Capítulo 11

405 40 6
                                        

No pude alcanzar la salvación. Me tropecé en el mismo camino.
¿Dónde estaba mi querido? Mis ojos se perdieron en la oscuridad y mi mente se resbaló en la inquietud.

                                      ...

Reconocible era el olor de la muerte. El fuego salpicaba el ambiente, dándole un aspecto del infierno desatado en la tierra. La tranquilidad fue cortada por un filo, sin necesidad de brusquedad; la destrucción definida totalmente.

Sus ojos temblaban y su alma cruzaba descalza el camino hacia la solución. La grieta en su garganta se hacía más profunda, llena de frustración e incertidumbre. Los latidos de su corazón se escuchaban como tambores presagiando la fatalidad. Sentía que el pecho se aplastaba y quemaba como sangre hirviendo.

—Esta pesadilla, ¿cuándo va a terminar?— preguntó para ella misma, siendo espectadora del escenario tétrico de Londres.

Eleonora se hallaba visualizando desde un pequeño hueco en su escondite. Seras procuró no alarmar a la joven en cuanto la dejara allí, segura pero sola. Según la draculina, regresar a la mansión implicaría la muerte segura para ambas. La chica sin duda era un ángel caído. Un ángel marchitado en un mundo ruin y convertida por un demonio corrupto de antaño. Ahora se dirigía a auxiliar al capitán Bernadotte y a los gansos. ¿Cómo iría todo por allá? ¿Qué sería de Integra, su hermana incondicional? Incluso se preocupaba por aquel conde, temido e indomable ante sus enemigos.

Quería ayudar, ser de utilidad. No consentía que los demás pusieran el peligro su bienestar, sólo para proteger el de ella. Dio un suspiro sonoro y cargado de abatimiento.

                                      *

Su cabello dorado se encontraba alborotado, sucio y dando la impresión que la pelea fue más que salvaje. Logró herirlo, él desplegó una sonrisa desvergonzada. Se puso de pie y le proyectó una mirada enigmática y de admiración.

—No hay duda del porqué estás al cargo de Hellsing, Integra— reconoció, extrayendo el filo de la espada; incrustada en su hombro.

—Mi deber y prioridad, siempre ha sido ser una digna líder de mi organización. Por la honra de mi familia, por mi orgullo y el bienestar de Inglaterra y la reina. Al igual que Iscariote lo hace por el Vaticano. Pero no veo honor alguno en tus acciones, Maxwell.— apuntó, encaminando su convicción con la de su contrario.

—Ya comprendo porqué ese vampiro está embelesado por ti. Su candente reina no viva. Es una envidia que cualquier noble quisiera tener en sus manos.

La dama de hierro fue víctima de un rubor en sus facciones bellas y finas. Alucard, ¿qué sería de él? De su amado conde, su siervo de diez años, aquel que le mostró una ruta que pocos aventurados se atrevían a cruzar. Una ruta que le hacía comprender el trato y buena estadía entre humanos y monstruos. Sin embargó, ella no consideraba al nosferatu una bestia chupa sangre solamente. No, no. Resguardaba un misterio más allá de los conocimientos.

—Lamento si te rompe el cráneo una vez que te encuentre, será más piadoso si huyes ahora— contestó.

—Oh, no esperaba que tú y el hereje fueran tan misericordiosos. Creo que debo tomarlo en cuenta, ¿no es cierto?—bufó.

Integra rió, cansada y enfadada por la situación que le impedía irse de ese repulsivo lugar. Razón por la cual tuvo que darle una lucha a su enemigo.

—Dime, Enrico. ¿Esto te llena de felicidad o algo así?— aproximó sus pasos hacia él— Al igual que Millenium, eres un lunático, amante de la destrucción. ¿Eso te satisface de algún modo mórbido?

© El plan maestroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora