Graves consecuencias

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Yo no inventé Yu-Gi-Oh! ni sus respectivos personajes.

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Sus ojos azules penetraban sobre sus moretones como sí presionara contra ellos, causando un ardor incurable que aun así no borraba su orgullo. Sus huesudos nudillos no iban a hacerle temblar de nuevo, pues consiguió lo que quería, al menos una parte de ello y no podía rendirse.

Sus labios fruncidos, su piel pálida, su cuerpo delgado; no veía una posición firme en él. Él no iba a mandarle.

Yuugi, en cambio, temblaba a su lado, temía por el castigo que recibirían. Era verdad, iban a tener que enfrentar un castigo, Atem deseaba que el castigo cayera sólo sobre el responsable, que sería él. Aun así, este lugar estaba lleno de sorpresas y quizás ambos sufrirían por igual. Un castigo para Atem sería ver a su hermano sufrir, y seguro que Seto Kaiba ya sabía eso.

Sus cuerpos dolían, no podían mantenerse en pie frente a la dura mirada de su 'jefe', aquellos guardias ya los habían golpeado demasiado fuerte, pero eso era sólo era el comienzo. Seto Kaiba tenía el látigo en su mano.

Habían sido arrastrados al despacho de su 'jefe', el suelo y las paredes de madera estaban iluminados por una sola lámpara. Las ventanas cubiertas por las cortinas de un color rojo oscuro, y al fondo un escritorio con una silla de oficina.

Una alfombra se encontraba en el suelo, y Atem se preguntaba sí sería cómodo caer sobre ella o no. Lo averiguaría en cuanto el castaño lo empuje para dejar nuevas cicatrices en su espalda. — ¿Quién tuvo la idea? — Kaiba preguntó finalmente, apuntó fijamente a Atem, quien mantenía su espalda recta, soportando el dolor que eso significaba.

— Yo. — Respondió con simpleza y una sonrisa llena de orgullo.

El castaño acercó su rostro hacia él, con sus manos detrás de su espalda. — ¿No estarás tratando de proteger a tu hermano? Porque él ya me ha probado que también tiene las agallas para contradecirme. — Aquello sorprendió a Atem, ¿cómo Yuugi pudo haberlo demostrado? Ignoró aquel pensamiento, no importaba ahora. Kaiba suspiró. — No tiene importancia. — Al decir esto, tiró del cabello del hermano orgulloso y, como predijo el joven de cabello tricolor, lo tiró al suelo.

La alfombra le dio una caída suave, pero raspó parte de su mentón. El polvo le hacía picar la nariz, aunque sería el menor de los males. De nuevo ese fino golpe contra su espalda, no llegó a rasgar la ropa y hacer contacto con su piel, todavía no, sin embargo, el encuentro con sus moretones hacía el dolor más insoportable.

— ¡Hermano! — Gritó Yuugi. Atem pudo escuchar como uno de los guardias le cubría la boca, cerró sus ojos con fuerza; de nuevo se repetía lo mismo. Sí esto le pasaba mientras estaba a solas, sería menos complicado. Yuugi estaba ahí y lo estaba viendo todo.

Sintió los labios de alguien rozar su oreja, en cuanto escuchó su voz, supo de quién se trataba. — ¿Cómo se te ocurre? — Kaiba le dijo con semejante furia que podía sentir entrar en su oído y recorrer todo su cuerpo, hasta que de nuevo la rabia de Seto Kaiba invadía su cuerpo con el látigo que impactaba fuertemente contra su espalda. Rasgando de nuevo su ropa, el cuero pellizcaba su piel y abría nuevas heridas sobre las viejas. Sentía el calor de la sangre comenzar a caer.

Sus uñas arañaban la alfombra, quería dejar salir un grito, pero lo retuvo por el bien de Yuugi. Hasta que Kaiba se dignó a parar, quién sabe por qué.

— Acomódate, los veré en el comedor en quince minutos. — Atem no podía creer lo que había escuchado, sentía que se iba a desmayar, hasta que los guardias lo tomaron entre ambos brazos y lo arrastraron afuera del despacho.

Lamentos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora