RUMBO A LONDRES.

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-Mañana salimos a Londres Candy ¿irás conmigo?

-Por supuesto que quiero ir contigo, pero, pensé que me registraría primero en una escuela...

-Si lo hacemos así lo más probable es que tengas que quedarte, dime si así lo quieres y podremos viajar en otra ocasión. Si deseas acompañarme tal vez tardemos de dos a tres meses en volver a América.

-¡Llévame contigo!

-Perderás mucho tiempo pero... está bien Candy, ya te lo había prometido.

-¡Gracias Albert!

-Gracias a ti por acompañarme.

A la mañana siguiente muy temprano Dorothy despertó a Candy.

-Buen día Candy, despierta que se te hace tarde.

-Otro ratito más Dorothy por favor, sólo diez minutitos ¿si?

-Por mí no hay problema Candy, pero el señor William ya casi está listo y el coche ya los espera para llevarlos a la estación de tren.

-¡Dorothy! ¡Voy a Londres!

-Sí Candy, ¡apresúrate!

Candy se vistió rápidamente. Dorothy ajustó el corsé y acomodaba su cabello en un chongo elevado. Su vestido, botines y sombrero la hacían ver como una muñequita de porcelana.

Era esa niña poseedora de una belleza y gracia muy pocas veces vista.

-¡Espere! ¡Señorita Candyyy!

Candy bajó corriendo las escaleras sin hacer caso a Dorothy y casi al final de la escalera tropezó, aunque pudo sostenerse del grueso barandal de mármol, se llevó un golpe en su mentón y en un brazo.

Albert ya estaba abajo esperando por ella para ir a tomar un ligero desayuno cuando escuchó el golpe y Dorothy tras ella preguntando:

-¿Se ha lastimado señorita Candy? ¿Se encuentra bien?

Albert vio en el suelo a Candy y Dorothy ya la ayudaba a levantarse, corrió hacia ella y la tomó en brazos para llevarla a un sofá.

-¡Candy! ¿qué pasó? Gracias Dorothy, yo me encargo...

Dorothy los dejó a solas. La amable mucama quedó fascinada con la imagen del señor William corriendo hacia Candy y levantándole en sus brazos para ayudarla... "Si existe un príncipe de cuento de hadas, debe ser como el joven William... qué apuesto, qué caballero, qué gentil, qué afortunada Candy" -pensó Dorothy con una sonrisa.

-Estoy bien Albert, sólo me llevé un golpe en el rostro y en el brazo...

-Pequeña, déjame revisarte.

Candy tenía muy cerca el rostro de Albert, pudo apreciar en su totalidad sus hermosos ojos azules con vetas verde turquesa, sus atractivos rasgos masculinos, sus gruesos labios moviéndose al hablar, su respiración y su suave y dulzón aliento mientras hablaba cerca de su rostro examinando el golpe. Su perfume era el mismo, pero por alguna razón esta vez olía más bien. Sus fuertes y gruesas manos tocaban con suma delicadeza su ruborizada piel.

De pronto, con una preciosa sonrisa Albert la miró.

-¿Candy qué pasa? Estás del color de un tomate...

Candy, apenada bajó su rostro y quitó con sus manos la mano de Albert.

-Perdona, no quise molestarte...

ENSÉÑAME.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora