El joven escritor se despertó cerca de las diez de la mañana. Decidió salir a correr mientras esperaba que se hiciera el mediodía para ir a averiguar cuáles eran los libros que Amelia necesitaba para sus estudios. No quería correr el riesgo de encontrársela y que descubriera lo que estaba haciendo.
Se tomó su tiempo para prepararse a salir, y cuando recorrió los corredores de los salones donde su vecina tomaba clases, se la imaginó caminando por aquellos lugares lo que lo mantuvo con una sonrisa en el rostro. No le costó nada conseguir la información que buscaba, con el horario de Amelia en sus manos, pudo hacerse pasar por un estudiante interesado en estudiar ahí y logró obtener los datos que había ido a buscar.
Luego volvió a recorrer varias librerías buscando los textos que quería y algo más, regresó a su casa silenciosamente para no ser escuchado por su vecina. Al entrar realizó el mismo proceso que hizo el día anterior con los libros de estadística para simular un uso frecuente.
Tomó una ducha intranquilo al pensar que Amelia estaba en su apartamento, controlando el deseo de ir a tocar su puerta, quería verla, pero se recordó a sí mismo que debía ser paciente, prudente. Salió de nuevo con la lista de los ingredientes y fue al mejor lugar de la zona para comprar comestibles, le dio el papel al encargado donde había agregado algunos alimentos más dejando dinero extra para que le llevaran directamente las compras a su vecina. Seguidamente decidió ir al gimnasio para matar el tiempo, una buena sesión de ejercicios le permitiría drenar toda la energía que luchaba por liberarse, controlarse en frente de Amelia requería más esfuerzo de lo que se había imaginado al principio, las ganas de hacerla suya lo mantenían al filo de un precipicio por el cual estaba desesperado por caer.
Mientras flexionaba sus músculos al levantar pesas, los ojos de su vecina llegaron a su mente. A pesar de las líneas de temor e inseguridad que los rodeaban, sus iris siempre brillaban reflejando la pureza de su alma. Sus cabellos lacios le recordaban el caer de una cascada sobre su espalda, de alguna manera le transmitían paz.
Amelia era hermosa y no lo sabía, valía mucho y no se lo creía. Le producía malestar el descubrir eso, que ella no estaba consciente de lo extraordinaria que era.
Verla era un placer, escucharla era música para sus oídos, ella era un ser celestial que había aparecido en su vida para mejorarla y no tenía ni la más remota idea del poder que tenía sobre él. Haría lo que fuera por verla feliz, por hacerla sonreír porque su sonrisa iluminaba la monotonía y el aburrimiento que, sin buscarlo ni quererlo, estaba dominando su vida.
Pensar en su sonrisa le hizo recordar sus labios provocativos y carnosos, los deseaba besar hasta el cansancio si ella se lo permitía.
Ahí estaba el meollo del asunto, quería conquistarla siempre y cuando ella quisiera ser conquistada.
Algo en su interior le decía que no le era indiferente, que ella también se sentía atraída hacia él. No sería tan arrogante como para suponer que al mismo nivel, pero sabía que había una chispa entre ellos que podía convertirse en una hoguera incandescente.
Y él la quería tal y como era, tímida, inteligente e independiente, no cambiaría absolutamente nada de su personalidad, así se había fijado en ella. No tenía intenciones de que fuera algo distinto a lo que deseaba ser. Quería ayudarla, por supuesto, porque contaba con las posibilidades y porque no podía sacudirse ese deseo de asistirla para que cumpliera todos sus sueños.
Deseaba que se lo permitiera, y con ese pensamiento regresó a casa.
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Vecinos (COMPLETO)
RomanceÉl era escritor, ella estudiante. Él estaba fascinado con ella, ella se negaba a ser herida de nuevo por un hombre. Él quería conquistarla, ella se negaba a ser conquistada... ¿podrá Orlando ganarse la confianza de Amelia? Quizás el destino los quis...
