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Aquel regalo guardado para los que desean detenerse 3.52 minutos a disfrutar su canción favorita. Una vez más estaba caminando a casa, con una canción en la mente, su voz había llegado a un par de esa bella tonada interpretada por uno de los artistas más carismáticos junto a él. Sus ojos azules hicieron brotar una sonrisa de mis labios.

Esa era mi cuarta noche caminando sola por las frías calles de la cuidad, era la cuarta noche pensando en si el adorable señor Presley estaba en casa cuando de la hermosa Priscilla y lo que estaba creciendo dentro de ella. No había estado muy enterada sobre el asunto del bebé en sus vidas, pero tampoco estaba segura de querer leer cada artículo relacionado con el maravilloso embarazo, estaba intentando mantenerme alejada por mi propia seguridad.

En esos días sentí mi vida más vacía de lo normal, Aaron había llegado para mover un poco mi mundo y hora no estaba segura de poder volver a verlo, cuando estaba reflejada en sus ojos me sería bonita, única, de alguna manera toda esa inseguridad había quedado atrás con ese color celeste, ahora se había esfumado.

Cuando la puerta de cristal se encontraba frente a mí adivine cuál iba a ser la rutina de esa noche, un par de copas no estarían para terminar el día. Volví a extrañar esa vida de niña mimada, esas veces en las cuales podía llegar a una boutique señalando lo que deseaba o pasar horas en los probadores mirando la misma blusa en distintos colores, extrañaba ir a nadar los fines de semana a casa de esas pretenciosas chicas a quienes solía llamar amigas, extrañaba todas las miradas de los chicos sobre mí y los cumplidos a como me veía, la Línea de esos tiempos estaba enterrada bajo 20 mil dólares y necesitaba mantenerla frente en alto mientras trabajaba para poder sacar de esa montaña de dinero.

Las puertas de mi edificio se abrieron y la primera cosa que note fue el enorme ramo de rosas rojas en el recibidor.

—Buenas noches, señorita Williams —el portero no era el mismo de siempre—. Han dejado estás rosas para usted.

—Gracias —tomé el ramo entre mis manos buscando una tarjeta en mi camino al elevador, luego del éxito no obtenido tuve que ejecutar una maniobra para abrir la puerta de mi departamento con todas esas rosas bloqueando mi visión, una vez me encontré dentro fui directo a la cocina buscando el lugar perfecto dejar todas esas rosas luego de ponerlas en agua tome una botella de vino nueva y comencé a buscar el sacacorchos.

Eran si acaso las 10 de la noche, y mi paciencia para esas horas del día ya era nula, me desespere llevando la botella a la sala de estar y justo cuando estaba por irme a la cama encontré el saca corchos, en la mano firme de alguien no tan desconocido.

— ¿Se te perdió? —pronunció con media sonrisa entre sus labios.

—Hola —casi pude adivinar el color de mi cara mientras lo observaba ahí de manera tan casual con los dos primero botones de su camisa abiertos—... ¿Cómo entraste?

— ¿Eso de que el dinero mueve al mundo? Es algo cierto.

—Vaya.

Apenas podía creer estar mirando sus ojos azules a media luz con la espalda recargada en la pared. El conocido Elvis Presley o Aaron para mí, estaba ahí en la sala de mi departamento, mirándome con una media sonrisa.

— ¿No dirás nada mas?

—Estoy sorprendida.

—Ya lo veo.

La tesitura de su voz era lenta y pausada, a un ritmo alucinante de alguna manera.

—Allanaste mi casa y tienes un sacacorchos en la mano, cualquier chica estaría alarmada en mi posición.

—Tú y la mitad del mundo saben quien soy.

—En realidad no.

—Oye, no te veo hace cuatro días, sin embargo tu primer argumento al verme aquí es "allanaste mi casa" —agregó comillas a la frase citada—. No hay besos, no hay un te extrañé, auch.

—Lo siento.

—Iniciemos de nuevo por favor. Hola, Marie.

—Hola, Aaron —dejó la pared acercándose a mí con tranquilidad—. ¿Cómo has estado?

—Bien, trabajando.

—Yo te he extrañando, pienso en ti a menudo.

El estomago se me lleno de mariposas al escucharlo en eso momentos, me atreví a suspirar en cuanto se encontró frente a mí, tomó la botella de vino entre sus manos abriéndola con facilidad.

— ¿Has pensado en mí?

—...S-sí.

—Me agrada esa respuesta —bebió directo de la botella. Cuando volvió a mirarme supe a la perfección sus intenciones.

—Espera —me atreví a susurrar cuando sus labios se encontraban a milímetros de los míos—, primero deberíamos hablar de cómo será esto.

— ¿En serio? Porque yo estoy dispuesto a escuchar sobre eso luego de besarte.

—No, luego de ese beso seguirá otro, no vamos a poder hablar mucho, prefiero arreglar esto primero, por favor.

—De acuerdo.

Había pensasen como sería ese momento, había planeado a detalle ese momento, pero ahora me encontraba frente a él con algo parecido a un acuerdo de arrendamiento, con reglas y restricciones de nuestra relación.

—Esto no va a durar más que esos nueve meses.

— ¿Cómo?

—Estás engañando a tu esposa, ella está embarazada y en cuanto mires la cara de tu hijo o hija vas a sentir tanto amor... Esa personita merece una vida feliz con su padre y su madre juntos, si tú no estás dispuesto a estar con ella entonces no será por mí.

Se quedó en silencio por un par de minutos antes de asentir.

—Está bien, ¿Algo más?

—Citas de noche, no sé cómo hiciste para cambiar al portero pero me agrada, si el portero no está entonces es mejor porque mis padres no sabrán sobre esto. Y no sentimientos.

— ¿No puedo sentir placer?

Fruncí los labios en señal de desaprobación.

—De acuerdo, lo siento. Citas de noche y sin el porteros.

—Gracias.

— ¿Ya puedo besarte?

—Sí.

Sus labios se pegaron a los míos, me sorprendió haber podido pasar todo ese tiempo sin estar respirando su aliento, sin sentir su lengua acariciando mi boca sin reserva, estaba mal, estábamos engañando, pero se sentía tan bien que no me preocupe mucho hasta sentir su mano bajo mi blusa.

Ojos azulesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora