Luz de Luna

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Ya pasaron una hora, y sigo hablando con Ebe, ella está muy animada en comparación a como comenzamos esta conversación, la veo más relajada y aparentemente está bien.

Estamos riendo, pues acaba de contarme la vez que debía aprender a usar la bicicleta, ha sido una travesía tan grande que se merece un reconocimiento por haberlo intentado al menos.

—Y cuando al fin pude pedalear, resultó ser que era mi prima quién empujaba el triciclo, en verdad era tan inútil.

—Inútil no —la corrijo—. Mimada, al igual que tu hermana.

—Pues la verdad —sonríe— Zafiro era muy mimada, pero convengamos que ella era buena en todo lo que hacía.

—Tú también —entrecierro mis ojos de forma acusadora— Eres bastante buena, recuerdo que destacabas en clase con tu puntualidad y responsabilidad, siempre ofrecías una imagen fresca.

Ella me mira, y vuelve a sonrojarse, no puedo disociar así a su hermana de su imagen, se ve tan tierna y frágil.

—¿Sabes cantar? —inquiero curioso, esto hace que se lleve la mano al mentón, así que ella me ofrece un párrafo de Like a stone, impecable—. Woow, tienes talento.

—No tanto como tú, iba a todas las peñas en donde sabía que tocarías, iba como niña tras el camión de helados.

Su confesión me dio como un escalofrío, que me hizo perder la cordura. La miré intentando clarificar mis pensamientos, pero de la nada, mi mente se había ido tan lejos, que no entiendo por qué mi cabeza estalló llevándome al camino equivocado.

De la nada me acerqué tanto a ella y salté sus labios. No se resistió, siguió mi ritmo. La tomé de la cabeza, pero no para traerla más a mí, si no para alejarla.

Ebe estaba perdida, sus ojos azules brillaban y sus mejillas estaban rojas cuál manzanas. No la solté, porque no sabía dónde empezar las disculpas.

—Siempre soñé —habla susurrando, apoyando sus manos en mis brazos mientras sus ojos se aguaban— con un beso tuyo, pero, yo no soy ella —las lágrimas se escapan de sus ojos, como manantiales encontrando un punto de escape—. Helios, siempre me gustaste, y no, no te culpo, ni me enojo, ni estaré triste, pero yo no puedo aprovecharme de tu dolor, ni traicionar a mi hermana, ella volverá, y volverá con su amor por ti.

»Yo estoy feliz de que ustedes se amen, y jamás sentiré envidia de lo que tienen, al contrario, rogaré siempre que ustedes sean felices. Helios...

Comencé a llorar, desconsoladamente, ella tenía razón, no era Zafiro, y mi alma, por más silenciada que esté, la busca.

Ebe me trajo a sus brazos y me acurrucó como si yo fuera un niño mientras las lágrimas salían de mí. Mi interior ardía cada vez más, provocando que algo quiera escapar. Duele tanto, tanto que no hay forma de detenerlo.

—Lo siento Ebe —digo entre mi voz sale entrecortada—. Lo siento si te lastimé.

—La extrañas mucho, y te entiendo —me dice mientras soba mi espalda— Tú la quieres, no, la amas, y eso que te arde en el interior, no es sólo nostalgia, es el dolor de no habérselo dicho, pero tendrás la oportunidad de hacerlo.

Me separo de Ebe y limpio mi rostro, ¿cuándo se volvió ella tan madura? Dejándome a mí como un niño perdido.

—Helios, no estoy de acuerdo con lo que hiciste.

—¿El beso? —pregunto confundido.

—No, borrarte la memoria, borrarnos todos esos meses de la cabeza, y no porque no sepamos dónde están las piedras, o sea lo que sea que hayamos descubierto, sino porque te sacaste emociones, está mal, está mal olvidar lo que sufrimos.

El Sol, el viento y la Oscuridad  [Libro 2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora