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Una calma exigua

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Yo no inventé YGO ni sus respectivos personajes

Una semana pasó y Gozaburo dejó sus pies afuera de la mansión, viajando lejos de la misma, teniendo a su hijo posicionado en la entrada, como sí lo saludara, pero sólo esperaba a que su ausencia sucediera, por más que fuera temporal.

El castaño sintió un alivio en su corazón al ver el auto alejarse, como cuando era pequeño.

La mansión dejaría de oler a tabaco y sangre, es como sí el sol brillara sobre las ventanas en cuanto entró de nuevo. Todo se sentía más grande, más libre, incluso el dolor en su cabeza y los mareos cesaron. Es como si finalmente pudiera descansar a pesar de sus obligaciones. También les daría un descanso a sus sirvientes; tendrían que trabajar, pero ya no serían perseguidos por las cámaras ni por la supervisora.

Las cámaras funcionaban como los ojos de Gozaburo, la mayoría de las veces sus guardias las vigilaban y le anunciaban de cada movimiento, incluso los de Seto; es por eso, que Gozaburo supo al día siguiente de que Atem lo había visitado en la noche. Obviamente también sabía que salió en la mañana, quizás su excusa no había sido la más grandiosa.

Sacudió su cabeza; no iba preocuparse ahora. Esta semana sería relajante. Los guardias de Gozaburo no lo molestarían, pues lo tenía a Isono a su lado apoyándolo durante el cargo, controlando cada una de las cámaras, ocupándose de eliminar aquello que pudiera llegar a ser problemático tal y como hizo algunas veces. Pero todo sería normal, tranquilo, y sí no presionaba a sus sirvientes, ninguno se sobrepasaría con él.

Sólo tenía que pensar en algo para Atem, que era tan observador. Lo extraño, era que estaba más relajado, quizás. Lo había abrazado, le había hecho una promesa que no sabía que iba a cumplir como sí realmente le importara su destino.

Se dejó reír levemente en el silencio, no podría importarle a nadie alguien tan quebrado y podrido como él. Que abandonó a su hermano varias veces, que daño a demasiadas personas con la excusa de que lo hacía por la seguridad de ellas.

Su identidad, era una farsa, sus intenciones eran una burla.

A pesar de que su consciencia le decía que él no quería ser así, aceptaba su propia identidad, en lo que se había transformado y en la imagen que demostraba. Aun sintiéndose curioso por los latidos fuertes y constantes de su sirviente más rebelde y torturado, dirigidos a él.

Denotaba un interés y preocupación que hacía tanto nadie le había mostrado, excepto por Mokuba, el pequeño que ahora seguramente lo estaba odiando profundamente. Su sonrisa fue quebrada en el mismo momento que pensó en ello. Y luego la pregunta que tanto le atormentaba.

¿Cómo alguien podía quererlo? O siquiera interesarse en su bienestar.

¿Cómo estás? — Eso fue lo primero que Atem le dijo al despertar, mirando fijamente en sus ojos azules; sintió que su intimidad había sido invadida y al mismo tiempo, una calidez se creaba en su corazón, como aquella misma noche que lo abrazó.

Se le sumó la pesadilla, en la que sostenía una pistola, apuntando a la cabeza de esa persona, de Atem, sus mechones dorados caídos cubriendo parte de sus ojos que brillaban reflejando la figura de un traidor, temblaba, pero no de temor, denotaba dolor, un pensamiento volaba por su mente y al Seto presente en la pesadilla no le importaba descubrir cuales eran esos sentimientos y pensamientos que atormentaban al sirviente. Sólo disparó.

Era sólo una pesadilla, ¿por qué se agitaba tanto por algo así?

Atem le causaba toda esta marea de emociones, tomándolo por sorpresa, en un estado vulnerable. Lo odiaba por eso, le causaba rabia que lo confundiera de esa manera, que lo hiciera verse tan frágil, como un cristal a punto de romperse. Le daba demasiado espacio a Atem para que entrara a su vida, y eso no podía permitirse. Pensar siquiera en aquella noche, le daba un fuerte dolor de cabeza. Acariciaba suavemente su sien, como sí eso pudiera calmarlo un poco; reía ante lo patético que se sentía a veces.

Lamentos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora