El eco del trueno aún retumbaba cuando la voz de Zeus se quebró con un rugido de furia y dolor.
El aire se volvió pesado, denso, casi imposible de respirar. Todos los dioses sabían lo que había sucedido, aunque ninguno se atrevía a pronunciarlo. Hera, la Reina del Olimpo, había desaparecido.
Ares cayó de rodillas junto a los restos del trono de su madre. La armadura de guerra que siempre lo cubría, símbolo de su orgullo y poder, parecía ahora una jaula que le pesaba demasiado. Golpeó el suelo con los puños, una y otra vez, hasta que el mármol se resquebrajó bajo su fuerza.
—¡No puede ser! —gritó—. ¡No puede estar muerta! ¡Ella es la Reina, mi madre... mi madre! - Afrodita, sin palabras, se arrodilló a su lado. La diosa del amor lo tomó entre sus brazos, sus manos temblorosas acariciando su cabello como quien intenta calmar a un niño perdido. Las lágrimas rodaban por su rostro, no solo por la pérdida de Hera, sino por el dolor ajeno que se desbordaba en Ares.
—Ares... basta —susurró con ternura, su voz quebrada—. No puedes traerla de vuelta.
Zeus cerró los ojos por un instante, y en la penumbra de su mente surgió un recuerdo que aún podía iluminarlo desde lo más profundo. Recordó el día en que Ares había nacido, un momento suspendido en la eternidad como un tesoro que nada ni nadie podría empañar.
El Olimpo estaba en calma ese día, una calma que parecía abrazarlo todo. La luz del amanecer caía sobre los jardines sagrados, y el rocío brillaba como diamantes sobre las hojas de los laureles y los lirios. Hera, su esposa, su reina, estaba allí a su lado, radiante y serena, con la cara iluminada por una sonrisa que ni los siglos ni las tragedias podrían borrar.
Cuando vio a su hijo por primera vez, Zeus sintió un calor que le llenaba todo el pecho, un fuego distinto al de los rayos o las tormentas que controlaba: era un fuego suave, cálido, que le enseñaba lo que significaba amar sin medida. Ares era pequeño, frágil y perfecto, con la piel brillante como el primer rayo de sol y los ojos abiertos, mirando al mundo con la curiosidad de quien apenas empieza a descubrirlo.
Zeus tomó al niño entre sus brazos, y por un momento, el universo entero pareció detenerse. Sintió que el tiempo no tenía importancia, que el pasado y el futuro podían esperar, y que solo existía ese instante: su hijo, su amor, la risa de Hera que llenaba cada rincón de la sala con una música más dulce que cualquier sinfonía divina.
Hera se inclinó hacia Ares, y juntos lo observaron. Sus dedos tocaron suavemente la piel del niño, sus manos se entrelazaron sobre su pequeño cuerpo, y Zeus comprendió algo que hasta entonces le había sido esquivo: la eternidad podía ser hermosa, pero la felicidad verdadera era efímera y estaba hecha de instantes tan simples y perfectos como ese.
El olor del incienso flotaba en el aire, mezclado con la fragancia de las flores recién florecidas. El canto de los pájaros se escuchaba incluso dentro del palacio, como si la naturaleza misma celebrara la llegada de Ares. Zeus se inclinó y susurró palabras de promesa que aún resonaban en su memoria: "Seré tu protector, siempre. Nada te hará daño mientras yo esté contigo. Y tú... traerás luz al mundo."
Hera sonrió, y Zeus la observó con una devoción que no conocía límites. Por un instante, nada parecía poder oscurecer ese amor, nada podía entrar a perturbar la paz que los rodeaba. Incluso el futuro, con todas sus traiciones y tormentos, se sentía distante, como si ese instante fuera un refugio inviolable.
Se recostó en aquel recuerdo, dejando que la felicidad lo inundara, como si su corazón pudiera expandirse hasta llenar todo el Olimpo. La risa de Ares, el calor de Hera, la certeza de que juntos podían sostener el mundo... nada, absolutamente nada, podría salir mal.
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Aura Divina
FanfictionEs bien sabido que la vida de un Caballero de Bronce, comprometido en la defensa de Athena, es una empresa ardua y desafiante. Sin embargo, la historia de Seiya de Pegaso guarda un enigma aún más profundo, uno que permanece oculto en las sombras y q...
