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Busqueda de Equilibrio

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Yo no inventé YGO ni sus respectivos personajes

¿Quién soy? — Las manos pequeñas cubrían sus ojos, el aroma del césped y flores invadía ambas narices, el sol los golpeaba fuertemente pero no era caluroso. El día sin duda era perfecto para jugar.

El niño con los ojos tapados comenzó a reír, tomando los dedos que lo cubrían, sin poder quitárselo de encima. —Mi salvador. — El pequeño respondió entre risas, recibiendo un fuerte abrazo como respuesta.

Claro que sí, te salvaré de todos esos demonios. — Ahora, si podía ver y oía la voz de su hermano, quien lo sacudía con sus brazos rodeando su cuerpo, dejándose caer en el césped.

Los niños se miraron fijamente, con carcajadas llenas de disfrute. Eran iguales, pero tenían sus grandes diferencias que ellos comprendían, cada uno llevaba un miedo diferente, convicciones diversas, y personalidades únicas. Lo que no era distinto era cuanto se amaban.

Jamás nos vamos a separar. — Dijo con una sonrisa.

Siempre estaremos juntos, Yuugi. —

Esa promesa, el niño no la olvidó. Ninguno de los dos, pero Yuugi era quien tenía ese recuerdo en su corazón, guardado con una llave especial, un secreto, un acuerdo entre dos que ninguno entendería más que los mellizos.

Cuando eran niños siempre jugaban a que tenían que luchar contra demonios y Atem era el hechicero que lo salvaba de todo mal. Últimamente, Yuugi no dejaba de pensar en su infancia. La promesa que hizo con su hermano.

¿Se rompió? ¿Ya no estarían juntos como antes? Es verdad que las cosas se pusieron más difíciles de lo que imaginaban y Atem, estaba esforzándose por salir de este lugar. ¿En verdad lo estaba haciendo?

¿Qué hacía realmente?

Yuugi estaba confundido, se sentía culpable por haber tratado mal a su hermano, pero al mismo tiempo, estaba solo, y dolido de que Atem no pudiera apoyarlo. Pues, siempre lo hacía. ¿Qué fue lo que cambió?

—Yuugi...— La mano de Anzu tomaba la suya, el aroma de las flores los abrazaba, la joven lo miraba con sus ojos brillantes y preocupados, y el muchacho de cabello tricolor sólo apuntaba hacia el suelo.

—No sé qué hacer. — Yuugi no habló de su preocupación con nadie, excepto con Anzu, aunque no emitió mucho detalle, la chica sólo sabía que el joven estaba inquieto por su ausencia.

—Pero ahora trabajan juntos, como antes. Él no se fue. — Anzu estaba confundida, ¿acaso Yuugi no se aliviaba de que su hermano estuviera con vida?

—¿Por cuánto tiempo estará conmigo, Anzu? Él puede estar parado a mi lado, pero no será lo mismo. Porque su mente está en otro lugar, y no puedo alcanzarlo. — Yuugi tragó saliva, parpadeando para espantar las lágrimas, a pesar de poder confiarle todo a la joven, no quería que lo viera llorar, ponerla en una situación en la que se sintiera obligada a consolarlo.

Anzu soltó su mano de pronto, Yuugi levantó la mirada con sorpresa, viendo su ceño profundamente fruncido. ¿Se enojó?

—¡No puedo creerlo! Tu hermano finalmente regresó, está contigo, y eres tú quien le da la espalda. — La chica se levantó bruscamente del césped, poniéndose en jarra, mirando al joven de cabello tricolor desde arriba. Ese no era el Yuugi que le salvó la vida. Este Yuugi se sentía muy pequeño.

—Anzu, él me dio la espalda primero. — Yuugi trató de defenderse vagamente, su confianza fue traicionada. ¿Acaso nadie lo entiende?

—¡Atem nunca te abandonó! ¡Todo lo que probablemente esté haciendo, lo hace por ti! ¿¡Viste las quemaduras en su piel!? ¿¡Sus moretones!? ¡Él tampoco lo está disfrutando! — Anzu sintió cómo las lagrimas salían de sus propios ojos, ella observaba cada expresión, cada acción de Yuugi, y por lo tanto la de su hermano. Porque quería conocer mejor a su salvador, a quien la hacía sentir viva. Ahora, no lo estaba reconociendo, lo estaba odiando.

Lamentos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora