Me acerco a la biblioteca deshojando una margarita imaginaria. Estará, no estará, estará, no estará. Sonrío a Pilar. Estoy sudando. Subo las escaleras de dos en dos, de lo nerviosa que estoy. Apoyo la mano en la puerta de cristal, anticipando la emoción devolver a verle. Pero cuando hago acopio de valor para mirar, descubro que él no está allí. Se me escapa un hondo suspiro, mezcla de tristeza y también de alivio, y varias personas me dedican una mirada de reproche. No me esfuerzo en disculparme. Les cojo antipatía por la estúpida razón de que ellos están allí y el Lector no. Me dispongo a estudiar, intento fijar mi atención en los papeles, pero resulta inútil. Cada frase se cae por el precipicio en mi mente, donde solo hay espacio para un pensamiento, para una palabra. Los párrafos quedan perdidos, dando vueltas por mi cabeza, y su sentido revolotea, como pájaros en una jaula demasiado pequeña, sin que yo me decida a atraparlos y a fijarlos en mi memoria. Tomo aire profundamente, intento pensar solo en lo que hay delante de mis ojos. Para reforzar mi propósito, hago esquemas, como siempre. Folios blancos, la tinta azul para las letras, el rojo para el subrayado y el verde para tirar flechas entre unos conceptos y otros. El hecho de escribir y dibujar me tranquiliza por unos instantes, hasta que oigo unos pasos que se acercan. El corazón delator se acelera de nuevo, latiendo con tanta violencia como si en vez de estar en silencio en la sala de estudio estuviera en una discoteca, rodeada de cuerpos que bailan e iluminada por luces estroboscópicas. Levanto la vista: es un funcionario que viene a colocarlos libros en las estanterías de la sección juvenil. Lo hace tantas veces al día que ya ha perdido toda intención de ser sigiloso. Esta falsa alarma me ha dejado cansadísima y agitada. He perdido toda esperanza de estudiar en estas condiciones. Y la imagen de la silla vacía vuelve a golpearme de nuevo. Por un instante deseo que no venga más, no volver a ver le nunca, porque no me gusta sentirme así. Ya tengo en mi vida muchas cosas que me hacen sentir débil, no necesito una más... ni aunque sea la única que pueda hacerme olvidar dónde estoy, cómo me llamo, mis limitaciones o los malos ratos que paso en el instituto. Me siento confusa; no sé si amo la obsesión o si la detesto. Cierro mi cuaderno, cierro mi libro, guardo los bolígrafos en el estuche y me dispongo a marcharme. Pero cuando me levanto, veo una sombra al otro lado de la puerta de cristal. Es él. Me siento con toda la naturalidad de la que soy capaz y abro de nuevo el cuaderno y el libro, dejo aun lado el estuche y me fijo con atención en las palabras impresas en el texto de Historia de España, como si me importaran algo. No me atrevo a mirar si se sienta, si lo hace frente a mí, si pasa de largo o si repara en mi presencia. Ahora mismo me siento como si estuvieran disparando cohetes en mi interior, y puedo notar que me estoy poniendo roja por momentos. Me arde la cara. Escribo palabras aleatorias para disimular mientras escucho. Los pasos de alguien se acercan a mi mesa. Alguien arrastra una silla. Por fin una mancha oscura entra en la parte superior de mi campo visual. Está sentado frente a mí. Ha sucedido lo que tanto he deseado, lo que tantas veces he visualizado, y ahora me siento paralizada ante su presencia, no sé qué hacer.
De repente me entran ganas de morir me y desaparecer, de ser transparente. Me gustaría ser uno de los pétalos de un diente de león que se deshace en el aire, y que el viento va transportando por todas partes. Solo espero que él no pueda oír lo rápido que me late el pecho, ni que perciba que mi respiración es agitada y agónica. Ahora quisiera que se fuera por donde entró, que todo esto jamás hubiera ocurrido. Pero un impulso me hace mirar hacia donde está él, como quien sube a una montaña y no puede resistir la tentación de mirar hacia abajo, por mucho que el vértigo le dé ganas de tirarse hacia el abismo. Le miro, miro sus ojos azules, y él me mira, sin timidez, con decisión. Una corriente eléctrica me sacude desde los tobillos hasta las sienes. Sus ojos se detienen en los míos con tanta firmeza que casi se me olvida el mundo; da la impresión de que va a decir algo porque nadie mira así.
En un segundo que se ensancha en el tiempo, veo pequeñas motitas marrones en el iris azul, mientras noto cómo me hipnotizan las dos pupilas, que sostienen las mías como dos alfileres. Cualquiera que nos viera pensaría que estamos jugando a ojos de lobo, pero no sé cuáles el juego. No aguanto más y bajo la vista, pero él sigue mirándome, puedo notar su mirada clavada en mi cara, y ya no entiendo nada ni creo poder aguantar mucho más esta situación.—¿Cómo te llamas? —le oigo decir, en un susurro. —Laura. Vuelvo a mirarle. Se hace otro silencio. —Yo soy Alexei. Recibimos algunas miradas acusadoras de las mesas contiguas. Me gustaría decirle algo, pero no se me ocurre nada que no sea torpe o inadecuado. — ¿Ya has terminado Cumbres borrascosas? —me pregunta. —Lo he leído muchas veces... lo estaba revisando para un trabajo —contesto, lo más bajito que puedo. Sonríe, y su cara se ilumina. —Qué cabrón, Heathcliff. —Sí. Un mal bicho —respondo, y ambos nos reímos un poco. Una chica en la mesa de al lado nos chista. Alexei le hace un gesto de perdón se levanta de la mesa. Le veo salir dela sala. Ha dejado un jersey negro en la butaca, así que supongo que va a volver. La chica que nos ha pedido silencio me ve mirar el jersey, y me siento desnuda, estoy convencida de que puede leer mis pensamientos y adivinar mi turbación. Por fin, él regresa con el libro que estaba leyendo la última vez que le vi, Música para camaleones, y sea cerca a la mesa. Se sienta de nuevo frente a mí, me dedica otra sonrisa y supone a leer tranquilamente. Finjo que sigo haciendo esquemas de historia cuando en realidad tengo puestos todos mis sentidos en percibir cómo va pasando las páginas, cómo cambia de postura en la silla, cómo su mirada recorre los renglones de izquierda a derecha. Y creo que con esto me bastaría, que no necesitaría más. Pasa una hora así, quizá hora y media. El día está cayendo en el parque del Retiro y la chica que nos ha pedido silencio recoge se marcha sin decir nada. Estamos a solas. Me gustaría que él dijera algo, pero parece muy concentrado en su lectura. Quizá lo mejor sería marcharme sin más. Además, tengo que llegar a mi casa a cenar a las nueve, y ya es tarde. También podría quedarme aquí hasta que cierren, esperando una nueva palabra suya, revelando lo patética queso. Opto por lo primero y apilo mis pertenencias. — ¿Te vas ya? —pregunta el con naturalidad, y sin esperar respuesta añade—: Me marcho contigo. Me parece imposible que esto esté pasando de verdad. Me dan ganas de gritar de alegría, pero en cambio tengo que mostrar una cara de indiferencia y me cuesta un montón. Salimos en silencio, mientras en el mostrador de la entrada van apagando los ordenadores y recogiendo los carritos, ahora vacíos, que emplean para colocar los libros. Cruzamos la puerta, y un golpe de aire frío refresca mi piel. — ¿Hacia dónde vas? —me pregunta. En vez de hablar, señalo una dirección, porque sé que si hablo se me quebrará lavo. —Te acompaño un poco. Echamos a caminar. Se oye el tráfico distante de Menéndez Pelayo, y los pasos en la tierra, y en medio de los dos, el silencio. — Cumbres borrascosas es estupenda, pero tiene demasiados giros para mi gusto. Es como una orquesta que no sabe cuándo tocar el último «tachan». ¿No te parece?—A mí me gusta mucho —respondo, mientras lamento no haber nacido más elocuente. —Yo soy más de Jane Eyre —confirma él—. Jane es una auténtica superviviente. Yo le miro y sonrío, él me devuelve la sonrisa, y ante nosotros se alza la puerta de salida de Sainz de Baranda. —Y ahora, ¿hacia dónde vas?—Hacia abajo. Él mira más allá, como si la ciudad fuera un inmenso jardín que le perteneciera. —Entonces supongo que ya nos veremos. Hasta luego, Laura. Se marcha y yo sigo caminando sin volverme, aunque me muero de ganas. Espero unos segundos para no ser descubierta y negro. Él es una mancha oscura que sube por la calleO'Donnell. —Alexei —digo su nombre en voz alta, como si se me fuera a olvidar, como sino fuera girar como un satélite a mí alrededor toda la noche.
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ANOCHECE EN LOS PARQUES - ANGELA ARMERO
Teen FictionLa vida de Laura no es fácil. Cuando su hermano murió súbitamente dos años atrás, su mundo se hizo añicos. Entonces empezaron las visitas al psicólogo, las píldoras, la sobre protección de sus padres y, lo peor de todo, el bullying en la escuela. Si...