había. Pero de repente llegó un gran señor de seguridad y la mandó bajar, lo hizo de mala gana y nos sentamos a contemplar las vistas. Entonces ella cogió el móvil y empezó a sacarme fotos, mientras que yo intentaba taparme y ella me reñía y reía.

De repente vi otra vez al señor que se acercaba cabreado a nosotros, miré a Ara y tenía los pies encima del banco, rápidamente se los aparté y ella bufó.

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