Capítulo XVIII

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Orlando llegó completamente entusiasmado a la suite, también desesperado por hablar con Amelia para relatarle todo lo que ocurrió durante el transcurso de la tarde; y a pesar de que le insistieron para que asistieran a una fiesta esa misma noche, él se mantuvo firme alegando que se encontraba demasiado cansado para salir, lo cual era una mentira, se encontraba tan emocionado que hubiera podido correr un maratón, pero además de que su novia -obviamente-, no estaba interesada en las fiestas ofrecidas, él sólo deseaba estar con ella y nadie más.

Al entrar a la habitación principal, le dio curiosidad la luz tenue que provenía del cuarto de baño, y al asomarse, se sorprendió por aquel recibimiento: había decenas de velas encendidas por todos lados, la bañera estaba casi llena y era acompañada por un pequeño chorro de agua que mantenía un flujo que permitía que el líquido se mantuviera caliente. Una aromática espuma la recubría junto con una gran cantidad de pétalos de rosa que también se encontraban esparcidos por el suelo formando una alfombra desde la tina a la puerta.

Se preguntó dónde se encontraba su mujer, y suspiró extasiado al ver su exquisita figura recostada en la cama, las ganas de introducirse en ella lo sobrecogieron, se maravilló que sin importar cuan excitante era todo lo que le estaba ocurriendo en aquel viaje, no existía una sensación más placentera que encontrarse entre las piernas de Amelia. En toda su vida no había nada que superara la felicidad que le otorgaba hacerla suya una y otra vez.

Sigilosamente se acercó a ella, se colocó de rodillas al lado de la cama para no asustarla y delicadamente acarició su rostro con la yema de sus dedos. Amelia tenía su rostro un poco hinchado, ¿había llorado? ¿Por qué? No era posible, seguramente era porque llevaba toda la tarde durmiendo. Cuidadosamente se inclinó para rozar sus labios con los de ella, lo cual provocó que su novia abriera los ojos.

—Hola —saludó él con una sonrisa.

—Hola —replicó de la misma manera.

—Me encanta lo que hiciste en el baño.

—¿Qué? —preguntó Amelia confundida. Entonces recordó la visita de la mujer con la camarera, y mientras le confesaba a Orlando que ella no había hecho nada, y le contaba que no había entendido qué fueron a hacer, se dirigió hacia allí deteniéndose en seco en el umbral de la puerta donde exclamó—: ¡Guao!

Orlando se acercó a su novia por detrás, y apoyando una de las manos en su cintura, comenzó a besar su delicado cuello mientras sutilmente la desvestía.

Amelia sonrió ocultando la tristeza de sus ojos.

Sí, era cierto que estaba segura de que su relación con Orlando iba a terminar inevitablemente, pero también era cierto que ella no era tan tonta, aprovecharía el tiempo que le quedaba con su novio, lo disfrutaría al máximo.

Cuando estuvo completamente desnuda, permitió que el escritor le diera la vuelta y luego fue ella quien comenzó el proceso de desvestirlo a él.

Se besaron por un largo rato de manera suave e intensa, su amor no conocía fronteras, crecía y se expandía con cada caricia, con cada suspiro, con cada manifestación del placer que sentían al estar entre los brazos del otro. Con las puntas de sus dedos recorrieron cada centímetro de piel, deseando más y más cada vez.

Amelia haló el brazo de Orlando para invitarlo a introducirse en la bañera, él se dejó guiar sin poner resistencia. Cuando estuvo acostado bajo el agua, su novia se acostó sobre él colocando su espalda sobre el pecho duro del escritor. Luego tomó aquellas talentosas manos y las invitó a acariciar sus senos mientras ella mecía sus caderas para acariciar el miembro duro y deseoso de su novio con la abertura de su trasero.

Se tomaron su tiempo, no había apuro, solo la necesidad de saborear el momento, de deleitarse con el cuerpo del otro, con su piel, con sus gemidos de satisfacción. Quizás pasaron minutos, quizás pasaron horas, pero cuando Orlando sentó a Amelia a horcajadas sobre él para penetrarla a profundidad, las palabras llegaron a sus labios sin ningún tipo de obstáculo:

—Te amo —susurró Orlando.

Amelia contuvo el aliento sintiéndose llena de él, tanto entre sus piernas como a nivel emocional. Ella también lo amaba, como a nadie, como nunca, lo sabía desde hacía un tiempo ya, sus palabras también llegaron a sus labios sin ningún raciocinio detrás de ellas:

—Más que a mi vida.

—¿Tú también me amas? —dudó Orlando.

—Más que a mi vida —repitió Amelia devorando la boca de su novio con la suya.

Orlando no cabía dentro de sí mismo debido a la felicidad que lo estaba haciendo crecer y crecer, sintiéndose inmensamente realizado y feliz, agradeciendo todas las bendiciones que estaba recibiendo en su vida. No solo profesionalmente, sino también personalmente. No le hacía falta más nada.

Hicieron el amor varias veces esa noche, en la tina, en la cama, en el suelo, contra la ventana mientras Orlando repetía una y otra vez que la amaba y ella respondía: «Más que a mi vida».

Al escritor le costó mucho separarse de Amelia al día siguiente, intentó convencerla de que lo acompañara, pero ella se negó rotundamente. Mientras Orlando se reunió con las otras dos productoras, su novia caminó por los alrededores del hotel sin fijarse mucho en las atracciones de las adyacencias, se sentía como flotando sobre una nube, decidida a ser feliz con Orlando hasta que todo acabara. Estaba convencida de que no conocería a nadie como él y que la experiencia de ser amada de esa manera no se repetiría nunca.

Al caer la noche, Amelia esperó pacientemente a que Orlando regresara de sus reuniones. Él entró como un torbellino a besarla apasionadamente mientras le relataba las maravillosas ofertas que había recibido, al final le comentó sobre la mejor de ellas, no solamente era la más lucrativa, sino que además tendría opinión y voto creativo sobre el desarrollo de la película, y adicionalmente, contenía la promesa de que luego del éxito de esa cinta tenían la intención de lanzar a la pantalla el resto de sus manuscritos.

Cuando el escritor sintió que Amelia aprobaba la selección de la oferta que más le atraía, a pesar de que ella actuó de tal manera para que la decisión fuera absolutamente de él, Alexander coordinó con la agencia para que se firmara el contrato en las próximas semanas luego de que los respectivos abogados estuvieran de acuerdo.

Orlando dio por sentado que su novia lo acompañaríapara la firma y cierre del trato, aunque ella supuso que era probable que, paraese momento, él ya se hubiera dado cuenta de que no tenía cabida en su mundo.

Vecinos (COMPLETO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora