El Caos en el Olimpo

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El festín por el regreso de Dionisio aún resonaba en los pasillos de mármol del Olimpo. Risas, cánticos y el sonido de copas doradas chocando llenaban el aire como una sinfonía sagrada. Ahora en tan sólo unos minuto se había desarrollado el reencuentro con su padre quien resultaba ser el caballero De Pegaso Seiya, descubrían la tradición de Athena y la tenían en estos momentos prisionera a punto de ser trasladada al Olimpo para recibir un juicio divino, su rey se había movido de inmediato sin esperar la resolución de los demás Olimpos en búsqueda de algo que resultó ser Dionicio a quien habían dado como muerto quien reencarno en mortal después de que destruyeran su cetro divino.

Pero algo, una corriente fría e invisible, comenzó a deslizarse entre los dioses, apagando poco a poco la alegría, nadie sabía qué era esta sensación que empezaba a embargarlos a todos como una repentina sensación de vacío que los embargaba. Ares volteaba a todos lados intentando localizar a su madre, pero no la veía por ningún lugar desde la última ocasión que la miro tan triste no la había vuelto a ver y ahora con esa sensación de terror recorriéndolo casi sale de la sala para buscarla, pero se detuvo en seco, todos lo sintieron.

Una presencia faltaba. Una esencia poderosa se había desvanecido.

Hestia fue la primera en comprender su significado. Mientras el fuego del gran salón ardía con un tono vacilante, sus ojos se alzaron hacia el trono de Hera. Vacío. Un temblor recorrió su pecho. Nunca antes el fuego del hogar había titubeado de manera tan poderosa, ni siquiera en aquellos días donde Zeus estaba desaparecido y Dionisio estaba muerto.

Zeus... —susurró con voz entrecortada, mirando al rey de los dioses que, ajeno aún, sonreía mientras levantaba a Dionisio en su forma de niño aun entre sus brazos, no quería arruinar el ambiente, pero esta sensación tan dolorosa le advertía nates de que fuera tarde.

Pero entonces, un estruendo estremeció los cimientos del palacio.

El trono de Hera, tallado en oro y coronado con gemas del amanecer, se resquebrajó con un crujido agudo, como si la misma eternidad se partiera en dos. Una luz dorada brotó del asiento vacío, y luego... nada. Solo el eco hueco del silencio absoluto.

Zeus se giró, su mirada llena de incredulidad, que Estaba pasando acababa de llegar quería reconciliarse con su esposa y de repente su trono se destruía Eso era imposible ni siquiera cuando él desapareció su trono se partió solo se había atenuado su brillo en esos años.

—¿Qué es esto? —rugió, su voz retumbando como trueno, su mente antes mortal aun no podía relacionar la situación aparentaba estar bien pero su mente era un caos de milenios de reencarnaciones y su vida como dios, estaba tardando en ordenar esa información en este cuerpo.

Los dioses dejaron caer sus copas. La música se desmoronó.

Ares fue el primero en correr hacia el trono destruido. Sus ojos, normalmente llenos de fuego y orgullo, se abrieron con espanto.

Madre... —susurró, extendiendo una mano temblorosa sobre los fragmentos dorados—. Madre... ¿Dónde estás?

El aura divina de Hera, aquella presencia serena y poderosa que había envuelto al Olimpo por milenios, ya no existía. Se había disipado. Ni los vientos de Eolo ni las visiones de Apolo podían encontrar su rastro, todo se encontraba en completo silencio antes de que Zeus se tocara el pecho y sintiera como se rompía su lazo por matrimonio con su esposa.

Afrodita, con su voz temblorosa, murmuró —No puede ser... Una diosa no desaparece. No sin dejar huella... ella estaba justo aquí hace un momento

Pero Hestia sabía la verdad que no se atrevía a decir: una diosa sí podía hacerlo... si renunciaba a su divinidad.

Zeus cayó de rodillas. Su mirada se perdió en el vacío, su respiración pesada, cada momento abrazaba con más fuerza abrazaba a Dionisio quería que todo esto se calmara no tenía ni un día sin problema tras otro, creía que ya todo estaba bien había recuperado a su hijo volvía a hacer ser el Dios de los dioses y de repente sintió como se rompía el lazo con su esposa aquel que ni siquiera en sus reencarnaciones se había roto.

Aura DivinaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora