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El fuerte viento del este empujó a la noche sobre el Etana. Dentro del refugio, Maestros y Discípulas se disponían a cenar. Los hombres habían pasado la tarde revisando y separando una increíble cantidad de equipo de escalada que sacaran de una cava diminuta bajo el suelo de un rincón.

Mientras preparaban la comida, las muchachas conversaban en voz baja.

—Cruzaremos el Kahara los seis juntos —explicó Lune—. Es más seguro.

Las otras dos asintieron. Seis era el número de integrantes ideal para esa travesía, ya que les permitía formar células de a dos o de a tres según avanzaran por roca o por hielo.

—¿Han hallado signos de las demás? —inquirió Vania.

Andria meneó la cabeza.

—Mi Maestro dice que las Maestras prefieren la Pared Oeste —dijo Lune—. No creo que volvamos a verlas hasta el otoño, cuando regresemos.

—Confío en que estarán bien —murmuró Vania.

Lune miró a los hombres fugazmente y se volvió hacia Andria. —Parece accesible. ¿Cómo se llevan?

Andria comprendió que se refería a Vega. —Al principio no fue fácil.

La expresión de sus hermanas le indicó que el proceso había sido difícil para las tres por igual.

—Por fortuna eso quedó atrás —dijo Lune.

— ¿Se entienden bien? —preguntó Vania.

Lune rió por lo bajo. —Lo nuestro es una guerra, abierta y declarada. Desde que descubrió que me gustan las cosas simples, directas, se las ingenia para enredarlo todo hasta sacarme de quicio. Dice que así se asegura de que aprendo las lecciones. En ocasiones resulta divertido. Pero no se dejen engañar por sus maneras. Tras su aspecto despreocupado oculta una gran sabiduría. Sólo le gusta disfrazarse de charlatán.

Andria no pudo evitar preguntarse cómo definiría su relación con Vega. Había advertido la cálida inflexión en la voz de su hermana al hablar de Yed. Lune lo respetaba, y lo que era más, sentía un sincero afecto por él.

Vania había fruncido el ceño, sin hallar demasiado sentido a lo que dijera Lune. Ella siempre ha sido más... más solemne que el resto de nosotras, pensó Andria. Tal vez se debía a su historia familiar: Príncipes Imperiales desterrados siglos atrás de su mundo natal, criando en el exilio a las nuevas generaciones, a la espera de que la violenta guerra civil que asolaba su Sistema les permitiera recuperar su lugar. Una Princesa Imperial... Vania III de Delta Cygni... Le costaba imaginar a su hermana sentada a un trono planetario.

Entonces cayó en la cuenta de cuánto se ajustaba el temperamento de los Maestros al de sus Discípulas y lo comentó en voz alta.

—La Regente sabe lo que hace —respondió Lune.

No podía haber dicho otra cosa. Uno siempre responde desde sus genes, y para Lune, la Regente es nuestro Comandante.

—¿Lo sabe o lo sabía? —terció Vania—. Al fin y al cabo los conocimos años atrás.

Andria se tomó un momento para pensarlo. —Imagino que fue una proyección. En ese momento planteó una hipótesis que no podría confirmar hasta ahora, porque ni siquiera era posible predecir si llegaríamos hasta esta Etapa Final.

—¿Lo ven? Sabía y sabe lo que hace —dijo Lune, satisfecha.

Vieron que los Maestros volvían a guardar el equipo y callaron, atendiendo a la comida. Yed apareció de la nada a inclinarse por encima del hombro de Lune y husmear el contenido de la olla.

Andria notó que descansaba ambas manos en los brazos de su hermana con naturalidad.

—¿Una oferta de paz? —preguntó, y se volvió hacia las otras dos muchachas—. Hoy casi me abandona en el fondo de una grieta en el glaciar.

Lune entornó los ojos, resoplando. —Exagerado —gruñó, haciendo reír a Vania.

Andria se apartó de ellos para preparar la mesa. Vega y Lesath estudiaban un holo del Kahara cerca de la alacena donde estaban platos y cubiertos. La proyección mostraba la parte superior de la montaña, del Etana a la cima. Ambos observaban con atención una rimaya donde el glaciar bordeaba la pared oriental del pico.

—¿Cuán actual es esto? —preguntó Lesath, rodeando la proyección para verla desde distintos ángulos.

—Una semana.

Andria notó la mueca de disgusto de Lesath. Un paso tras él, Vega se cruzó de brazos pacientemente.

— Estamos en época de avalanchas, hermano. Esta rimaya puede haber cambiado por completo en una semana —se quejó Lesath—. Esto no es un picnic junto al Río.

Andria repartió la vajilla en la mesa y cortó varias rodajas del pan que horneara Vania. Lesath comenzó a decir algo más, pero Yed lo interrumpió apagando el holo con un manotazo muy propio de Lune.

—¿Acaso el invierno te ha escarchado? —se burló.

—Tiene razón con lo de las avalanchas —terció Vega muy serio.

—¡Se trata del Kahara, por la Estrella! —gruñó Lesath.

—No creo que debamos preocuparnos. Al fin y al cabo, sólo arriesgaremos la vida, ¿no?

Andria se les acercó. —La cena está servida, Maestros —dijo con tono respetuoso.

Yed palmeó la espalda de Lesath, señalando la mesa. —Ven a probar los guisados infernales de mi Discípula. Tras el segundo plato podrías escalar el Invisible sin relevos.

La risa suave de Vega obligó a Lesath a sonreír y asentir.

Yed siguió bromeando durante la cena. Era la voz cantante de la conversación. Lune y Vania reían con él, mientras Vega intercalaba algún que otro comentario. Los otros dos se limitaban a escuchar. Yed intentaba todo el tiempo enredar a Lesath en sus humoradas, pero el otro Maestro respondía invariablemente con monosílabos, utilizando su distante gravedad como escudo. Sin embargo, Andria se daba cuenta de que no había ninguna animosidad entre ellos. Ésa era su manera habitual de comunicarse.

De pronto Yed se volvió hacia ella. —¿Y tú, muchacha? ¿Eres siempre tan locuaz?

Andria sostuvo su mirada mientras masticaba. No estaba muy segura de que responder como deseaba no tendría consecuencias. A su izquierda, Vega había asumido un fingido aire distraído. Al otro lado de la mesa, Lesath la estudiaba desde lo alto de sus ojos verdes. Entonces vio el signo de Lune: "¡Respóndele!"

Deglutió y esbozó una sonrisa dócil. —No, Maestro —dijo con suavidad—. A veces también guardo silencio.

Lesath estalló en carcajadas. A su lado, Yed se mostró sorprendido por un instante y luego rió de buena gana con los demás. Señaló a Vega con un dedo acusador, pero Vega alzó las manos, desligándose de toda responsabilidad. Yed enfrentó a Andria con expresión complacida y miró otra vez a Vega.

—Estás templando una bonita daga, hermano.

Las Hijas de SyndrahHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora