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En la mañana descendieron al valle al pie del Ventoso y Vega la guió a una pequeña caverna, donde montaron la tienda. Al mediodía dejaron el campamento para dirigirse a un ojo de agua que no se había congelado. Allí se asearon y renovaron su provisión de agua. Viendo que Vega se quitaba el manto y la casaca, Andria buscó infructuosamente un lugar reparado para lavarse. Al fin se sentó en una roca de la orilla, de espaldas al Maestro, y se resignó a esperar que él terminara y se marchara para poder desvestirse.

Se había abstraído contemplando las cumbres cuando creyó percibir que Vega se aproximaba a ella. Saltó sobre sus pies, en guardia. El Maestro no estaba allí. Cuando quiso girar, sintió que una mano se cerraba en torno a su cuello desde atrás. Andria se liberó con un certero codazo y giró en redondo. Su otra mano se alzó con los dedos extendidos para detenerse bajo la mandíbula de Vega.

—Casi —dijo.

Un pie de Vega trabó el suyo, enlazando y doblando su pierna. Cayeron los dos. Andria sintió que aprisionaba sus manos, tentó en vano un puntapié. Un momento después se hallaba por segunda vez de espaldas en la nieve, con él encima de ella, impidiéndole cualquier movimiento.

—Casi no es nada. Ni victoria ni derrota —replicó Vega con suavidad.

Andria se revolvió iracunda. ¿Cuándo acabaría ese hombre de burlarse de ella? ¿Por qué se empeñaba en humillarla a cada paso?

—Nunca detengas un golpe. Si fuera un golpe mortal y el combate es una práctica, dosifica la fuerza aplicada. Pero nunca vuelvas a detenerlo como acabas de hacer.

Andria vació sus pulmones con un fuerte suspiro, aunque acechaba la más pequeña oportunidad para revertir aquella vergonzosa situación.

—Si te sirve saberlo, hubieras podido derrotarme. Aprendes rápido.

—Gracias, Maestro —gruñó ella.

Vega rió, meneando la cabeza. —Haz a un lado tu enfado y presta atención. Hay algo importante que debes tener siempre presente en cualquier tipo de confrontación: el sexo de tu oponente.

Andria frunció el ceño, curiosa. —¿El sexo de mi oponente? —repitió.

—Exacto. La violencia hunde sus raíces en la sexualidad, tanto en sus causas como en sus efectos. Tú has aprendido a medirte con mujeres, tus iguales, pero no puedes encarar una confrontación con un hombre como lo harías con otra mujer. —Vega alivió un poco la presión que ejercía sobre ella con su propio cuerpo, mas aún la tenía bajo su control—. Una confrontación hombre-mujer pone en juego un sinfín de implicancias sexuales. No importa tu actitud, el hombre sentirá amenazada su virilidad y hará lo posible por reafirmarla.

Andria entornó los ojos, asimilando sus palabras. —Debo ser capaz de evaluar con acierto hasta dónde está dispuesto a llegar mi oponente. —Interesante, pero bien podríamos discutirlo té por medio junto a la fogata del campamento.

Vega no respondió. En cambio, sujetó ambas manos de Andria con la diestra, mostrándole su mano izquierda libre antes de llevarla primero al cuello de la muchacha, y luego a la cadera. Sintió que Andria se envaraba y arqueó las cejas.

—Sólo estás entorpeciéndote a ti misma. Me estás dando ventaja sobre ti.

Andria sintió la mano deslizarse más allá de su cadera y resolvió que no le interesaba averiguar cuán lejos era capaz de llegar su Maestro. Contrajo sus músculos y se estiró cuan larga era. Logró liberar sus manos, el resto fue sencillo. Se puso de pie de un salto y adoptó una guardia defensiva, agitada.

Vega se incorporó, enfrentándola con una seriedad inusual. —En el tiempo que tardaste en reaccionar... —Volvió a menear la cabeza—. La mujer que enfrenta a un varón siempre se expone a mucho más que secuelas psicológicas de una agresión verbal. El sexo es un arma de doble filo, y cuando lo conjugas con violencia puede resultar letal.

Sabiendo que Andria no bajaría la guardia mientras él estuviera ahí, Vega se alejó a buscar su casaca y su manto. La muchacha se enjugó el sudor del rostro, pensando en lo que el Maestro había intentado mostrarle. No recordaba que ninguna de sus Maestras lo hubiera mencionado jamás. Las habían adiestrado en los métodos más sutiles, enseñándoles a usar en su provecho la tradicional fragilidad atribuida a la mujer. "En el tiempo que tardaste en reaccionar..." Un escalofrío corrió por su espalda al ver regresar a Vega con su andar seguro, lleno de aplomo masculino. ¿Por qué había tenido que ser un varón quien la enfrentara con una cuestión tan importante?

Vega captó un destello en sus ojos y se detuvo a pocos pasos. Ella rehusó mirarlo.

—Soy tu Maestro —dijo, su voz desprovista de toda intencionalidad.

—Eres un hombre —siseó ella, como si le arrancaran las palabras.

—Soy ambas cosas.

Se apartó de ella, encaminándose de regreso al campamento. La rabia de Andria indicaba que el proceso seguía desarrollándose según lo previsto. Sabía que esas tres breves frases volverían a ser pronunciadas. Su significado variaría, y también quién diría cada una. Era una cuerda tensándose sin prisa ni pausa entre ellos. Cada cosa ocupará su justo lugar a su tiempo.

Las Hijas de SyndrahHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora